El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 10 · Hoja de oro #2
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10 · Hoja de oro #2

Nicolás mueve una pieza entre el carbón.

Tiene sesenta años, una edad que el niño conoce como conoce el nombre de una isla donde no ha estado.

Los demás padres se levantan sin apoyar primero una mano.

El suyo encuentra siempre una razón para seguir sentado y le pide a Lázaro que acerque lo que está a tres pasos.

A veces el niño tarda a propósito, para ver si se levanta; en cuanto lo ve intentarlo, corre a buscar lo que le ha pedido.

—¿Y el espejo?

Su padre tarda en responder. El cobre tiene que recocerse antes de recibir más golpes, y Nicolás mira el fuego como si pudiera apresurarlo; después se limpia el sudor junto a la oreja y empieza por una mujer, no por el capitán.

Se llamaba Mutia. Llevaba agua al taller de un japonés, en Dilao.

El japonés hacía espejos, y hubo uno que se llevó un capitán.

La mujer acabó también en aquella casa. Nicolás lo dice juntando dos cosas que antes contaba separadas; Lázaro imagina a la mujer llevando el espejo como Ignacia lleva una palangana, con las manos abiertas por debajo, hasta que su padre añade que no fue porque ella quisiera.

—¿Y por qué fue?

Nicolás se queda mirando el martillo. El niño lo suelta, temiendo que lo necesite.

—Porque la llevaron.

Mutia tuvo un hijo, Mateo, al que crió una japonesa llamada Marina.

Mateo fue el padre de Gaspar, y Gaspar el de Nicolás.

Lázaro necesita que se lo diga otra vez desde el final: su padre también tuvo un padre, que ya era hijo de alguien cuando él no existía.

Pregunta si todos vivían allí. Nicolás niega y señala hacia el lado de Manila, aunque desde el cobertizo solo puedan verse las casas más próximas, el follaje húmedo y un trozo de cielo.

—Nosotros también éramos de los de aquella casa de la calle Real. Eso decía mi abuelo.

El niño se figura una casa con sitio para todos.

Nicolás describe el león encima de la puerta, las patas levantadas, la corona, y Lázaro le pide que lo dibuje.

Su padre empieza en el polvo de la tabla; sale una cabeza demasiado grande, el brazo borra una pata, y los dos se ríen cuando intenta arreglarla añadiendo otra.

—¿Cómo se llamaba el japonés?

Esta vez Nicolás no mira el fuego.

—No lo sé.

Lázaro aguarda. Su padre sabe el nombre de herramientas que nadie más les ha oído nombrar, sabe qué golpe dejará una hendidura, sabe cuándo retirar el cobre sin tocarlo; aquella falta le parece una negativa que bastaría pedirle con más cuidado.

Vuelve a preguntar. Nicolás sacude la cabeza, recoge el peso que ha quedado sobre la tabla y lo guarda.

Después dice las palabras de Mutia, en tagalo, sin buscar ninguna:

—Hasta que no se mezcle la sangre derramada, no se verá la verdad.

El niño las repite. Su padre corrige el orden, le pide el final y lo escucha entero.

Por primera vez Lázaro desea que haya una pregunta cuya respuesta solo conozca él.

Cuando Nicolás recoge las tenazas, acerca el martillo a sus rodillas, con las dos manos; no consigue entregárselo sin golpear la tabla, y el viejo lo recibe antes de que el hierro caiga.

Nagore · 1771

La moneda está caliente dentro del puño.

El orfebre espera. Lázaro la guarda y saca de otro pliegue el dinero de su parte del flete. Lo cuenta sin prisa, dejando a un lado lo que no necesita. El hombre de Nagore no ha oído el tintineo del yunque de Tondo; no hay razón para que retire la mano que mantiene abierta sobre la mesa.

Rajan levanta el espejo para examinar el mango que había debajo.

Lázaro está a punto de contarle lo del japonés.

En su lugar dice que una vez, en Manila, vio algo en una pared cuando le dio el sol.

Una rama, quizá una cabeza. Rajan vuelve la cara reflectante hacia la puerta y la claridad se desliza por el techo sin mostrar nada.

—Afuera —dice.

El orfebre conserva la plata sobre un paño.

Ellos salen con el núcleo cerrado y encuentran a Sulaimān junto a la entrada del santuario.

A mediodía, las calles han reducido la gente a una sucesión de cuerpos arrimados a los muros; hay recipientes cubiertos con telas, un hombre que duerme sentado y una larga sombra donde el aire parece más quieto que en el resto.

La cal recién reparada se distingue por zonas del blanco antiguo, como si alguien hubiera lavado la pared sin alcanzar todos sus rincones.

Rajan busca un tramo resguardado por la construcción, donde no caiga el sol directo.

Lázaro tiene que acercarse al límite de la sombra para ofrecerle el espejo.

Al principio solo hay una mancha clara. Rajan sostiene la cara al sol, la inclina despacio hacia la pared lateral y la mancha empieza a recogerse; cuando Lázaro mueve la cabeza para dejar de tenerla encima, aparecen unas líneas que bajan desde un tronco y se abren cerca del suelo de luz.

Raíces. Un cuerpo largo se vuelve alrededor del árbol, el cuello se levanta, la cabeza del dragón se separa con una precisión que él no pudo conservar en Manila. A un lado hay un león.

Lázaro deja de atender a los pasos que pasan detrás.

No es el animal del mango. O no está de la misma manera: este ocupa un sitio entre otras cosas y parece estar haciendo algo que el de plata, solo, no necesitaba hacer.

Quiere distinguir la boca, las patas, el encuentro del cuerpo largo con el tronco; cuanto más intenta ver a la vez, más le cuesta mantener una sola figura.

Rajan cambia un poco la muñeca y el árbol sube sobre la cal.

Sulaimān le sujeta el codo. Ahora los tres callan.

Lázaro siente ganas de reír, con un alivio tan violento que debe tragar para que no lo tomen por burla.

Había llevado durante años una cosa que pudo haber ocurrido solo dentro de su miedo, y esos dos hombres están mirándola sin conocer el miedo con que él salió de aquella casa.

Quiere que Rajan diga qué es. Quiere también recibir el espejo antes de que alguien se lo pida como si perteneciera a los tres.

El capitán retrocede. La figura se ensancha, las raíces se confunden y acaba quedando una claridad que ya no sabe reunirlas.

Vuelve a los dos pasos del principio y las recupera.

En el segundo ensayo se aparta menos; la cabeza aguanta un momento antes de perder su borde.

En el tercero, Lázaro se queda junto a la pared y avisa cuando no puede seguir las patas.

Rajan se detiene, mira el espacio que los separa y no hace una cuarta prueba.

— Nizhal —dice, señalando el interior de la mancha. Después mueve la mano hacia su borde—: Oḷi .

Sombra. Luz. Lázaro sabe reconocerlas sin esas palabras y, aun así, las repite para que el otro no deje de hablar. Rajan le devuelve el espejo. Al volverlo, el nácar encuentra el sol; el blanco que desprende no dibuja nada en el sitio donde estaba el árbol.

Rajan recita dos versos breves, como si estuviera corrigiendo el nombre de una carga: Kaṭalōṭā kālval neṭuntēr kaṭalōṭum nāvāyum ōṭā nilattu .

Dice que es un kural, y se lo vuelve más despacio en portugués: el gran carro de ruedas fuertes no anda por el mar; tampoco el barco que cruza el mar puede andar por tierra.

Lázaro mira sus pies.

—De esto —aclara Rajan, tocando el mango—. Vuélvelo.

La figura regresa cuando encuentra la inclinación.

Le tiembla más que al capitán. Sulaimān le indica cómo apoyar el brazo contra el costado y sigue su camino; ha visto el dragón, pero todavía tiene cosas que hacer antes de embarcar.

Lázaro conserva unos instantes aquella pared iluminada.

Cuando baja la mano, queda una pequeña mancha de cal desprendida que no había advertido debajo de las raíces.

Al regresar, la funda ya no se mueve sobre la pieza de madera donde la prueba el orfebre. Rajan pregunta cuánto costaría dorarla, junto con el bisel. Lázaro levanta la cabeza.

—El oro aguanta el mar —le explica.

El hombre del taller añade algo acerca de las partes que rozan, de lo que habrá que cuidar aunque se cubra. Señala después el anillo de Rajan y hace un gesto hacia el crisol. El capitán recoge la mano.