10 · Hoja de oro #3
—Ese no. Era de mi madre.
El orfebre asiente y saca su propio oro.
No insiste. Lázaro mira el pequeño dibujo del anillo mientras Rajan vuelve a hablar de cantidades; desearía poder apartar lo suyo con aquella facilidad, decir de mi padre y no tener que añadir cómo llegó a sus manos.
El espejo está entre ambos. Nadie se lo pide, pero el precio sigue creciendo alrededor.
—¿Cuánto me quitas de la paga?
Rajan lo mira antes de responder.
—Los cierres ya los has pagado. El oro lo encargo yo.
Lázaro conoce regalos cuyo precio se anuncia después.
Conoce también su propia rapidez para desconfiar cuando teme que vayan a verle el agradecimiento.
Acerca un dedo al cerco limpio, vuelve a la cara descubierta del espejo y pregunta si trabajarán el disco.
El orfebre niega: solo aquellas piezas que tiene separadas.
El joven acepta. No encuentra una razón para conservar el color de la casa de la que huyó, y le desagrada advertir que esa razón se le ha ocurrido tan pronto.
El oro entra en un crisol pequeño. El muchacho del fuelle se acomoda y Lázaro aparta el espejo del sitio por donde pasa el calor.
Durante un rato, el interior del recipiente conserva un grano que parece resistirse más que los otros; al final cede, se reúne con ellos y el orfebre inclina el crisol sobre el molde preparado.
Hay muy poco metal y, sin embargo, todos lo miran hasta que deja de moverse.
Después empiezan los golpes. Primero hacen una tira, luego partes que el hombre adelgaza, corta y vuelve a batir entre hojas; el ruido cambia según el espesor y el apoyo, de modo que Lázaro aprende a reconocer, mientras mira hacia la calle, cuándo el martillo ha pasado a otra tarea.
Traen agua. El muchacho sale a comer y vuelve limpiándose la boca con el antebrazo.
Rajan se ausenta para ver una carga; Lázaro permanece en el taller, sin que nadie le haya mandado guardar una cosa que ya está demasiado dividida para poder llevársela de golpe.
Por la puerta ve transcurrir una franja de Nagore.
Un cesto pasa antes que la mujer que lo sostiene, la sombra de un toldo se retira del umbral de enfrente y deja al descubierto vasijas que alguien cambia de sitio; al cabo de una hora el vendedor está sentado donde antes puso el agua, con las rodillas dentro de la poca sombra que queda.
El olor de la comida se hace más débil y, cuando vuelve, viene de otra casa.
Lázaro tiene veintiséis años y el día no le exige correr a ningún lado.
Siente una impaciencia sin objeto, semejante a la que antes lo sacaba de Tondo, y por primera vez puede dejar que pase sin obedecerla.
Rajan vuelve cuando una corriente levanta la esquina de una hoja de oro. El orfebre la retiene con su útil y ordena cerrar parte de la entrada. El capitán sonríe, murmura algo y Lázaro le pide que lo repita.
— Naḷi iru munnīr nāvāy ōṭṭi, vaḷi toḻil āṇṭa uravōṉ maruka .
Lo dijo una mujer, Veṇṇi Kuyattiyār, a un rey, le explica: descendiente del poderoso que hizo navegar su barco por el mar inmenso y dominó el oficio del viento. Lázaro sostiene la hoja de la puerta mientras el muchacho busca con qué trabarla.
—Hoy que domine este —dice, señalando la abertura.
El orfebre les pide que no hablen encima del oro.
La plata está limpia. Sobre ella van asentando las hojas, que al principio conservan bordes levantados y pequeñas arrugas, como una tela imposible de coger entre los dedos.
El hombre apoya el ágata y la recorre; calienta brevemente las piezas sueltas, vuelve a trabajar sobre ellas y las deja enfriar apartadas del espejo.
El color empieza a extenderse sin las interrupciones que tenía al colocarlo.
La funda conserva el león, pero los rayados finísimos de su cuerpo se pierden de frente en el brillo nuevo; el orfebre lo gira ante él, y Lázaro alcanza a encontrar algunos donde la luz llega casi de lado.
Rajan abre el haz de cuentas. En la misma hoja donde figuran las cargas incisa la cantidad de oro, los kācu convenidos por ella, la hechura, el día y el nombre tamil del mes.
Pide al orfebre que repita una cifra. El hombre la confirma y recoge lo que Rajan pone sobre la tabla.
Lázaro ha acercado el núcleo para que puedan montarlo; la cara se queda bajo la sombra de su palma mientras enfrían por completo las piezas doradas.
El taller va perdiendo luz. Al volver a ajustar el cerco y la funda, el orfebre trabaja cerca de la puerta, sobre su apoyo de madera.
Cierra los remaches nuevos sin tocar los de cobre.
Luego pasa el ágata por el oro, alrededor del león, y Lázaro oye un roce corto, una pausa, otro roce más largo que le hace retirar los dedos del borde de la tabla.
El bruñidor se detiene.
Le entregan el espejo. La funda tiene el mismo tamaño, el mango ocupa el lugar acostumbrado entre los dedos, pero la mano busca la aspereza que conocía y sigue moviéndose un momento después de haberlo recibido.