El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 11 · Piel de tambor #3
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11 · Piel de tambor #3

Los ingleses habían contratado espacio en nuestros barcos cuando les convenía y aprendido de los hombres que los llevaban.

En algunos negocios empezaron a mandar por su cuenta las cargas que antes nos habían dado; en otros seguían necesitándonos, pero el precio de esa necesidad ya lo proponían ellos.

De un trato en que esperaba cobrar dieciocho pagodas de flete salí con catorce.

No era una tarifa de puerto: era lo que acepté, porque ya había pagado a los hombres y una parte de la bodega iba vacía.

La respondentia de una salida me exigió treinta y dos por cada cien donde una operación anterior me había costado veintiocho.

Había cambiado el riesgo, decía quien ponía el dinero.

Yo también veía el riesgo y no disponía por eso de una cantidad distinta.

El pase, su renovación, el intermediario que lo conseguía y los gastos de esperar seguían apareciendo en renglones separados; para compararlos tuve que sumar lo que antes podía pagar sin hacer esa suma.

Lázaro conocía mis pausas al contar. A veces preparaba la cantidad siguiente antes de que yo pronunciase su nombre, y esa ayuda, que habría agradecido a otro, me hacía sentir descubierto.

El barco requería más manos para obtener los mismos resultados.

Una costura que habíamos dejado seca volvía a humedecerse; el agua encontraba el fondo por un recorrido que no se veía desde arriba.

En las guardias de noche escuchaba el trabajo de achique y trataba de separar, por el intervalo entre los esfuerzos, una faena acostumbrada de otra que debía hacerme levantar.

Mis rodillas se resistían antes de que yo hubiera decidido.

Por la mañana negaba haber dormido mal, hasta que Sulaimān me mandaba sentar donde no estorbase a quienes estaban trabajando.

No todas las temporadas fueron malas. Hubo una en que pagué sin pedir demora y otra en que pude sustituir una pieza de arboladura antes de que se abriera.

Durante esos meses volví a hacer planes con una facilidad que después me parecía imprudente; me gustaba demasiado disponer de futuro para examinar cuánto había comprado realmente con la ganancia.

Fue en uno de aquellos intervalos cuando empezó a parecerme posible ir a Cantón.

De China llegaban noticias de plata y de compradores a los que otros ya sabían tratar.

También llegaban hombres que contaban solo lo que habían vendido.

A través de nuestros corresponsales pregunté por mercaderes de Manila, por las casas que podían recibir una carga, por la posibilidad de entrar en sus tratos.

En Macao se admitía a los navíos de Manila con ventajas que no me concedían mis pases.

Lázaro sabía castellano, había nacido en Manila y podía hablar sin intérprete con quienes lo usaban; nada de eso convertía en español mi barco, pero me daba una persona a quien enviar antes de comprometerme con otra.

Un corresponsal de Malaca nos hizo llegar una propuesta de una casa de Manila para recibir telas en consignación y venderlas por medio de su agente en Cantón.

Pedían la relación de piezas y el precio por debajo del cual no debían vender.

El transporte corría por mi cuenta; los permisos de entrada y los gastos chinos tendrían que arreglarse a la llegada.

Había que tratar todavía la comisión y quién respondería por una pieza dañada.

Necesitaba a alguien capaz de discutir en castellano cada rectificación.

Lázaro podía hacer ese trabajo. La propuesta seguía siendo una propuesta cuando se la mostré.

Le expuse el viaje con sus gastos y con lo que aún no estaba convenido.

Quiso saber de quién sería la carga. Después pidió que su parte quedase fijada antes de salir.

Ya no esperaba que yo le recordara preguntar cuánto.

Empecé por ofrecerle lo que había previsto y rechazó el primer reparto; el segundo lo escribimos.

Al verlo reconocer las cantidades, sentí alivio y, detrás, un desagrado que no tenía que ver con ellas.

Había tenido libertad para decir que no. Yo había confiado en que no la usaría.

Con el monzón del sudoeste buscaríamos el paso por el estrecho y desde allí la subida a China.

Sulaimān preparaba la derrota; yo reunía mercancía y dejaba espacio para una carga que aún podía llegar.

Habían pasado veinticuatro años desde que Lázaro se tendió sobre las tablas de mi barco.

Lo recogí como se recoge lo que flota, y no lo solté.

Al arreglar su paga para aquel viaje, me había alegrado de mi generosidad antes de mirar lo que esperaba obtener de él.

—Hasta ahí. Deja sitio después de la cuenta.

El kanakkupillai aparta el punzón. Me ha oído decir algo más y espera, con la hoja sujeta por los extremos, a que decida si debe escribirlo.

Giro la cabeza hacia él. Mi ojo bueno empieza a cansarse; el otro conserva una claridad que no me sirve.

Bajo la mano a la rodilla, y el anillo vuelve a girar sobre el dedo.

Esta vez dejo el dibujo hacia la palma y lo aprieto contra el paño mientras el hombre reúne las hojas.