El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 8 · Masula #2
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8 · Masula #2

El primer dinero que consigue distinguir aquí está sobre una mesa que no es la suya.

Su compañero entrega una pequeña pieza de oro; el cambista la vuelve, la examina y empieza a separar otras, de plata, sobre una tabla lisa.

Pagoda, dice al levantar el oro. A las piezas pequeñas las llama fanams, con un sonido en el que Lázaro reconoce algo de aquel paṇam que ha oído tantas veces sin poder guardarlo junto a una cantidad.

—Cuarenta y dos —le traduce el cargador, que está vigilando las manos del cambista.

Lázaro cuenta. Le salen cuarenta y una. No lo dice hasta volver a pasar por todas con el dedo suspendido sobre la mesa; entonces encuentra una que ha quedado pegada a otra y las separa con la uña. El cambista lo deja terminar. Son cuarenta y dos.

Cambian además uno de esos fanams por ochenta piezas menudas de cobre.

Su compañero quiere dinero pequeño para pagar, y Lázaro lo ayuda a reunirlo en montones; al acabar vuelve a la primera cuenta, multiplica despacio, se equivoca en una suma y la corrige sobre el polvo del borde de la tabla.

Tres mil trescientos sesenta de aquellos cobres por la pagoda que acaba de ver cambiar.

El otro asiente y le entrega la parte de jornal que le corresponde, sin convertirla de nuevo en oro para explicársela.

Lázaro sale contento. Le gusta que una cuenta pueda quedar terminada aunque ignore la lengua del hombre que ha contado con él. Durante un trecho hace sonar las piezas nuevas dentro del puño, hasta que recuerda la moneda grande guardada en la faja y cierra la mano. Esa no ha salido.

Otro día, junto a una carga de Rajan llegada por mar, ve separar dinero para la aduana.

Hay un papel sobre los fardos; el dependiente señala una cantidad y Rajan vuelve a preguntar.

Lázaro reconoce el modo de inclinar la cabeza hacia la cuenta que desea revisar.

Su compañero le explica que por cada cien del valor que han puesto a aquella mercancía les piden cinco.

Rajan señala un fardo, discute algo que el cargador no traduce y termina apartando las monedas convenidas.

El muchacho espera a que le indiquen dónde llevar la carga.

Por el mismo trabajo tendrá que levantarla dos veces, antes y después de aquel papel.

Abril

Avanzado abril, el hombre que trae las noticias nuevas de Manila se quita una venda sucia de la muñeca mientras habla.

Ha salido después de la primera semana de marzo y acaba de bajar a la playa; el cargador lo conoce de otro viaje y le pregunta por un compañero que se quedó allá.

Lázaro está sentado a unos pasos, deshaciendo una vuelta que han anudado mal alrededor de una carga.

Entiende más palabras que cuando llegó, pero debe dejar de tirar de la cuerda para seguir las preguntas.

El recién venido no ha visto al hombre por el que preguntan.

Ha oído a los ingleses quejarse de las ofertas que llegan a sus soldados: cien pesos por dejar el servicio y después uno cada día.

El cargador le hace repetir la cantidad.

Lázaro mira hacia ellos; el que habla aclara que no ha visto pagar ese dinero.

—Lo que dicen —resume su compañero para él, juntando los dedos vacíos.

Alguien quiere saber si el camino del río sigue abierto.

La respuesta tarda porque el hombre de la venda está tratando de arrancar una fibra pegada a la piel: han contratado cien chinos para los puestos, dice, junto a caminos, río y puentes.

El cargador le ofrece agua para humedecer la tela.

Mientras espera a que se ablande, el otro añade que se ofrecen treinta pesos por entregar a un desertor.

Lázaro conoce la diferencia entre cien y treinta. Lo que no consigue es saber de qué lado de esa resta quedaría el hombre al que están buscando.

Su compañero pregunta por las sillas cubiertas en que viajan los que pueden pagarlas.

El recién llegado mueve la cabeza: primero querían prohibirlas, eso decían las voces que venían de los oficiales; después la orden era abrirlas y examinarlas al pasar las puertas.

Imita a un guardia apartando la cortina. No hace falta traducir ese gesto.

La venda se desprende por fin. El hombre mira la piel y pide que le guarden un sitio a la sombra.

La conversación continúa en torno a lo que cuesta comer y dónde puede lavarse; Lázaro vuelve al nudo, que ahora consigue abrir sin romper el cabo.

Ha escuchado por si llegaba el nombre de su madre, aunque sabe que ninguno de los dos tiene motivo para pronunciarlo.

Para seguir cobrando por la faena de playa tiene que ponerse en una lista.

Se lo explican al terminar una descarga, cuando pregunta por el día siguiente: comida, paga, una señal hecha ante el hombre que lleva el libro.

El cargador lo acompaña hasta una dependencia próxima a los almacenes, fuera de la puerta por la que antes le impidieron pasar.

Lázaro reconoce el sitio donde dejaron el primer bulto.

Rajan le ha dicho que vuelva al alojamiento antes de que anochezca; el barco y sus cuentas continúan esperándolos en la rada.

El escribiente trabaja bajo un techo bajo.

Una tela tendida contra el sol deja entrar por debajo una franja de claridad que alcanza los pies de los que aguardan y se detiene antes de la mesa.

Sobre ella hay pliegos gruesos, rayados en columnas, junto a una cubierta de pergamino que no protege del todo sus bordes.

Un hombre acerca el tintero cada vez que el codo del escribiente lo aleja demasiado.

Lázaro mira esa colaboración silenciosa mientras trata de recordar qué ha entendido sobre la paga.

Le preguntan el nombre. Lo dice completo.

—De la Cruz —repite, porque el escribiente ha empezado antes de que termine.

El cargador le pregunta por Manila, después por su fe. Lázaro responde que es cristiano y señala con la cabeza el sitio donde le han dicho que puede oír misa. El hombre de la mesa añade algo. Su compañero espera a que acabe y le indica una línea que aún tiene sitio.

El escribiente lee en voz alta:

—Lazaro, Manilla man, Christian.