El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 9 · Hoja de palma #3
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9 · Hoja de palma #3

Habían tomado la ciudad el dieciséis de enero de 1761 y la habían demolido después.

El hombre que nos recibió distinguió ambas cosas con dos movimientos de la mano.

No fueron los mismos días, dijo. Le importaba que no imaginásemos una sola jornada de violencia que explicara todo lo que teníamos delante.

Lázaro caminaba despacio. A veces buscaba una salida entre dos montones y descubría que estaba siguiendo un paso que no había sido calle.

En una pared baja quedaban restos de cal teñida; se agachó a tocarlos y retiró los dedos antes de que yo le dijera nada.

No supe qué recordaba. Por primera vez me pareció que podía llevar dentro una ciudad tan precisa como la mía, y que yo había confundido su silencio con no tenerla.

Los dubashes aguardaban cerca de las esquinas que todavía podían nombrarse.

Algunos reconocían a los que llegaban; otros sostenían papeles y dejaban que se acercasen primero quienes necesitasen saber a qué puerta llevarlos.

Un hombre me llamó por mi tratamiento, preguntó por una partida antigua y, sin interrumpir la pregunta, retiró con el pie una piedra del sitio donde quería que me sentara.

Su cortesía devolvió al lugar una proporción habitable.

Nos sentamos allí, con las rodillas más altas de lo conveniente, a hablar de mercancías.

Buscaba un almacén seco para una carga que todavía no había reunido.

El espacio que me ofrecieron tenía techo en una parte y, en la otra, cielo.

Lo advertí antes de entrar, pero el encargado insistió en mostrarme el interior; había barrido con cuidado la zona cubierta y colocado las piezas aprovechables de madera en una fila que impedía confundirlas con escombros.

Me dio vergüenza haber sonreído desde la entrada.

Le pregunté lo que costaría cerrar el resto.

Mientras hacía su cálculo, Lázaro apartó un cascote del paso y lo dejó junto a los otros.

El hombre de los papeles quería acreditar un lindero.

Extendió su pliego sobre una tabla, sujetó una esquina con una piedra y me mostró un trazo que encontraba su correspondencia en el suelo.

Había conservado el documento durante la destrucción.

Otro vecino llegó a discutir la distancia y los dos acabaron agachados, midiendo desde puntos diferentes una separación que todavía no tenía pared.

—También los que arrasan levantan actas —dije al muchacho.

No me respondió. Estaba sujetando la tabla para que el aire no la volcara sobre las rodillas del hombre. Me acerqué a sostener el otro extremo.

Antes de aquellos viajes yo había buscado noticias de los barcos de los Chola.

Había preguntado a hombres capaces de recitar lo que habían hecho sus reyes, a lectores que conocían inscripciones y a un carpintero al que le mostraron una imagen tan gastada que él no quiso reconocer en ella una embarcación.

Me habían dado nombres de lugares alcanzados, elogios de una flota, relatos de hombres que cruzaban el agua en número suficiente para ocupar otra orilla.

Yo quería saber cómo estaba hecho uno de los barcos.

La pregunta parecía empequeñecer lo que acababan de contarme.

Después de hablar de victorias, pedir la unión de dos maderas resultaba una descortesía; procuré formularla mejor y recibí respuestas más largas, de las que tampoco podía sacar una medida.

Llevé mi copia a una de esas conversaciones, abrí las tapas y mostré lo que entendía por una indicación útil.

El hombre me señaló un pasaje que yo conocía. Cerré sin discutir.

En Nagapattinam volví a preguntar. Un lector prometió buscar un dibujo; esperé mientras abría dos haces, le ayudé a recoger las tiras que dejó sobre la estera y salí con una recomendación para ver a otro hombre.

No llevaba nada que pudiera dar a un carpintero.

Esa era la extensión de mi pérdida: no todo lo que otros hubieran guardado en lugares que yo desconocía, sino lo que mis manos seguían sin poder mostrar después de tantos nombres.

Aquella tarde Lázaro estaba reparando una ligadura.

Le pedí el cordel que había sobrado y até con él unas hojas recién escritas; luego deshice el nudo, porque apretaba demasiado, y lo llamé para que viera cómo debían quedar.

Vino con la boca llena, masticando deprisa para responder si le preguntaba algo. Lo dejé terminar.

—Escribe que esas hojas volvieron conmigo; no pongas que volví con todo. Ahora acerca el cuenco.

El kanakkupillai aparta su trabajo y acerca el agua.

He girado la cabeza hacia él, pero mi mano izquierda sigue al otro lado, donde no la veo; el anillo roza el borde del cuenco y busco con el pulgar el dibujo que llevaba mi madre.

Ella lo trazaba cada mañana en el umbral, con harina de arroz, antes de que las pisadas lo interrumpieran.

El kolam de oro conserva sus líneas bajo mi dedo.

Sostengo el cuenco por debajo, lo acerco a la boca y bebo antes de que el hombre recoja las hojas.