9 · Hoja de palma #2
Lázaro me esperaba con un bulto. Quiso saber si el papel era un pase.
Le expliqué, con el portugués que podíamos compartir, que había recibido dinero para la carga y tenía que devolverlo con un aumento.
El muchacho señaló el mar: si el barco no volvía.
Después se señaló a sí mismo. Entendí la pregunta antes de encontrar una respuesta que no pareciera una burla.
—Eso no está en esta cuenta.
No había un renglón para perder a un hombre mientras el cargamento llegaba entero. Los jornales se anotaban en otra parte, y la obligación del préstamo conservaba su cantidad. Le quité el bulto para que cambiara de hombro.
—Un barco es una deuda que flota —le dije—. Quien no lo entienda, que se quede en tierra.
El muchacho me miró los pies, como si comprobara dónde estábamos. Había hecho sonar la frase demasiado bien y tuve que sonreír. Luego fuimos a comer.
Para los pases tampoco bastaba una cantidad anotada de memoria.
Un agente de Tarangambadi me trajo un pase danés con sus derechos y su comisión separados; reuní las partidas, le pregunté por una que ya había pagado y esperé mientras él buscaba quién podía responder.
El sello habría de ser visto por hombres que yo no elegiría.
Lo examiné al recibirlo, más atento al nombre del barco y a lo que autorizaba que a la limpieza de la cera.
Lázaro, que veía salir dinero de mis manos con más frecuencia que entrar, empezó a contar cuántas veces se cobraba por la misma carga antes de que pudiera alejarse de tierra.
Las hojas no pesaban mucho, pero necesitaban su lugar.
Las guardaba entre tapas de madera, atravesadas por el cordel que reunía las tiras; para abrir un haz había que sostenerlo de manera que las viejas no se forzasen contra las nuevas.
En algunas el borde estaba comido, y al pasar el dedo se sentían pequeños escalones antes de que el ojo descubriera la falta.
Una mañana senté a Lázaro a mi lado y le di una tira sin escritura.
La apoyó como habría apoyado un papel. Le mostré cómo sostenerla y, con el punzón, incisé una señal breve; apenas se veía hasta que froté el carbón y retiré lo que sobraba.
El muchacho acercó la hoja a la claridad.
Después miró mis dedos, el gris metido en los pliegues del índice y el corazón, y sonrió con la satisfacción de haber averiguado por su cuenta algo que llevaba meses viendo.
—También se paga por eso —le dije.
Me tendió su dedo limpio, ofreciéndolo para cobrar. Habíamos empezado a entendernos lo bastante para perder tiempo juntos.
En mis tiras había fardos, cantidades, fechas de vencimiento y apuntes de camino: una advertencia acerca de un fondo, el sitio donde esperar, lo que había costado reparar.
En las partidas de mercancía destinadas a otras tierras no añadía el nombre de cada vendedor y de cada comprador.
Yo sabía de qué operación se trataba. Si alguien encontraba una hoja suelta, necesitaba preguntarme; esa ventaja me parecía suficiente para seguir escribiendo del mismo modo.
Saqué después la copia del Kappal Sattiram .
No tenía el aspecto de una cosa que debiera pronunciarse con respeto antes de tocarla: una tapa se había oscurecido más que la otra, el cordel estaba rehecho y en una tira faltaba un extremo, de modo que había que buscar en la repetición de una medida lo que el insecto había comido en la primera.
La noticia de su copia llevaba a Tarangambadi y a 1698, a la casa de un dubash llamado Kalingaraya Pillai; a mí me había llegado por otras manos.
No había estado en aquella casa. Lo que podía poner delante del muchacho eran las hojas que tenía.
El tratado juntaba medidas del casco y lugares del mástil con días favorables para comenzar una quilla, indicaciones sobre anclas y señales de desgracia.
Lázaro escuchaba el tamil como quien espera que entre muchos nombres haya uno suyo.
Yo detenía la lectura, buscaba en portugués una palabra que ya conociéramos y volvía al comienzo de la indicación.
Llegué a un pasaje de cinco miradas para pronosticar, ligadas a los astros.
Al verme levantar los dedos, Lázaro volvió la cabeza hacia los hombres que trabajaban detrás; tuve que detenerme y explicarle que no estaba contando oficios de nuestra tripulación.
Para que no quedase todo en mis palabras, lo llevé hasta donde estaban reparando una pieza de arboladura.
Tendimos un cordel, señalamos una distancia y comprobamos otra antes de mover el apoyo.
El muchacho quiso sujetar por el extremo más cómodo.
Le hice probar con la mano en el lugar que acabábamos de marcar y sintió cómo cambiaba el esfuerzo; pidió repetirlo, esta vez mirando hacia el punto que yo había señalado, y dejó de asentir antes de entender.
Sulaimān llegó cuando recogíamos el cabo.
Esperó a que yo terminase, corrigió la posición desde la que Lázaro pretendía levantar y se marchó a ocuparse de la salida.
Más tarde lo vi hacer su oración; yo había estado por la mañana en el templo.
Comimos cada uno donde acostumbraba, sin volver a discutir la pieza que habíamos conseguido mover entre los tres.
El muchacho preguntó quién había hecho el libro.
Quería un hombre, como quería un rostro para el dueño de una carga.
Traté de explicarle la diferencia entre quien sabía, quien dictaba y quien pagaba una copia; no creo que la entendiese entonces como yo deseaba, porque al acabar señaló mi cordón y preguntó cuánto costaba el punzón.
—El saber se copia para el que paga; lo que no se copia, se pierde.
Después le di el precio. Era una pregunta razonable.
En los dos años siguientes el muchacho aprendió a distinguir una partida dispuesta para salir de otra que solo estaba tapando el sitio de la que faltaba.
Aprendió también que una fecha podía obligarnos a trabajar con prisa sin darle prisa al viento.
Al comienzo de Cittirai, cuando llegaba Puttāṇṭu y se renovaban cuentas, las casas olían a comida preparada desde temprano; en la mía quedaba sitio para recibir a quienes venían y, al terminar la visita, las mismas manos que habían ofrecido agua volvían a las ligaduras de los fardos.
Las salidas hacia el sudeste se buscaban en las temporadas convenientes, unas en abril o mayo, otras cuando avanzaban agosto y septiembre; los regresos con los vientos del nordeste se esperaban entre el final de diciembre y febrero.
No todo barco que se esperaba llegaba en el mes dicho.
La noticia podía precederlo en una embarcación pequeña, o llegaba primero un acreedor que no traía noticia alguna y deseaba sentarse a la sombra.
Lázaro fue dejando de buscarme para cada palabra.
Un día discutió con un hombre de la tripulación durante un buen rato antes de que yo advirtiera que ninguno estaba entendiendo la misma cantidad.
Aclaré la cuenta y se enfadó conmigo por haber tardado tanto en intervenir.
Me gustó aquel enfado. Si seguía haciéndolo todo bien en mi presencia, acabaríamos sin saber qué podía hacer cuando yo faltase.
Viajábamos por la costa, reuníamos cargas, esperábamos reparaciones.
En Nagapattinam vi al muchacho detenerse ante unos hombres que hablaban portugués; ya podía oír una conversación sin ponerse inmediatamente a trabajar para disimular que escuchaba.
No me contó lo que averiguó. Yo tampoco le pregunté por todo lo que callaba.
En 1765 lo llevé a Pondicherry. La ciudad había vuelto a manos francesas, pero la palabra devolución llegaba antes que las casas: había sitios donde un hombre podía presentar un derecho sobre una puerta y no encontrar en pie ni los costados de esa puerta.
Desde fuera, el terreno parecía más abierto de lo que yo recordaba.
Al acercarnos empezaron a distinguirse las divisiones: una línea de cimientos, un muro que conservaba un ángulo, montones de ladrillo ordenados junto a otros que nadie había empezado a separar.
Entre ellos crecían hierbas de distinto tamaño, según el tiempo que llevaran sin ser pisadas.
La luz entraba hasta el fondo de lugares que habían sido oscuros, y esa facilidad para ver me produjo una incomodidad mayor que la ruina misma; yo conocía la sombra que había protegido ciertas conversaciones y ahora podía cruzarla andando, sin pedir permiso a nadie.