El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Plazo para deliberar
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Plazo para deliberar

La oficiala le entrega una carpeta y le pide que espere. Elena había preparado el documento de identidad; lo conserva en la mano después de sentarse, con el pulgar sobre una esquina, hasta que la esquina le deja una marca rosada en la piel.

En la notaría de Velázquez son las diez.

Desde el rellano se ha entrado en lo que debió de ser una vivienda grande, dividida ahora por puertas de vidrio que dejan pasar las siluetas antes que las voces.

El pasillo conserva una moldura alta; debajo han colocado un mueble para la impresora, dos sillas demasiado próximas y una planta cuyas hojas tocan la rejilla de ventilación.

En la sala de espera, la ventana queda a espaldas de los asientos.

Elena ve su luz sobre las rodillas de un hombre, en el canto de una cartera, sobre la pared donde un cuadro protegido por cristal devuelve una persiana que no aparece en la pintura.

Cuando alguien cruza el pasillo, la claridad se estrecha y después vuelve a abrirse, sin que quienes esperan levanten la cabeza.

La carpeta pesa poco. Podría llevarla de vuelta a casa y colocarla con las demás; durante un instante imagina hacerlo, levantarse antes de que la llamen, recuperar la mañana que ha pedido libre y emplearla en una tarea cuyo final dependa de ella.

Ha venido, sin embargo. Marisa le explicó que el plazo no esperaba a que estuviese preparada para leerlo.

Un hombre sale acompañado por el notario. Hablan de otra fecha. Elena se levanta cuando pronuncian su nombre.

En el despacho hay una mesa despejada y, más allá, una ventana entreabierta por la que sube el ruido de un vehículo de reparto.

El notario comprueba su identidad, le devuelve el documento y acerca las hojas.

La oficiala ha dejado la carpeta abierta por el comienzo del acta; Elena pasa la página donde figuran los requirentes y se detiene en el nombre completo de Ignacio, acompañado por la fecha del nueve de enero.

Las mismas palabras que ha encontrado en tantos papeles siguen produciéndole una demora mínima, un retraso del ojo respecto de la mano que ya quiere pasar adelante.

El notario le explica el requerimiento. No levanta la voz cuando llega a las consecuencias del silencio. Elena lo escucha con la atención que reserva a las instrucciones sobre una pieza frágil, procurando no adelantarse al final de una frase porque lo haya oído antes.

ACTA DE NOTIFICACIÓN Y REQUERIMIENTO

Madrid, 28 de abril de 2026.

Se comunica a doña Elena de Silva Aguirre, llamada a la herencia de don Ignacio de Silva Arizmendi, que dispone de un plazo de treinta días naturales para aceptar la herencia pura y simplemente, o a beneficio de inventario, o repudiarla.

Se le advierte expresamente que, si no manifiesta su voluntad en dicho plazo, se entenderá aceptada la herencia pura y simplemente.

—¿Hasta el veintiocho de mayo?

—Sí. El cómputo comienza mañana. El día de hoy no se cuenta.

Ella vuelve a leer las tres posibilidades.

La del medio ocupa menos espacio del que esperaba, unas pocas palabras entre dos comas; había pasado por encima en la primera lectura.

El notario espera a que termine y le pregunta si necesita alguna aclaración.

Elena dice que lo estudiará con su abogada.

Antes de recoger los papeles comprueba la diligencia, la fecha y la hora: diez y doce.

No ha aceptado ni repudiado nada por comparecer allí.

Aun así, al volver al pasillo, camina con la impresión física de haber dejado una parte de su mañana dentro del despacho, algo que continuará sin ella.

En el sobre hay otra hoja. La grapa está torcida y ha atravesado dos veces el papel; cerca del borde, el amarillo del rotulador se ve por la vuelta. La impresión no tiene la textura de los folios del acta. Elena la saca cuando llega al ascensor.

Artículo 1002.

Los herederos que hayan sustraído u ocultado algunos efectos de la herencia pierden la facultad de renunciarla y quedan con el carácter de herederos puros y simples, sin perjuicio de las penas en que hayan podido incurrir.

Las dos líneas marcadas empiezan en «sustraído u ocultado» y terminan en «puros y simples».

El color deja fuera las últimas palabras, aunque la tinta negra se lee entera.

Elena pasa la yema bajo la grapa, sin rozar las puntas.

No le han señalado una cantidad, ni una valoración de las acciones, ni el lugar donde pedir las cuentas de la sucesión. Le han enviado ese párrafo.

La puerta del ascensor se abre y una mujer hace ademán de entrar. Elena sale de lado, pidiendo perdón, con el folio todavía delante.

En la calle, el ruido recupera su volumen de golpe.

Un camarero arrastra una mesa sobre la acera; las patas se enganchan en una junta y él la levanta por un solo extremo.

Las ventanas superiores reciben un sol limpio que no llega hasta los portales.

Elena baja al aparcamiento, busca el coche una fila antes de la que corresponde y, cuando por fin se sienta, cierra la puerta con fuerza suficiente para que el sobre resbale hasta el asiento de al lado.

Llama a Marisa. Le ha enviado las fotografías antes de bajar.

Mientras la abogada lee, Elena oye por el auricular un ruido de papeles, después nada; podría estar al otro lado de la pared de hormigón, en alguna de las habitaciones que la ciudad mantiene separadas aunque las voces circulen entre ellas.

—¿Dónde está el espejo?

—En el laboratorio del Instituto. En el IPCE. Con el acta de depósito y la póliza.

Marisa tarda dos segundos.

—Eso documenta la custodia. Para la entrega tienes el acta del diez de febrero. No dejes que mezclen las dos cosas.

—También guardé la apertura, las fotos del día once.

—Bien. Conserva este sobre entero.

Elena lo recoge del asiento. Durante el silencio ha notado hasta qué punto esperaba unas palabras que la dejaran libre de cualquier otra pregunta.

Marisa no se las ha dado. Tiene papeles para responder a esto; lo demás sigue existiendo, incluido el hecho de que todavía no sabe qué aceptar y de que el espejo, a salvo en su caja, no ha dejado de traerle asuntos que la caja no puede contener.

Hasta hoy había podido confundir el tiempo de averiguar con el de decidir.

Un archivo tardaba en contestar, una imagen necesitaba otra, Kavi encontraba una fecha y había que comprobarla; cada demora traía consigo una tarea que justificaba la siguiente.

El plazo no le pregunta cuánto ha conseguido saber.

Elena mira las filas de coches, los huecos ocupados por vehículos cuyos dueños se han ido a trabajar, y calcula cuántas mañanas ordinarias caben entre mañana y el veintiocho de mayo: las vitrinas, los informes, comprar comida, contestar mensajes.

Tendrá que hacer todo eso mientras el mes transcurre.

Le avergüenza un poco haber esperado que una decisión tan grande le reservara una vida aparte.

Apunta el veintiocho de mayo en el teléfono.

No pone una alarma para ese mismo día. Elige otra anterior y la mueve aún más atrás, irritada por necesitar que una máquina la llame varias veces para algo que ya le ocupa el pensamiento.

Antes de arrancar, deja la carpeta en el suelo, donde no pueda caerse al frenar.

Álvaro la invitó el domingo. «El martes, si puedes. Sin papeles». Elena ha conservado el mensaje y ha puesto en el bolso una carpeta de plástico.

A las dos, en Jorge Juan, él está de pie junto a la mesa.

Un camarero le retira la chaqueta con la naturalidad de quien conoce el gesto anterior y el siguiente.

Álvaro saluda a Elena, le pregunta si ha encontrado bien el sitio y espera a que se siente para ocupar su lugar.

Tiene el pelo recién cortado. La camisa no se arruga en los codos cuando apoya los brazos, y ella se descubre observando eso mientras él empieza a hablar del centenario.

El restaurante ocupa un fondo largo, dividido por columnas y pequeños cambios de altura que permiten oír las mesas cercanas sin verlas enteras.

Desde su asiento, Elena distingue una franja del escaparate, la cabeza de una mujer que se inclina para dejar pasar una bandeja y, al fondo, una pared cubierta de tela donde la luz pierde brillo.

Las voces llegan sin bordes; se entiende una cifra, un nombre, una risa, pero es difícil seguir lo que no va dirigido a uno.

Sobre el mantel han colocado los cubiertos bastante separados.

Hay espacio para comer sin recoger los codos, para que alguien deje un plato sin obligarla a levantar nada, y ese descanso pequeño la complace antes de que se acuerde de quién ha elegido el lugar.

—Mi madre quiere que estés en octubre —dice Álvaro—. Me lo ha repetido dos veces esta semana. Ya sabes cómo es.

Elena piensa en Leonor, en el botón de otro tono sobre el abrigo, en la mano que soltó a su hijo para saludar a Teresita. No quiere que esa imagen le sirva a Álvaro, pero tampoco consigue apartarla cuando le pregunta si irá.

—No sé todavía cómo tendré el trabajo.

—Con tiempo se organiza.

El camarero se acerca. Álvaro pide alcachofas para compartir y empieza a recomendarle el pescado; se detiene a mitad de la recomendación, le deja la carta y elige lo suyo. Elena agradece que lo haga. Le molesta agradecerle algo tan breve.

Mientras esperan, él explica que la Fundación ha encargado un libro de historia, no uno de esos volúmenes que se regalan sin abrir, dice, sino una edición con buenas imágenes y alguien que sepa escribir.

Le cuenta los problemas que están teniendo para reunir retratos en calidad suficiente.

Algunas fotografías llegan por teléfono, otras tienen marcas de bolígrafo por detrás; hay familias que conservan los marcos y no saben dónde pusieron las copias que había dentro.

—Tú eso lo verás todos los días.

—Casi.

—Habría que sentarse una mañana contigo.