El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 8 · Masula #3
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8 · Masula #3

Lázaro reconoce su nombre y Manila; el cargador le confirma lo último con una palabra portuguesa que se parece lo bastante a la que él acaba de decir. Cuando intenta repetir el apellido, el otro ya le ha puesto la pluma en la mano.

La sostiene demasiado cerca de la punta.

No quiere manchar el pliego ni preguntar qué debe hacer delante de los hombres que aguardan.

Su compañero cruza dos dedos. Lázaro traza una cruz, levanta la pluma y ve que uno de los brazos ha quedado más largo.

Está a punto de volver a tocarlo, pero el escribiente le retira el papel.

Durante un instante desea que lo llamen otra vez, que haya faltado alguna pregunta cuya respuesta permita quedarse junto a la mesa.

Después se avergüenza de aquella impaciencia al revés: ha pasado meses procurando no dar su nombre y ahora le cuesta abandonar el lugar donde alguien acaba de escribirlo.

El cargador le señala la salida. Lázaro lo sigue sin haber visto cómo se guardará el pliego ni a quién tendrá que pedírselo si algún día lo necesita.

Va a San Thomé cuando el trabajo le permite seguir al hombre que se lo ha ofrecido.

El camino hacia el sur se hace más largo de lo que parecía desde la playa: hay que rodear cargas, cruzar zonas donde el pie se hunde y esperar a que pase un carro cuyo eje parece que va a soltarse en cada vuelta.

Su acompañante conoce a varias de las personas con las que se encuentran.

Se detiene, habla, vuelve a caminar; Lázaro empieza a reconocer en aquella demora la seguridad de alguien que no necesita llegar para estar en su sitio.

La iglesia está fresca en el primer tramo de sombra.

Más adentro, el aire conserva el olor del aceite y de la ropa que se ha secado sobre los cuerpos; las paredes encaladas reciben una claridad menos fuerte que la de fuera, y en el suelo las rodillas y los pies han dejado una suciedad continua, interrumpida por los lugares que acaban de barrer.

Cerca de una abertura hay una mujer con un niño dormido.

Ha acomodado la cabeza contra su brazo para poder arrodillarse sin despertarlo y, al inclinarse, deja ver la marca oscura que el cabello húmedo ha puesto sobre la manga.

Lázaro se queda detrás. La misa le devuelve sonidos que no ha tenido que aprender durante el viaje: sabe cuándo los demás van a responder, recuerda una pausa antes de que llegue y siente un alivio tan inmediato que apenas presta atención a las palabras que siguen.

Por primera vez desde Manila puede equivocarse sin que su error revele de dónde viene.

Al terminar, su acompañante lo conduce hasta un sacerdote y habla de él en portugués.

El sacerdote pregunta despacio. Lázaro entiende confesar y responde que sí.

Se apartan a un lugar donde la voz no llega desde la puerta.

Tiene que repetir algunas frases; en otras, el sacerdote recoge una palabra castellana y se la devuelve dentro de una pregunta más corta.

Lázaro se desespera al principio por no poder decir seguido lo que traía preparado.

Después agradece las interrupciones, porque cada una le permite decidir qué pondrá en la frase siguiente.

—He robado una moneda de plata.

El sacerdote pregunta si sabe a quién.

Lázaro dice que la tomó de una casa, durante el saqueo de Manila.

No dice que la casa tenía un león sobre la puerta.

El hombre pregunta algo más y él señala la faja: la moneda sigue allí.

Ahora que lo ha dicho podría sacarla; siente su canto a través de la tela y mantiene las manos sobre las rodillas.

Restituir. Esa palabra la reconoce. El sacerdote la repite cuando él explica que está lejos, que no puede volver a la casa, y le hace entender, por partes, que la distancia no convierte en suya la plata. Lázaro baja la cabeza. Dice que sí cuando le pregunta si procurará devolverla.

No ha decidido cómo.

Habla de otras cosas, del alimento robado a bordo, de lo que ha ocultado a Ignacia.

El espejo no entra en ninguna de esas frases.

Antes de arrodillarse ya lo había apartado de la moneda, y ahora, mientras oye al sacerdote esperar lo que todavía tenga que decir, se aferra a la diferencia: la plata la cogió de un cajón; el espejo, se dice, venía de su padre, de lo que su padre no pudo darle con sus manos.

Lo tiene por herencia. No necesita explicarlo porque no lo nombra.

El sacerdote le impone una penitencia y pronuncia las palabras de la absolución.

Lázaro permanece arrodillado después de que haya terminado; ha empezado las oraciones indicadas y en medio de una se le cruza la imagen del cajón, la facilidad con que salió primero la moneda. Vuelve a empezar, sin levantar la voz.

Cuando se incorpora, el espejo se ha desplazado bajo la tela. Lo acomoda antes de salir. En la puerta hay que esperar: la mujer pasa con el niño dormido y él retrocede para dejarle sitio, sosteniendo con la mano el paquete hasta que puede volverse hacia la claridad de la calle.