El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Entradas y salidas
29%

Entradas y salidas

El autobús sale a las siete. Kavi sostiene el ordenador contra el respaldo de delante mientras recoge con la otra mano la correa de la mochila, que ha quedado bajo su zapato. El catálogo está descargado. La pantalla le devuelve, mezcladas, una columna de fechas y la primera extensión de agua.

Ha llegado al puesto de Hong Kong con la ropa del vuelo.

Sevilla, Madrid y la última noche entre aeropuertos caben ahora en un cansancio que le hace buscar dos veces el mismo archivo.

El trayecto hasta el otro puesto dura unos cuarenta minutos; tendrá que añadir el control y el desplazamiento hasta la ciudad.

En la hoja de gastos, el billete aéreo y el hotel ya están pagados.

La columna del reintegro termina en septiembre.

El proyecto estudia circulación de personas y mercancías entre puertos vinculados a Manila.

Kavi no lo dirige. Le corresponde comparar unos años de registros, describir cómo nombran a quienes viajan, qué ocupaciones consignan y qué dejan fuera; cuando preparó el desplazamiento, había reservado dos días de archivo y media mañana para las comprobaciones que no supiera prever desde Sevilla.

Ahora le parecen pocos, aunque una noche más tendría que salir del mismo lugar que las anteriores: la cuenta desde la que paga el alquiler de San Luis.

El agua se extiende a ambos lados de la calzada, de un gris que cambia de espesor cuando pasa una nube.

Al principio Kavi distingue las pequeñas líneas oscuras de las olas; después pierde esa escala y solo ve una superficie recorrida por manchas, algunas tan largas que el autobús tarda en dejarlas atrás.

Un barco de trabajo se mueve cerca de un grupo de estructuras bajas.

Más lejos, un carguero parece inmóvil hasta que encuentra un punto fijo con el que compararlo.

La luz no permite separar con limpieza el mar del cielo; en esa franja indecisa aparecen y desaparecen construcciones que podrían estar mucho más cerca de lo que supone.

Baja el brillo del ordenador. El jueves anterior recibió la reproducción que había solicitado de una lista de trabajadores de Madrás, fechada en abril de 1763.

Llegó por el servicio de reproducciones de la British Library, con la referencia de la solicitud; la descargó antes de hacer la maleta y guardó el mensaje junto al archivo.

La había pedido para el trabajo del proyecto, por la diversidad de procedencias reunidas en una sola lista.

En el renglón que dejó marcado se lee «Lazaro, Manilla man, Christian». Después hay una cruz.

Kavi amplía la imagen hasta que los trazos empiezan a separarse en cuadrados.

El hombre figura por un nombre, una procedencia y una adscripción religiosa; las casillas siguientes no le dan una aldea.

Alrededor hay otras marcas y una firma que no puede leer.

No sabe cuánto de esa fila dijo el trabajador ni cuánto decidió quien lo inscribió.

Vuelve a reducirla, conserva el margen entero y pasa al catálogo de Macao.

El intervalo de 1787 a 1790 estaba elegido antes de recibir la imagen.

Son los primeros años de actividad de Agote en Cantón y permiten cruzar entradas de barcos con otras noticias conservadas; la documentación accesible ha recortado lo que habría querido abarcar.

Kavi repasa los títulos sin buscar todavía aquel nombre en todos ellos.

Cuando la calzada desciende hacia el túnel, el agua desaparece del cristal. La pantalla se vuelve legible de golpe. Durante unos minutos solo hay paredes, luces y el reflejo del interior del autobús, donde una mujer mantiene dormido a un niño con la mano abierta sobre su frente.

En el control entrega el pasaporte francés. Le devuelven, además, un pequeño resguardo de autorización de estancia. Kavi lo coloca dentro de la cubierta, lo saca para comprobar que no vaya a perderlo al abrirla y acaba guardándolo con la confirmación del hotel.

Antes de entrar en el Arquivo se detiene a un lado de la acera.

Necesita comprobar el número sin interrumpir el paso.

Noventa y uno, noventa y tres, Avenida do Conselheiro Ferreira de Almeida.

Desde Tap Seac ha seguido la calle mirando alternativamente las puertas y el teléfono; en el último tramo, unas personas que caminaban con más decisión le han permitido dejar de consultar el mapa.

La plaza queda detrás, con su anchura, sus edificios de otro tamaño y el espacio de cielo que las calles van cerrando.

Aquí los motores se oyen antes de aparecer.

Un repartidor apoya un paquete contra la pierna mientras busca a quién entregarlo; dos mujeres se apartan para hablar y dejan el resto de la acera a una hilera que continúa sin mirarlas.

Kavi se quita la mochila. Bajo las correas, la camisa conserva el calor del trayecto.

Dentro presenta el documento, completa la inscripción y pregunta por sus solicitudes.

Hablan en inglés. Le explican cómo consultar el microfilme y dónde pedir reproducciones.

El teléfono y la cámara se quedan fuera de la sala; él había leído las normas, pero aun así comprueba dos veces los bolsillos antes de dejar la bolsa.

Lleva las fichas y el lápiz. En el puesto, el zumbido del equipo ocupa pronto el lugar de los ruidos de la calle.

La imagen tiene una claridad propia, encerrada en el rectángulo de la pantalla; cuando aparta los ojos, tarda un momento en recuperar el tono de su cuaderno.

Le enseñan el avance. Kavi mueve demasiado el mando y pierde la primera página, retrocede, pasa de nuevo por ella.

La empleada espera a que consiga detenerse.

—Así.

Él da las gracias. Había preparado preguntas sobre documentación del siglo dieciocho y necesita empezar por no saltarse una imagen.

En las primeras aparecen lomos, cubiertas, páginas abiertas con un pliegue oscuro que atraviesa el centro.

Puede ver el borde de un volumen, no tocarlo; cuando una línea se pierde junto a la costura, acercarse no modifica el ángulo con que alguien lo fotografió.

Anota la referencia antes de copiar las cabeceras.

En portugués lee más deprisa de lo que habla, pero hay palabras de carga que debe dejar pendientes, con un espacio bastante ancho para corregirlas sin invadir el renglón siguiente.

La mañana avanza por fechas y embarcaciones.

Una entrada ocupa media página; otra reúne en pocas líneas barco, procedencia y mercancías.

Kavi busca qué provoca la diferencia. No todos los pasajeros aparecen, y las columnas que en su cuadro de trabajo había dispuesto con igual anchura se llenan de modo desigual: mucho para un cargamento, apenas un nombre para quien llegó con él.

No cambia todavía el cuadro. Copia dos ejemplos completos para poder compararlos después.

A la una sale a comer algo. Compra agua, camina hasta encontrar un sitio donde sentarse y descubre que el asiento está caliente.

La primera botella le dura menos de lo que esperaba.

Antes de volver mira el correo de Elena, el que reenviaba la propuesta de colaboración y añadía «No es denunciable».

Lo leyó en Sevilla. No ha conseguido quitarle de encima el tono con que imagina que ella escribió aquella frase, aunque sabe que imaginar una voz no equivale a haberla oído.

Por la tarde llega a 1789.

Tiene que volver una imagen atrás. Ha visto Manilla al final de un renglón y, más abajo, una palabra que primero parece un nombre de mercancía.

Retrocede lo necesario para recuperar la entrada entera.

La procedencia está clara; el nombre del capitán exige otro intento.

Hay carga, una nota en el margen y, donde esperaba que terminara el asiento, varios pasajeros.

Lazaro Cruz.

Kavi mantiene la mano en el mando. Le cuesta retirarla sin mover nada. Lee lo que sigue, vuelve al nombre y baja por fin la vista a la ficha, donde escribe primero la referencia y el año. Tiene sitio suficiente para las dos palabras. Las deja para el renglón siguiente.

Registro de entradas · 1789. Extracto de trabajo.

Procedencia: «de Manilla».

Pasajero: «Lazaro Cruz, hespanhol».

Resto de la entrada y notas marginales solicitados en reproducción.

Hespanhol se lee sin dificultad. Kavi prueba en voz baja el sonido del apellido, apenas moviendo los labios.

Ha pasado de una ciudad a una condición distinta; el escribiente no le permite saber qué documento vio, qué le dijeron o qué entendió.

En la lista de Madrás no hay Cruz. Entre las dos fechas median veintiséis años.

Saca otra ficha. Escribe ambos nombres en renglones separados.

Podría unirlos con una raya y seguir buscando, pero necesita conservar el lugar donde esa unión todavía es una pregunta.

Copia la diferencia de las procedencias y deja una casilla para otros datos que permitan decidir.

No hay edad, ni firma comparable, ni nombre de una madre. Tampoco un espejo.

Pide la reproducción de la entrada completa y de las páginas contiguas.

No levanta un teléfono ante la pantalla.

El personal comprueba la petición, le indica cuándo podrá recogerla y él anota el aviso en la hoja que lleva consigo.

Al salir, conserva la transcripción a lápiz y una referencia; la imagen aún no le pertenece ni siquiera como copia.

El martes recibe las reproducciones que pidió el día anterior.

Las cuenta sin separar las hojas hasta que le dicen que puede hacerlo.

En el blanco del papel aparecen ahora zonas grises que la pantalla le había hecho creer más limpias.

El apellido permanece. Kavi siente una alegría pequeña, casi infantil, por encontrarlo fuera del aparato, disponible para volver a él sin pedir otra sesión.