11 · Piel de tambor #2
No siempre podía quedarme donde deseaba.
En un patio había ropa tendida; en otro, la franja de sol se retiraba detrás del tejado antes de que terminara de medir.
Al alejarme, las partes dejaban de sostenerse juntas; una raíz podía ensancharse mientras el animal de abajo perdía las patas, y después no sabía decir si seguía viéndolas o estaba poniendo en la pared lo que recordaba.
Procuré escribir la distancia antes de intentar otra vez.
Lázaro esperaba con la envoltura abierta y, cuando yo daba por terminado el trabajo, se llevaba lo suyo.
Las cuatro noticias quedaron en una tira, entre una partida de salempores y otra de estaño.
Para añadir la última tuve que hacer las señales más pequeñas, cerca del borde.
No abrí una cuenta al espejo, no asenté un comprador ni puse precio a la figura.
Escribí los lugares, los nudos de la cuerda y algunas palabras que entonces me parecían suficientes para distinguir una prueba de otra.
La tira volvió al haz. En la siguiente salida me costó encontrarla, porque había buscado primero entre las reparaciones.
Kamalām conocía la duración de mis viajes sin preguntársela a Sulaimān.
En Nagore organizaba las compras de la casa, reconocía las telas que yo traía para vender como si nunca hubieran pasado por otro mercado y se reservaba el derecho a no admirar una ganancia que me hubiese tenido fuera más tiempo del previsto.
Al principio de cada regreso discutíamos por el sitio de las cosas.
Yo dejaba sobre una tapa lo que había encontrado sobre otra antes de partir; ella esperaba a que terminara de buscar y, solo después, me decía dónde lo guardaba ahora.
Una temporada hizo reparar el alero del patio sin aguardar a que yo regresara.
Había elegido otra teja, gastado menos de lo que me habría pedido a mí y dejado pendiente una parte hasta la primera lluvia, para comprobar el trabajo.
Me mostró la cuenta con una satisfacción que no solicitaba mi aprobación.
Discutimos porque el agua seguía cayendo sobre un escalón; ella me hizo reconocer que ese escalón no estaba cubierto por el alero antiguo y tampoco se había incluido en el nuevo.
Podía estar equivocada sin darme la razón sobre otra cosa.
A veces, cuando salía por la mañana, la encontraba conversando con una vecina y pasaba de largo para no interrumpirla; me gustaba oír su risa alejarse detrás de mí, sin saber qué la había provocado.
Había una ternura suya que no aceptaba espectadores.
Al acostarnos, me empujaba el hombro para que me volviese y pudiera ver su cara con el ojo que me servía; durante el día era capaz de contar delante de las visitas que yo había pasado una mañana buscando una caja bajo el asiento sobre el que estaba sentado.
Me dolía aquella burla más de lo que merecía y a veces prolongaba el enfado hasta que ella se dormía.
Después permanecía despierto, oyendo el patio, avergonzado de haber gastado de ese modo una de las noches que podía pasar en casa.
Nuestro hijo había muerto en el mar en 1768.
Las palabras con que nos lo dijeron fueron llegando por separado; Kamalām preguntaba por la última comida que había hecho y yo por el estado de la embarcación, cada uno empeñado en alcanzar el mismo día por un camino que el otro no podía seguir.
Ya llevábamos años tratando a Lázaro. El dolor no lo convirtió en quien nos faltaba: había momentos en que su presencia me resultaba insoportable precisamente porque estaba allí, trabajando, dispuesto a responder una pregunta que yo aún podía hacerle.
Después esa irritación me avergonzaba. Nunca le expliqué por qué una orden había salido de mi boca con una dureza que él no merecía.
Kamalām murió en 1781. Durante un tiempo fui a Nagore con tareas que acababan antes del día que me había reservado para cumplirlas.
Me quedaba en la casa sin saber qué hacer con las horas restantes; oía a las mujeres de una casa vecina, contaba las vasijas que habían seguido usándose, y al atardecer comprendía que había esperado alguna interrupción.
No tuve ganas de conocer a otra mujer. Tampoco hice de aquello una promesa.
En el siguiente viaje encontré, entre ropa limpia, un remiendo suyo que no recordaba haberle visto coser y lo llevé puesto hasta que la tela se abrió por otro lado.
Lázaro iba cambiando mientras yo aprendía a notar mi propio cansancio.
En el portugués de Malaca aparecieron tonos que no me había oído a mí; con los ingleses usaba las pocas palabras compartidas de los muelles, y su tamil acabó bastando para discutir una cuenta sin que ninguno de los dos tuviera que buscar refugio en otra lengua.
Le salieron hebras blancas junto a las orejas.
Dejó de preguntar qué barcos iban a Manila.
Yo seguía reconociendo su manera de escuchar cuando alguien nombraba aquel puerto, pero ya no podía averiguar si había querido oír algo más.
Tenía cuarenta y dos años cuando preparamos el viaje a China; a mí me resultaba más fácil recordarlo cargando un fardo que admitir todo el tiempo durante el cual había llevado los siguientes.
Al comenzar los ochenta todavía había casas de Nagore y Porto Novo que reunían carga, enviaban hombres y ganaban dinero donde yo empezaba a perderlo.
Conocí a un mercader que añadió un almacén al suyo durante el año en que reduje mis compras.
No podía atribuir al mar mi estrechez cuando él viajaba por las mismas aguas.