El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 9 · Hoja de palma
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9 · Hoja de palma

—Yo, Rājanāyakam Piḷḷai, de Parangipettai, que los portugueses llamaron Porto Novo… Escribe primero eso; después, lo que llevaba.

Le dije que íbamos a bajar a Porto Novo y que tendría trabajo a bordo, comida y una paga convenida, aparte del pasaje que ya había satisfecho. El muchacho preguntó cuándo. No preguntó cuánto hasta que se lo recordé.

—Aquí me deben —respondió entonces, señalando la mesa.

Lo acompañé al día siguiente. El hombre que dirigía las cargas reclamó que acabara la descarga comenzada; el pagador quería descontarle una comida que figuraba dos veces.

No podía resolver por él la primera obligación, pero hice que contaran de nuevo la segunda.

Lázaro trabajó dos jornadas más, devolvió una cuerda que le habían confiado y recibió el saldo ante su compañero, el mismo que había traducido las preguntas cuando lo pusieron en la lista.

Yo no pedí que borrasen aquella cruz. Bastaba con que nadie esperase sus brazos para la próxima descarga.

Antes de embarcar me mostró las piezas menudas que había cobrado, abiertas en la palma para que confirmase la cuenta; al guardarlas, apartó con el pulgar algo que llevaba más adentro de la faja.

No me lo ofreció. Conservaba también el espejo, envuelto, y había aprendido a sujetarlo sin que el bulto le impidiera agacharse.

Le señalé un sitio seco para dormir. Él tanteó las tablas, miró hacia donde trabajaban los otros y dejó allí su estera.

El Vellar traía un agua opaca que, cerca de la desembocadura, se alargaba sobre la del mar en manchas cuyos bordes cambiaban con la corriente.

Desde el fondeadero se veía la franja baja de arena, los botes que buscaban el paso y, detrás, una tierra que parecía no levantarse nunca: palmeras, techos de teja, humo tendido sobre los árboles y alguna pared clara que el resplandor separaba del resto.

Yo podía reconocer el lugar de una casa por un árbol y perderlo enseguida cuando otro bote cruzaba por delante; esa dificultad, que a un forastero le parecía pobreza de señales, me daba el gusto de estar llegando a un sitio donde mi vista sabía más que la suya.

No entrábamos por la boca del río como por una puerta abierta para nosotros.

Había que preguntar por los bajos, atender al agua y pasar las cargas a embarcaciones menores cuando convenía; los hombres de la orilla, que conocían las variaciones de los días en que nosotros habíamos estado fuera, corregían sin cortesía los recuerdos demasiado seguros.

Sulaimān escuchaba. Yo pagaba ese saber aunque a veces lo trajera un hombre al que había visto de niño jugando en el barro.

En tierra, el camino de las mercancías tenía curvas que no aparecían en ningún rumbo.

Un fardo bajaba a un patio, aguardaba allí a que llegase quien debía reconocerlo, cambiaba de hombros y terminaba junto a una puerta ante la que habría podido dejarse al principio si los interesados hubiesen estado de acuerdo.

Olía a fibra mojada, a polvo caliente y a las cocinas que empezaban antes de que concluyera el trabajo; al atardecer, cuando las mujeres recogían vasijas y los vendedores acercaban sus cestos a la sombra, quedaban hilos de algodón prendidos en las grietas de las paredes, tan leves que se movían con el paso de alguien sin llegar a desprenderse.

Al volver podía pasar del ruido de la ribera a la quietud de una calle en muy pocos pasos.

Allí un telar seguía trabajando detrás de un muro, alguien vertía agua junto al umbral y un perro dormía tan cerca de una rueda que el carretero tenía que despertarlo antes de arrancar; las cosas habían continuado sin mi permiso, y me aliviaba encontrarlas ocupadas en algo que no dependía del resultado de mi viaje.

Tardaba un día o dos en dejar de escuchar el suelo.

Durante la primera noche, al moverme sobre la estera, seguía preparando el cuerpo para una inclinación que no llegaba, y esa vigilancia inútil me hacía sentir más lejos del barco que la distancia recorrida desde la playa.

En mi primer embarque había llevado el anillo, una muda y el punzón, procurando que quienes se quedaban me vieran las manos libres; después aprendí a subir rodeado de cosas que aún no habían encontrado su sitio.

Lázaro reconocía ya esa última hora. En Porto Novo lo vi llevar una tinaja vacía por un camino demasiado largo para no cruzarse con una carga que venía en sentido contrario.

Cuando regresó, quiso explicarme por qué había tardado.

Yo había visto el rodeo desde la puerta y lo dejé contar: le gustaba haber previsto la dificultad, y podía escucharle sin convertir cada acierto en una orden para la próxima vez.

Mi casa tenía tapia, teja y un patio en el que cabían menos fardos de los que yo conseguía hacer caber.

Las balanzas se colgaban donde recibieran luz.

Desaté una partida de telas devueltas de Cavite, aparté las piezas manchadas y mandé extender las demás; las flores rojas salieron al aire con el olor del encierro, y Lázaro reconoció una costura que había deshecho durante su viaje oculto.

No tuve que recordársela. Pasó la mano por encima y buscó otra tarea.

Le hice levantar la balanza por el cordel, sin que un plato rozara su ropa.

Tenía prisa por ver qué lado bajaba. Le sujeté la muñeca hasta que dejó de transmitirle su impaciencia y, mientras esperaba, el muchacho torció la boca para no reírse de la solemnidad con que los dos contemplábamos una cantidad de algodón.

Me reí antes que él. Había aprendido a obedecer y eso no significaba que estuviese obligado a encontrarme digno a todas horas.

Los comerciantes a quienes trataba llevaban cargas a Aceh, a Kedah, a Malaca o a Pegu; muchos eran hombres de Nagore, Nagapattinam y Cuddalore, con parientes, acreedores y corresponsales que podían hacer esperar una remesa antes de que yo supiera por qué se demoraba.

Mucho después, hacia 1780, oí hablar de unos quince barcos al mes desde Nagore y Porto Novo hacia Aceh; en aquellos años de Lázaro yo llevaba la cuenta de mis salidas y preguntaba por las que podían quitarme un comprador.

Los ingleses y los holandeses tenían casas de negocio cuya actividad crecía o se apagaba; una bandera sobre un almacén no quitaba del camino a los hombres que cobraban en nombre del nabab de Arcot.

Para conseguir una salida había que hablar con unos y con otros, y después volver a hablar con el que aseguraba haberlo entendido todo desde el principio.

Entre los armadores de mi condición era poco frecuente navegar con la carga. Yo lo hacía. Cuando me preguntaban por qué, señalaba una pieza estropeada o una diferencia de peso; las dos respuestas eran verdaderas y me evitaban abrir el haz de hojas que tenía atado con un cordón distinto.

Era la cuenta de Cuddalore, de 1758. Durante la ruina de Fort St David mi carga había quedado inmovilizada, y el dinero que debía volver de aquellas telas era, entre otras cosas, la dote de mi hermana.

Había escrito las cantidades con la confianza de quien ya está distribuyendo una ganancia; después conservé los mismos trazos, sin rebajarlos ni cruzarlos, y durante años me irritó que la hoja pudiera seguir tan limpia.

Mi hermana no la vio. El día en que tuve que explicarle lo perdido, se quedó junto a la puerta, con la mano apoyada en la madera, y preguntó si volvería algo.

Le contesté con los nombres de quienes aún me debían. No había preguntado eso.

Con Lázaro no hablé de aquella cuenta. Tampoco le di la llave del arcón donde la guardaba.

Me gustaba que acudiera cuando lo llamaba, que de vez en cuando se impacientase conmigo, que fuese capaz de pasar una mañana entera sin preguntarse por mi ojo.

Era un trabajador al que pagaba, y empecé a esperar su voz por el patio antes de necesitar su trabajo.

En Madrás había tenido que liquidar el préstamo del viaje a Manila. No bastaba regresar con el barco: había vuelto con telas sin vender, el prestamista tenía una fecha acordada y mis compradores necesitaban tiempo para decidir que las piezas que no habían querido otros todavía podían convenirles.

El dinero lo había puesto un comerciante armenio.

Por cien pagodas me correspondía devolver ciento treinta al término convenido después de la llegada a salvo.

Aquellos treinta pertenecían a nuestro viaje y a nuestro trato; sabía de préstamos entre Surat y Batavia cuyas primas resultaban menores, pero citar el negocio de otro puerto no hizo que aquel hombre retirara una sola moneda de su cuenta.

Escuchó mi comparación, acercó el pliego y señaló el lugar que yo había aceptado.

La forma inglesa llamaba al préstamo respondentia .

El escribiente había consignado mi nombre, mi comunidad como Gentoo , el barco y el viaje, y había dejado espacio para los testigos; una parte del pliego decía safe arrival , palabras que me hicieron traducir antes de comprometerme.

El capital iba sobre la carga y el prestamista asumía el riesgo de mar en los términos escritos.

Si se cumplía la pérdida prevista, no podía pedirme el dinero como si lo hubiera dejado durmiendo en mi casa.

Pero el regreso de mis telas a una costa donde valían menos no era el naufragio que contemplaba el papel.

El armenio pasó un dedo por el plazo. Tenía un corte reciente junto a la uña, y yo miraba aquel corte mientras le explicaba cuándo cobraría una partida, como si una mano herida pudiera mostrar más paciencia que otra.

Él acercó su cuenta. Yo acerqué la mía. Le entregué una parte y acordamos cómo llevaría la restante dentro del plazo; al salir comprendí que durante toda la conversación había tenido hambre sin concederme el tiempo de notarlo.