El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 10 · Hoja de oro
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10 · Hoja de oro

La primera vez que le confían la cuenta, Lázaro cuenta dos veces el último fardo. Lo ha visto entrar en el almacén y, mientras se vuelve a responder a otro hombre, el cargador lo saca de nuevo porque no encuentra sitio. Rajan señala el bulto.

—Si entra otra vez, ya tenemos tres.

Lázaro repasa los fardos y corrige la cuenta. Durante varios días, cada vez que un cargador regresa a la puerta, alguien le pregunta si trae mercancía nueva. Lázaro finge que la broma ha dejado de hacerle gracia antes de que sea verdad. Sigue contando.

En Aceh llueve mientras inspeccionan las telas.

El comprador lleva el tejido hacia la abertura del almacén para verlo y debe retroceder porque el agua entra oblicua; las flores de una sarasa se oscurecen sobre su brazo, aunque ninguna gota las ha tocado, y Lázaro descubre cuánto puede cambiar un rojo mientras dos hombres discuten su precio.

Al fondo, las tablas tienen separaciones por las que se ve un suelo negro, brillante de humedad; han puesto travesaños bajo los fardos, y el aire que pasa entre ellos conserva olores de mercancías ya vendidas.

Fuera quedan charcos del tamaño de un pie junto a otros donde cabría acostarse.

La lluvia hace en cada uno un ruido distinto.

Cuando cesa, las hojas continúan derramándose sobre los techos durante tanto tiempo que nadie confía todavía en salir sin cubrir la carga.

En Kedah los retornos pesan más de lo que prometen los nombres.

Hay estaño, pimienta, resinas que dejan una costra en los dedos, bultos de productos del bosque que los vendedores hacen abrir con precauciones distintas; Lázaro aprende a no meter la nariz en todos, a preguntar por la ligadura antes de cortarla y a mirar la balanza desde un sitio donde pueda ver ambos platos.

Por las noches, cerca del agua, se oyen golpes de remo que avanzan dentro de la oscuridad sin traer consigo una cara.

Acostado entre compañeros a quienes reconoce por la tos o por la manera de pedir sitio, siente a veces que podría vivir allí mucho tiempo; por la mañana lo inquieta la facilidad con que lo ha pensado.

Llevan kalamkari, salempores, moris, guineas, bethiles.

Algunas palabras nombran para él primero un hombre que pide, luego una manera de doblar, al fin una tela.

En Malaca puede discutir ya una diferencia sin esperar a Rajan.

El portugués de uno no es exactamente el del siguiente, y Lázaro se sirve de las discrepancias: hace repetir, propone otro número, gana el tiempo que necesita para calcular.

Conserva la costumbre de mirar las puertas mientras habla.

Ahora mira también quién aguarda detrás de ellas.

Los pases cambian. Un viaje lleva protección danesa, otro necesita un papel francés, en otro Rajan guarda un pase de los ingleses entre dos envolturas y se irrita si alguien las abre con las manos húmedas.

Lázaro comprende lo que cuesta conseguirlos por los hombres a quienes tiene que llevar recados.

El papel no hace soplar el viento; tampoco conviene presentarse sin él ante quienes esperan cobrar antes de dejarlos pasar.

Desde una maniobra de 1765 tiene levantada y oscura la uña del dedo gordo del pie derecho.

Al agarrarse a la relinga sintió primero el tirón y después el dolor; durante semanas buscó apoyos que no lo tocaran.

La uña vuelve a crecer mal y le obliga a recordar aquel movimiento cuando ya no recuerda qué carga llevaban.

Otras cosas cambian sin herida. Rajan empieza a entregarle dinero para pagos pequeños; un día le manda quedarse con los fardos mientras él se aleja.

Lázaro pasa la primera hora deseando que regrese y la siguiente deseando que tarde.

En 1768 sabe que el hijo de Rajan ha muerto en el mar.

Oye la noticia después de que otros la sepan, y eso lo lleva a repasar, con una vergüenza inútil, las preguntas que ha hecho durante la mañana.

Rajan no le pide consuelo. Por la tarde hay que cambiar de sitio varias piezas y él las cambia, despacio, procurando no ofrecer en cada viaje una obediencia que nadie le ha reclamado.

Sigue cobrando su paga. No encuentra una palabra que sirva para las dos cosas.

Nagore · 1771

Antes de la salida van al santuario. Lázaro lleva el espejo porque, al desenvolverlo esa mañana, el borde de plata ha vuelto a engancharse en el paño; al tirar, ha sentido moverse ligeramente la funda del mango. Rajan le ha dicho que conoce a un orfebre.

Por las calles próximas a la dargah de Shahul Hamid pasa gente con recipientes, paños doblados y compras que no tienen aspecto de ofrenda.

Se cruzan el olor del aceite, el del pescado de una cesta que una mujer lleva deprisa y un aroma de flores que llega de un puesto más bajo que los hombros de quienes se detienen ante él.

Hay luz en las partes altas, pero abajo los cuerpos se reparten entre manchas de sombra, y el hombre que se aparta para dejar pasar a otro obliga a un tercero a recoger los pies.

Lázaro avanza detrás de Sulaimān, atento al paquete y a dónde debe dejar el calzado.

Algunos de los hombres del barco encienden lámparas.

Rajan se queda cerca de ellos; un marinero le ofrece una llama, otro protege con las manos la mecha que todavía no prende.

Lázaro los ha visto ir a lugares distintos para rezar y ahora los ve en el mismo atrio, ocupados en que una pequeña luz resista la corriente de aire.

No sabe qué ha pedido cada uno. Cuando Sulaimān le acerca un recipiente para que lo sostenga, lo sujeta sin preguntarle si eso cuenta también como una oración.

El taller queda a poca distancia. Su entrada es tan baja que Rajan inclina la cabeza antes de pasar bajo el dintel.

En el interior hay una claridad concentrada sobre la tabla de trabajo y, detrás, un fogón cuyo calor se siente antes de encontrarlo; el resto permanece en una penumbra rojiza, llena de instrumentos que Lázaro reconoce por su disposición aunque algunos tengan formas nuevas.

Las herramientas pequeñas ocupan un reborde.

Las mayores han dejado en la pared manchas más limpias que la pared.

Un muchacho aparta una vasija para hacerles sitio y vuelve a sentarse donde puede accionar el fuelle.

El thattān descubre el enganche pasando un hilo por el cerco.

No tira. Acerca a Lázaro el punto que retiene la hebra, le muestra el movimiento de la funda y espera.

Rajan traduce lo que Lázaro no ha entendido: puede retirar esas piezas de plata, ajustar los cierres y volver a colocarlas. Lo antiguo permanecerá unido.

Lázaro da permiso después de que le repitan lo último.

El orfebre abre los remaches que juntan las partes de plata.

La funda sale con una resistencia breve; el cerco queda al lado, y debajo aparece el mango de bronce, más estrecho, con un color que el uso de otras manos ha dejado resguardado.

El nácar no se mueve. La placa, las pequeñas piezas de concha y los viejos sujetadores de cobre continúan donde estaban; el hombre ni siquiera pasa la punta por su unión.

Lázaro había preparado los dedos para detenerlo y los deja apoyados en el borde de la mesa.

Rajan pide la balanza. Lo que entra en el plato es ese espejo todavía cerrado, con su mango, su cobre y su concha, apartado de la guarnición de plata: unos doscientos treinta gramos. El orfebre nombra sus pesas, cambia una pequeña por otra y aguarda a que los brazos se aquieten.

—Pesa menos de lo que parece —dice Rajan.

Lázaro mira la plata que falta en el platillo.

La ha llevado tantos años junto al cuerpo que le molesta verla separada, reducida a unas piezas que podrían confundirse con otro encargo.

Conviene el pago por ajustar los cierres, busca dinero en la faja y encuentra primero la moneda grande.

El canto sale entre sus dedos. Al ver las columnas, la mano se le cierra.

Tondo · 1750

Su padre hace sonar una moneda así contra el yunque.

El sonido dura más que el gesto. Lázaro tiene cinco años y espera que vuelva a hacerlo, pero Nicolás deja el peso sobre la tabla, junto al dinero que el cliente aún no ha guardado, y extiende la palangana para que examine el fondo.

El hombre se inclina hasta verse la boca.

Dice que allí hay un golpe. Su padre pasa el dedo por el sitio, le da media vuelta y le muestra otro que no ha señalado.

Hablan de cuánto falta por pagar; al niño le parece que el cliente debería marcharse antes de que descubran más.

Cuando se queda a solas con Nicolás, recoge del suelo una viruta que no es de cobre y la pone sobre la mesa. Quiere ayudar, pero también quiere que su padre le permita coger el martillo. Ha aprendido a acercarse con algo en la mano para que no puedan mandarlo volver por ello.

—Con las dos —le dice Nicolás.

El mango está tibio donde acaba de sujetarlo.

Al recibir todo el peso, Lázaro dobla los codos y aprieta los dientes; había imaginado alzarlo como lo alza su padre y ahora se conforma con impedir que toque el suelo.

Nicolás sostiene la cabeza de hierro hasta que el niño encuentra cómo apoyarla.

No se ríe. Esa seriedad le permite seguir fingiendo que ha elegido descansar.

En el estero la marea está bajando. Hay una línea fresca de barro bajo las casas, raíces que recuperan su longitud y una banca torcida junto a un poste porque han dejado la amarra demasiado corta.

Del otro lado llega la voz de Ignacia, que habla con una vecina.

Lázaro sabe que no está llamándolo, pero vuelve la cabeza: teme que le encarguen algo antes de que su padre vuelva a darle el martillo.

La hoja de nipa más próxima al humo tiene el canto recogido hacia dentro.

La mira doblarse un poco más y empieza a esperar el momento en que arderá.