El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Plazo para deliberar #2
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Plazo para deliberar #2

Elena bebe agua. Él dice que también preparan una beca posdoctoral, que les han propuesto varios temas y que deben decidir qué pueden sostener durante dos años.

Habla de viajes, de una estancia fuera, de lo difícil que resulta contratar a alguien bueno si solo se le ofrece un curso.

Ella lo escucha. Reconoce la utilidad de todo lo que enumera; ha hecho cuentas con cantidades mucho menores y sabe lo que puede ganar una investigación cuando no hay que abandonarla para entregar un informe de tasación.

Le gustaría poder aceptar una de esas frases sin ponerse a buscar qué más se está diciendo.

Durante unos minutos, mientras él pregunta por las vitrinas del museo y la escucha contar el problema de un reflejo sobre el cristal, casi lo consigue.

Álvaro no necesita fingir interés por cada detalle.

Pregunta si cambiar la iluminación lo resolvería, y ella tiene que explicarle por qué no basta con apagar una lámpara.

Al hacerlo se oye hablar con la soltura que había perdido en la notaría.

Llegan las alcachofas. Una hoja se ha tostado hasta quedar transparente en el borde.

Álvaro sirve dos, deja el cubierto sobre la fuente y continúa hablando de las imágenes del libro.

Elena corta el corazón todavía caliente y se lo lleva a la boca con demasiado aceite; busca pan, mastica, escucha.

Ha llegado con hambre y la comida es buena.

No quiere castigarse dejando que se enfríe.

—A Ignacio le habría gustado —dice él—. Lo del libro. Siempre decía que al final nadie se acuerda de lo que no se ordena.

Ella recuerda el despacho después de abrir el baúl, la seda sobre las hojas limpias, la factura del cerrajero en una esquina. Deja el pan.

—Ordenar lleva tiempo.

—Por eso hay que contar con gente que se dedique a ello.

Cuando retiran la fuente, Álvaro pregunta por Nuria.

Elena contesta que está bien. Él recuerda un verano en que Fernando llevó a todo el mundo por una carretera equivocada y se empeñó en que el mapa estaba mal; empieza a imitar su manera de sujetar el volante, con los brazos demasiado altos, y ella acaba sonriendo porque recuerda exactamente esa postura.

La anécdota le pertenece también a él. Elena siente una tristeza repentina, limpia durante unos segundos de todo lo demás: quisiera poder preguntar qué año fue sin que la conversación tuviera otro lugar al que dirigirse.

Recuerda el asiento de atrás, el calor del cinturón contra el cuello y a su padre ofreciéndose a parar en la siguiente gasolinera, aunque nadie se lo hubiese pedido, para poder preguntar sin admitir que preguntaba.

Hay una parte de Fernando que Elena solo recupera cuando otro la recuerda de manera distinta: un enfado que ella no vio, una frase pronunciada antes de que naciera, el modo en que se quedaba dormido durante una sobremesa.

Le da miedo perder ese acceso si deja de sentarse con la familia.

Nunca había incluido ese precio en sus cuentas, donde sabía colocar acciones, honorarios y deudas; ahora lo encuentra en la mano de Álvaro, todavía levantada para reproducir el volante, y tarda en volver al restaurante.

—Tu padre tenía una paciencia estupenda hasta que se perdía —dice Álvaro.

Ella se ríe una vez más, menos. El camarero deja el pescado.

Álvaro sigue hablando entre bocado y bocado.

Pregunta cuánto le queda de contrato, si seguirá con los informes particulares, si ha pensado en reunir su trabajo en un libro.

No convierte las preguntas en un interrogatorio; cuando ella responde poco, él cuenta otra cosa.

Elena termina una porción y separa la piel con el canto del tenedor.

Todavía tiene tiempo para notar el sabor.

Después ve la sonrisa, la misma que él mantuvo en enero mientras el abogado pasaba a la cláusula siguiente.

—Me alegro de que tengas el espejo, es tuyo, faltaría más.

Álvaro deja el tenedor en el plato y acerca su vaso.

Elena sigue un segundo mirando el sitio donde estaba el cubierto.

La frase reúne, con una facilidad que ella no ha conseguido en meses, el objeto, la casa de Ignacio y todas las cosas que la familia espera que ya estén resueltas.

Reconoce la conclusión que él parece dar por hecha: se lo llevó, lo hizo suyo, el resto vendrá detrás.

No sabe cuánto le han contado ni qué ha supuesto al escucharlo.

Saca la carpeta de plástico. Para abrirla tiene que apartar su plato unos centímetros.

—La entrega fue el diez de febrero.

Deja sobre el mantel la copia del acta, firmada por el albacea. La descripción del baúl ocupa un párrafo; debajo, la constancia de que permaneció cerrado durante aquel acto. Elena no apunta al renglón. Mantiene las manos sobre las rodillas mientras Álvaro empieza por el encabezamiento.

Lo lee entero. Al pasar la hoja la esquina toca el pie de su copa y él la levanta para sacar el papel.

Vuelve a la fecha. En el comedor alguien celebra una noticia; se oyen tres palmadas que el resto del ruido absorbe enseguida.

Elena mira la hoja por la vuelta, donde el sello deja una sombra que conoce desde febrero.

Se acuerda de la llave pequeña en la mano, de haberla devuelto al albacea cuando bajaron el mueble.

Entonces había querido terminar sin romper nada. No estaba preparando esta mesa.

Álvaro alisa las páginas y se las devuelve.

—Mejor tenerlo todo ordenado.

Busca al camarero con la mirada y pide la cuenta. No han terminado el pescado. Cuando le preguntan por el postre, dice que tomarán café, se vuelve hacia Elena y añade:

—Si te apetece.

Ella pide uno. Durante la espera guarda el acta en la funda, sin poder evitar una satisfacción que le calienta la cara.

Le gustaría creer que eso basta. Álvaro habla de una imprenta, de los retrasos que arrastra cualquier encargo en verano; ella lo escucha sin ayudarlo, hasta que el café aparece y la obliga a mover la carpeta.

Él paga y firma la cuenta. La firma ocupa el espacio inferior de un papel que enseguida desaparece sobre una bandeja. Elena no ha visto la cantidad.

Al levantarse, Álvaro se coloca la chaqueta. Ya no necesita elevar la voz para que le oiga; ella sigue sentada, buscando el asa del bolso.

—Hay una cátedra con la que colaboramos. El convenio se renueva en diciembre. Tu nombre ha salido en una conversación.

Elena alza la cabeza.

—No sabía nada.

—Por eso te lo cuento. Todavía queda tiempo.

Se despiden junto a la puerta. Él reconoce a alguien en la acera y se aparta para saludarlo; Elena continúa andando, con la carpeta contra el costado. Durante un tramo no encuentra un lugar donde poner la otra mano. Acaba metiéndola en el bolsillo, aunque hace calor.