El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Entradas y salidas #2
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Entradas y salidas #2

Pregunta por los instrumentos del fondo de la Santa Casa.

Da el nombre y el intervalo amplio, los últimos años del siglo dieciocho; no lleva una fecha de muerte que solicitar.

Una remisión nominal lo conduce a 1796. Apunta la referencia y pregunta qué reproducción puede consultar.

El trámite ocupa menos palabras que la espera.

Mientras preparan la consulta, vuelve a las Chapas Sínicas.

Conocía la colección por bibliografía, pero desde Sevilla los títulos habían sido una lista más entre otras; aquí busca dónde puede abrir las imágenes y qué tendrá que pedir después.

Los originales están en Lisboa, en Torre do Tombo.

Hay documentos chinos y portugueses, traducciones, comunicaciones y expedientes cuya extensión no guarda relación con las pocas palabras del catálogo.

No lee chino. Esa limitación se hace concreta cuando una reproducción ocupa toda la pantalla y él solo puede comparar su disposición con las versiones portuguesas de la colección.

Vuelve al catálogo: una descripción trata de la medición de navíos; otra, de un robo en casa de António Vicente Rosa.

Ambas son de 1789. Copia las dos referencias completas para solicitarlas en Lisboa.

Las deja pendientes, sin escribir espejo en el título de ninguna.

Le gustaría que una de aquellas piezas le entregara de una vez la razón de haber viajado.

Lo piensa y se corrige con fastidio: el viaje ya tiene un trabajo, unas preguntas y unos resultados que podrá justificar.

Lo que espera además no cabe entero en esa memoria.

Se ha habituado a contarle a Elena lo que encuentra y empieza a notar cuánto interviene en la búsqueda el deseo de volver a oírla.

Le avisan de que puede consultar el asiento de 1796.

En la reproducción, tres líneas quedan rodeadas por otras entradas.

Kavi lee Lazaro Cruz y la noticia de su muerte.

La anotación termina antes de darle una edad o un oficio.

Busca en el margen, comprueba que no haya una continuación señalada; después lee los asientos de arriba y abajo.

No encuentra filiación. La remisión le ha llevado hasta un hombre de ese nombre, no hasta una vida entera.

Copia las tres líneas. El barco de la víspera ocupó más espacio.

No sabe qué había que pagar o acreditar para merecer aquel renglón adicional en el registro de entrada; tampoco sabe quién comunicó la muerte.

Durante unos segundos, la falta de edad le resulta más difícil de aceptar que la falta de cualquier objeto.

Había empezado a calcular cuántos años tendría el trabajador de Madrás sin disponer aún de los primeros.

Solicita también esa reproducción. Tendrá que conservar el contexto, no solo las tres líneas que le interesan. Al guardar sus notas descubre un surco de grafito en el borde del meñique y se lo limpia contra un papel que ya no necesita.

A media tarde, fuera de la sala, abre el portal del Museo Marítimo Vasco.

Extiende en la mesa las copias que ha recogido y las fotografía con el teléfono, una por una, conservando los bordes.

Pasa las imágenes al ordenador antes de abrir el diario.

Ha reservado esa parte del trabajo para cuando pueda consultar juntos el ordenador y las copias.

Los diarios de Agote lo esperaban desde antes del viaje; ahora busca en las páginas de finales de 1787 con la ficha de Macao a un lado.

La imagen tarda en cargar. Primero aparece una hoja borrosa; luego se precisan los bordes de la letra.

Hay noticias de barcos, cuentas, palabras añadidas al margen.

Kavi aumenta una zona y pierde la fecha, reduce, anota el lugar antes de volver al renglón.

Le gusta esa letra más de lo que quisiera: después de horas de imágenes desiguales, se deja recorrer sin obligarlo a recomponer cada palabra.

El sujeto que se presenta dice venir de Manila. Se llama «Lazaro de Silva, español de Manila».

Kavi se inclina. Lee el uso que el factor se propone darle en el trato con los tenderos y la reserva sobre fiarle dinero. Busca el nombre otra vez. Silva. El apellido de Elena se ha colocado en medio del documento con una facilidad que no merece ninguna confianza adicional.

No llama enseguida. Abre el mensaje por el que recibió la reproducción de Madrás, compara la fila y vuelve al diario.

En Macao, Cruz. En el diario, de Silva. En Madrás, solo Lazaro.

Anota junto a cada lectura qué imagen ha usado; la copia servida aquí, el archivo recibido de Londres, la página digitalizada que consulta en un portal vasco.

El hecho de tenerlas abiertas en la misma pantalla no reduce las distancias entre sus afirmaciones.

Son más de las cinco en Macao cuando llama. En Madrid todavía es media mañana. Elena puede hablar unos minutos.

—Tengo tres nombres que se parecen —dice Kavi.

—Eso suena a que no vas a dejarlos juntos.

Él sonríe. Le cuenta primero el roll, que ella no conocía, y la razón por la que lo había pedido. Después la entrada de 1789 y la anotación del diario. No dice que ha encontrado al dueño del espejo.

—Uno usa de Silva —añade.

Elena tarda un poco en responder.

—¿Mi apellido?

—Ese apellido. No sabemos más.

Se oye una puerta. Ella se ha apartado para escucharlo. Kavi mira el espacio que dejan las hojas sobre la mesa y durante un momento querría estar explicándoselo allí, con una segunda silla, para no tener que traducir cada silencio por teléfono.

—Si los relacionas, ¿quién lo ve? —pregunta Elena.

—Puedo hacer pública una hipótesis, con las reservas y las fuentes. Alguien podría encontrar lo que nos falta.

—Pero verían el apellido junto al espejo.

—No lo uniría al espejo.

—Pero en el mismo archivo está lo que yo te mandé. Alguien acabará reuniéndolo.

Kavi iba a explicarle la diferencia entre una relación documentada y una propuesta de identidad. Se detiene. Ella no le ha preguntado cómo la marcaría, sino qué vería alguien al llegar.

—Puedo mantenerlo en el espacio de trabajo mientras buscamos otra prueba.

—Prefiero eso.

Él también preferiría tener otra prueba. No es lo mismo que preferir esperar. Deja pasar unos segundos antes de decir que conservará separados los registros y la hipótesis sin publicar.

Elena le pregunta cómo es la ciudad.

Kavi mira por la ventana. Desde la mesa no ve casi nada, una porción de fachada y los cables que la cruzan.

—He visto más dentro de una pantalla.

Ella se ríe. Él le cuenta el autobús sobre el agua, la claridad que se apagó al entrar en el túnel.

La conversación pierde los apellidos. Antes de colgar pregunta cómo está con lo de la notaría.

Elena dice que todavía tiene tiempo; luego añade que hoy ha trabajado bien.

A Kavi le basta para no preguntarle otra vez lo mismo.

Sale cuando la luz ha perdido intensidad.

Desde Praia Grande busca la orilla del lago Nam Van.

La ciudad deja de ofrecerle solo fachadas: aparecen superficies de agua entre avenidas y bordes construidos, distancias que el nombre antiguo no le habría permitido imaginar.

Hay que buscar los pasos, rodear un cruce, esperar mientras los vehículos ocupan una anchura que desde lejos parecía fácil de atravesar.

Kavi llega al paseo con hambre y permanece un rato sin buscar dónde comer.

Las luces empiezan antes de que el cielo se apague.

Algunas se limitan a encender una ventana; otras recorren las fachadas de los casinos y cambian de color con una regularidad que lo hace mirar una segunda vez.

Más cerca, una mujer termina una llamada apoyada en la barandilla.

Dos hombres caminan despacio, con las manos detrás de la espalda.

El agua recoge las iluminaciones en franjas largas que las ondulaciones separan y vuelven a juntar.

Kavi sigue una de esas franjas hasta perderla bajo el reflejo de un autobús.

Piensa en contarle a Elena lo que ve ahora.

Guarda el teléfono sin hacerlo. Le gustaría que estuviera a su lado, y reconocerlo no le proporciona ninguna certeza sobre lo que ella querría.

Tampoco necesita convertir ese deseo en otra pregunta urgente.

Se queda un poco más, hasta que el hambre vuelve a ocupar su lugar.