11 · Piel de tambor
—De setenta y uno a ochenta y siete. Puedes poner los dos años en una hoja; para lo que hubo entre ellos tendrás que acercar otra.
Durante aquellos años saqué el barco del agua más veces de las que deseaba contar.
Visto desde la orilla, con los costados descubiertos y los apoyos debajo del vientre, parecía demasiado alto para haber llevado a los hombres tan cerca del mar; había que entrar bajo aquella altura para encontrar, entre la costra adherida y las vetas que el raspador iba dejando limpias, los agujeros de la broma.
Una punta que penetraba donde la madera debía resistir decidía el trabajo de varios días.
Se quitaba una tabla, se comprobaba la siguiente, y el carpintero acababa mostrándome una extensión que yo había pagado ya otra vez sin sospechar que volvería a pagarla.
El fuego breve de la limpieza dejaba olor de concha quemada; después venían la fibra, las juntas abiertas, el golpear que distinguía una madera sana de otra cuya apariencia me había engañado.
Con el casco en seco, todos los ruidos llegaban más lejos.
Se oía desde abajo a un hombre arrastrar algo por cubierta, y el golpe de un martillo podía venir de un sitio que parecía vacío, porque su sonido había recorrido las tablas antes de salir.
Yo pasaba allí las horas de más calor, buscando sombra bajo unas tablas que a flote no había podido mirar más que desde arriba.
Una de las varadas consumió cuarenta y siete pagodas, sin contar el jornal de los que esperaban ni lo que dejamos de ganar.
Había llevado una media carga cuyo beneficio calculado era de cuarenta y cinco.
Conservé juntas las dos cantidades. Las reparaciones siguientes tuvieron otros precios, otras demoras, pero aprendí a preguntar cuánto quedaría por descubrir antes de preguntar cuándo terminarían.
Sulaimān no aceptaba la salida hasta haber vuelto a mirar por sí mismo; su negativa podía hacerme perder un buen viento, y por eso la necesitaba más en los días en que menos deseaba oírla.
Los viajes a Aceh, Kedah y Malaca adquirieron una semejanza que no tenían al principio.
Sabíamos en qué bulto convenía guardar una muda, qué comprador pediría abrir la pieza inferior después de aprobar las de arriba, dónde podía enfermar el agua antes que los hombres; al mismo tiempo, cada regreso traía un obstáculo pequeño que nuestras previsiones no habían visto.
Cambiaba un recaudador, se cegaba un paso, un proveedor dejaba de servir porque su hermano reclamaba la deuda de otro negocio.
Nos movíamos por lugares conocidos sin acabar nunca de llegar a ellos.
En Kedah, el agua del río recogía bajo las casas las sombras de los postes; desde la embarcación, aquellas líneas oscuras parecían prolongar los soportes hasta una profundidad que la sonda desmentía.
Hacia tierra, las palmas y los tejados se ocultaban unos a otros, y las alturas del interior cambiaban de color antes de que supiéramos si lo que venía era lluvia.
Aceh tenía otra manera de mojar las cosas: el aguacero reunía el polvo de los caminos, llenaba las roderas y caía de los aleros con tal fuerza que para salir de una casa había que escoger un hueco en el agua.
Yo prefería aguardar, salvo que estuviesen descubiertos mis fardos.
Aprendí a reconocer ese ruido desde dentro de las conversaciones.
Entre una costa y otra hubo días que no dejaron cantidad alguna en mis hojas.
Recuerdo la cubierta lavada de madrugada, la luz entrando por debajo de una nube y el contorno de Sulaimān, que parecía recién cortado contra el agua; luego el sol se levantaba un poco más y todo recuperaba la aspereza de las cosas tocadas.
En las calmas, la vela perdía su forma por partes.
Una arruga recorría la lona sin llegar a sacudirla, el barco cabeceaba sobre un agua que apenas lo trasladaba y los hombres economizaban los movimientos.
Bastaba que el viento volviera para que yo perdiese la vergüenza de aquella quietud: acudía al trabajo con la alegría de un muchacho, ocupado de pronto en algo que podía hacer con las manos.
Si me hubiera quedado en tierra, habría añorado también esas esperas que en el mar me hacían jurar que aquel sería mi último viaje.
En Malaca conocí en 1773 a un comprador de Cantón que sabía leer libros que no trataban de su mercancía.
Se llamaba Wong y examinaba las telas por el revés antes de consentir que le desplegaran una flor.
Yo había ido a su almacén dos mañanas seguidas.
La segunda me pagó una parte; para la tercera anunció que tendría el resto y quiso que le llevase de nuevo el espejo de Lázaro, del que había visto salir un resplandor mientras apartábamos el paño que lo envolvía.
Su casa daba a una calle por donde las cargas avanzaban de una en una.
Más allá estaba el río, apretado entre embarcaciones, almacenes y construcciones cuyos pisos se adelantaban sobre los soportes; detrás de los tejados, la colina conservaba edificios que parecían vigilar un puerto demasiado ocupado para alzar la cabeza.
En las proximidades del agua olía a lodo removido, madera mojada y pescado puesto a secar.
Dentro del almacén, las telas retenían un olor más quieto, que cambiaba al abrir cada fardo.
El patio al fondo recibía sol mientras el corredor seguía a oscuras.
Wong acababa de doblar una pieza azul. Tenía delante dos que, desplegadas, parecían iguales.
—Esta pierde —dijo, frotando con un trapo húmedo un extremo cuyo defecto quería descontarme.
No cedí en el precio de las dos. Discutimos la que había manchado el trapo y, cuando apartó el dinero, Lázaro dejó el bulto sobre la mesa. Wong retiró la tela envolvente sin tocar la cara del bronce. Dio vuelta al espejo, miró el nácar y pasó una uña por el borde dorado.
—Esto no estaba así cuando lo hicieron.
—El oro es de Nagore —le dije.
Esperó más. No tenía más que darle.
En el patio busqué la franja de sol y orienté la cara descubierta hacia una pared que permanecía en sombra.
Lázaro sostuvo apartado un cesto. Al levantar yo el mango, la claridad se deslizó por el encalado, encontró las irregularidades del muro y se detuvo; dentro aparecieron el árbol, el cuerpo que lo rodeaba y el animal de abajo.
Wong se acercó a la pared. La figura se borró bajo su cabeza y reapareció cuando él se retiró.
—He leído de estos —dijo—. En el Mengxi bitan , de Shen Kuo.
Pronunció despacio el título, que no pude repetirle. Me preguntó si había otras figuras bajo el nácar. Le dije que no lo sabía. No me pidió que lo quitáramos.
—El libro habla de lo que tarda en enfriar el metal. Lo delgado, primero; donde hay más grueso, después. Al encogerse de distinta manera, puede quedar algo en la otra cara que los ojos no distingan.
Miró hacia la pared y luego hacia mi mano.
—Pero el que lo escribió tampoco daba eso por suficiente. Había visto otros muy delgados que no hacían nada. Pensaba que faltaba saber cómo los habían trabajado.
Lázaro dejó el cesto en el suelo. Yo mantuve el espejo quieto un momento más; me costaba que aquella figura, tan entera en el muro, no ofreciera una parte que pudiera señalar sobre el metal.
—¿Y tú? —pregunté.
Wong se llevó la mano al bolsillo de la túnica, buscando algo, y la sacó vacía.
—Yo compro telas. Pero quien pule aprieta. Quizá lo fino ceda más bajo la mano.
Sobre un arcón había un tambor pequeño, con una ligadura floja.
Lo señalé y Wong me permitió cogerlo. Dejé el espejo en el sitio del tambor, con la cara hacia arriba.
Apoyé dos dedos en el parche, junto al borde, y tiré de la atadura de un lado; al aflojarla de nuevo, la piel volvió sin conservar la misma firmeza. Wong miraba mis dedos.
—Como la piel de un tambor tensado —dije.
—Puede ser. No golpees ese bronce para averiguarlo.
Lázaro recogió el espejo y lo envolvió. Wong volvió a la mesa, abrió por una esquina la pieza que habíamos discutido y metió debajo la que yo daba por buena.
—Ahora mira las dos con esta luz.
Tuve que acercarme. Le reduje el precio de la manchada; la otra se la cobré entera. Al salir, Lázaro llevaba el espejo y yo repetía las palabras sobre el enfriamiento, tratando de que no se me perdieran con la cantidad que acababa de conceder.
De aquella tarde conservé una frase hecha con lo que Wong había leído y lo que los dos habíamos añadido: lo grueso enfría tarde y lo fino cede al pulir.
La repetí a bordo hasta que Sulaimān me preguntó qué quería que hiciera con ella.
No quería que hiciese nada. Me agradaba que una cosa que había visto pudiera aproximarse a trabajos que conocía, aunque no hubiese dejado de ignorar cómo estaba hecha.
Hice cuatro comprobaciones y anoté cuatro distancias.
La primera fue aún en Malaca, en otra pared, días después de hablar con Wong; la segunda, dos temporadas después, en Kedah; la tercera, al final de los setenta, en Aceh; la última, ya entrados los ochenta, en Porto Novo.
Medía con la misma cuerda, cuyos nudos había separado tomando mi antebrazo.
En Malaca distinguí las partes hasta el cuarto nudo; en Kedah perdí el animal antes de llegar al quinto; en Aceh tuve que acercarme al tercero, y en Porto Novo anoté algo más de tres.
Esos números eran míos. También lo eran la impaciencia de una mañana con nubes y la elección de un muro menos blanco que el anterior.