El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Entradas y salidas #3
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Entradas y salidas #3

En Rua da Felicidade encuentra una mesa de plástico junto a la entrada de un local.

Pide fideos con verduras, señala una bebida y se sienta donde la silla permite dejar pasar a los demás.

Los frentes de las casas, próximos unos a otros, recogen una luz más baja; por las puertas abiertas salen vapor, conversaciones y personas que tienen que girar el cuerpo para no rozar un respaldo.

El camarero le pide que acerque la mochila.

Kavi la mete entre los pies y la mesa deja de cojear cuando cambia de sitio el codo.

Come despacio. Después reúne los recibos del día. Uno ha absorbido humedad y se rompe por el doblez; conserva las dos partes. Calcula lo que queda hasta septiembre, comprueba la cifra, añade el desayuno que ha olvidado. No envía la cuenta a Elena. Ella no le ha pedido este viaje.

En la habitación del hotel, las torres iluminadas quedan más allá de un tejado bajo donde hay aparatos, tuberías y una silla vacía.

La ventana no se abre del todo. Por la rendija entra una corriente que mueve la esquina de un recibo y se detiene antes de alcanzar la cama, donde Kavi ha dejado extendida la camisa de la víspera.

La recoge, comprueba que está seca junto a las costuras y la cuelga de una percha detrás de la puerta.

Hay sitio para él, para la maleta abierta y para una mesa colocada frente a la ventana; cuando se sienta a trabajar, su propia cara aparece en el cristal, sobre el tejado que acaba de mirar.

Se ducha antes de abrir los archivos. Durante unos minutos consigue que el agua y el cansancio no remitan a nada más: el dolor del hombro al levantar el brazo, la presión del suelo bajo las plantas, el alivio de ponerse una camiseta limpia.

La pregunta de Elena vuelve cuando está secándose el pelo.

Si los relacionas, quién lo ve. Había deseado encontrar a alguien capaz de corregirlo sin obligarlo a defender primero todo su trabajo; ahora que lo ha encontrado, descubre que la corrección no siempre le gusta.

Eso no disminuye las ganas de llamarla. Le gustaría contarle una cosa que no exigiera de ninguno de los dos saber más que el otro.

Kavi abre el ordenador. La entrada de 1789 ocupa menos de media pantalla. Antes de cerrar las cortinas copia el apellido en una ficha nueva, conservando la grafía del escribiente; no tiene otra, escrita por aquel hombre, con la que corregirla.

El miércoles entra en el museo de Santa Casa por la mañana.

Ha dejado el equipaje en el hotel. En el Largo do Senado, el pavimento se extiende en bandas claras y oscuras que las personas cortan al atravesarlo; al levantar la vista, la fachada blanca reúne líneas más quietas, vanos y molduras cuya sombra cambia de intensidad cerca de las puertas.

Kavi espera detrás de una pareja mientras buscan la entrada.

Durante unos segundos puede mirar sin calcular cuánto le falta para llegar.

Dentro encuentra objetos, imágenes y una historia de la institución ordenada para visitantes.

El apellido de la ficha no lo acompaña en las cartelas.

Recorre despacio, lee lo que alcanza a entender y se detiene ante una vitrina para dejar pasar a otras personas.

Lo que vio ayer pertenece a otra consulta: haber pagado una entrada no le abre los libros ni convierte a quien recibe al público en responsable de encontrarlos.

Al salir vuelve a mirar la fachada. Podría fotografiarla.

Prefiere alejarse unos pasos y verla con la gente que sigue entrando, con las bolsas, el niño que tira de una mano y la mujer que se ha detenido en medio de la plaza porque no encuentra a los suyos.

Bajo los arcos hay una sombra continua que se rompe al alcanzar los pedestales de granito; más arriba, las columnas y las pilastras separan planos blancos donde se acumula la claridad.

El balcón parece más profundo desde este lado.

Kavi se desplaza despacio y deja que cambien las proporciones, que un vano esconda el siguiente y vuelva a descubrirlo.

Ha pasado dos días mirando superficies a una distancia fijada por otros; puede elegir ahora dónde ponerse, acercarse hasta perder el conjunto, retroceder para verlo otra vez.

Cuando la pareja sale del museo, les hace sitio sin irse todavía.

Recoge el equipaje y llega al embarcadero con margen. La travesía hasta Hong Kong ocupará alrededor de una hora. En el ferry encuentra sitio junto a una ventana, guarda los recibos con el resguardo de entrada y coloca el cuaderno sobre la mochila.

Mientras el barco se separa, abre la página donde ha copiado las tres formas del nombre.

La vibración le mueve el lápiz, de modo que espera antes de añadir lo pendiente.

Todavía tiene que recibir una reproducción, pedir dos piezas en Lisboa y encontrar una razón para reunir a esos hombres que no sea lo mucho que desea haber encontrado a uno solo.

El agua empieza a ocupar la ventana. Kavi vuelve al margen y escribe el lugar donde está.