Plazo para deliberar #3
En Ayala, por la noche, abre primero la hoja del balcón que se atasca menos.
La calle mantiene el ruido a una altura distinta de la del patio: llegan motores enteros, voces que atraviesan el cruce, el golpe de una persiana comercial que alguien suelta demasiado pronto.
Dentro, la lámpara del salón reúne la mesa y deja el resto de la habitación en una penumbra donde los muebles siguen siendo reconocibles por el modo en que estorban al pasar.
Elena lleva un vaso de agua hasta el enchufe, lo deja lejos del ordenador y aparta los documentos de la mañana para trabajar.
La casa tiene marcas que conoce sin mirarlas.
Una zona levantada junto al balcón, el borde del aparador que roza la manga, la tabla que suena antes de llegar a la cocina.
Fernando le dejó esta vivienda; la sucesión de Ignacio es otra, pero el cansancio de las dos se le junta ahora en una misma dificultad para sentarse.
Le gustaría estar en un lugar donde nadie pudiera ofrecerle tranquilidad señalando algo que ya tiene.
También sabe que, si tuviera que pagar un alquiler, la frase de Álvaro sobre diciembre le habría gustado más.
Se asoma antes de sentarse. En la fachada de enfrente, una mujer recoge una sábana que se infla hacia el balcón y la obliga a retroceder, riéndose de algo que alguien le dice desde dentro.
Más abajo sigue abierta una cocina; se ve el codo de una persona y una franja de azulejos, suficiente para saber que hay una vida en marcha, insuficiente para conocerla.
Elena deja pasar un coche y otro sin seguirlos con la vista.
El aire le enfría el borde de la manga. Cuando vuelve a la mesa, el agua del vaso ya no tiene las burbujas pequeñas que se le habían adherido al cristal.
El correo entra a las nueve y diecisiete.
Reconoce el remitente antes de abrirlo. Por un momento vuelve a ser enero, el teléfono vibrando junto al informe de una bandeja. Lee el asunto: «Propuesta de colaboración científica».
Querida Elena:
Ha sido una alegría saber que estás dedicando tiempo al archivo familiar. Desde la Dirección de Asuntos Corporativos queremos reiterarte nuestra disposición a facilitar el acceso a los materiales que puedan resultar de interés para tu trabajo.
La Fundación está valorando una edición crítica de los papeles del general, con un comité científico que garantice el rigor de la publicación y pueda acompañar las actividades previstas para el centenario. Nos gustaría contar contigo en la definición del proyecto.
En las próximas semanas tendremos ocasión de concretar las colaboraciones.
Nos consta que has estado en Sevilla estas semanas y sería muy interesante conocer las líneas de investigación que estás desarrollando.
Podríamos organizar una primera reunión antes del verano, de cara también a los convenios cuya renovación está prevista para diciembre.
Recibe un saludo muy cordial.
Dirección de Asuntos Corporativos
Debajo aparece el logotipo. El aviso legal ocupa nueve líneas, con una letra tan pequeña que Elena tendría que acercarse para leerlas sin esfuerzo. No lo hace. Vuelve al tercer párrafo.
Estuvo en Sevilla el veintitrés y el veinticuatro de marzo. Ha pasado más de un mes. Estas semanas puede ser una manera descuidada de decirlo; también puede proceder de alguien que no ha entendido bien lo que le contaban. Abre la carpeta de enviados y busca Sevilla.
Aparecen los mensajes a Kavi, la preparación del viaje, los archivos posteriores. Más abajo encuentra la consulta del nueve de abril a Marisa. La lee sin abrir los adjuntos de otros correos. Allí escribió que estaba cotejando los papeles con un investigador en Sevilla. No dijo que hubiese vuelto.
Mira el destinatario, la fecha, el asunto.
No obtiene un recorrido. Podría preguntarle a Marisa quién ha visto ese mensaje; la pregunta, incluso antes de formularla, le exige un tono que no sabe elegir.
El correo de la Fundación no cita su consulta ni nombra a Kavi.
Si alguien ha juntado dos informaciones, las ha devuelto en una frase que no permite separarlas.
Elena nota que ha recogido los pies bajo la silla. Los apoya otra vez en el suelo. Esa contracción le molesta más que la cordialidad de la despedida: está sola en su casa y ha empezado a ocupar menos sitio.
Reenvía el correo a Kavi. Escribe una sola línea.
«No es denunciable».
Lo envía y se queda mirando su propia frase.
No se la ha dicho Marisa; no la ha consultado con nadie.
Expresa mal lo que quería contarle, la dificultad de señalar un daño en un párrafo que invita a colaborar, y quizá también el deseo de que él permanezca un rato al otro lado sin pedirle una conclusión.
Piensa en corregirla con otro mensaje. Todavía no sabe cuál.
En la pantalla permanece el veintiocho de mayo, dentro de la cita que ha creado por la mañana. Elena cierra el calendario para que no tape el correo. Después acerca una segunda silla a la mesa y deja allí la carpeta, abierta por donde empiezan las tres posibilidades.