8 · Masula
El bote que viene a recogerlos desaparece detrás de una elevación del agua y vuelve a salir más cerca, con un hombre de pie en la popa.
Lázaro alcanza a ver el movimiento de su brazo antes que la pala.
La playa permanece al fondo, tan clara bajo el sol que las personas parecen manchas separadas de los cuerpos que las producen; entre ella y el barco se suceden franjas de espuma que, desde lejos, podrían tomarse por un mismo lugar, hasta que una se deshace y otra empieza a levantarse donde un instante antes el agua estaba lisa.
Han dejado atrás semanas en las que la tierra llegaba por un costado y acababa apareciendo por el otro.
Lázaro recuerda un paso entre islas, la vigilancia de Sulaimān cuando la costa se estrechaba, un nombre, Malaca, repetido mientras cambiaban una vela; después hubo de nuevo días de mar abierto, y él dejó de creer que bastaba seguir una orilla para llegar al sitio que quedaba más allá.
Madrás se ha anunciado esa mañana por una mano de Rajan señalando hacia tierra.
Ahora el sarang le indica que baje.
Lázaro se ajusta el paquete del espejo y se descuelga cuando el bote empieza a subir, pero su pie no encuentra el fondo donde lo esperaba.
Un hombre le sujeta el brazo, lo hace caer sentado y continúa dando órdenes como si aquel tropiezo perteneciera al movimiento del agua.
Desde abajo, el costado del barco se ha vuelto una pared tan alta que cuesta creer que haya pasado tantas noches durmiendo al otro lado.
El bote lleva las tablas cosidas. Lo ve entre sus rodillas: cordones oscuros que entran y salen por los bordes, fibras hinchadas junto a las uniones, una costura que no ha quedado recta y, sin embargo, mantiene juntas dos piezas de madera que se mueven al recibir el mar.
Lázaro busca cabezas de clavos. El hombre sentado delante advierte lo que mira, tira de una hebra suelta y dice algo que el sarang repite con otra entonación.
— Masula .
No sabe si le están nombrando el bote o prohibiendo que toque. Retira la mano.
El barco queda atrás. A un lado pasa un hombre sobre unos troncos amarrados, tan bajo que las piernas se le pierden en el agua; su carga, envuelta y sujeta delante, parece ocupar más sitio que él.
Lázaro lo sigue con la vista hasta que el remero próximo le manda agachar la cabeza.
La masula ha empezado a girar. Los hombres se llaman de proa a popa, hunden las palas con una fuerza que levanta sus espaldas y esperan, todos a la vez, algo que Lázaro no consigue distinguir de lo que ya está ocurriendo.
Entonces el fondo se inclina.
Se agarra al borde, pero una mano le aparta los dedos.
El agua blanca alcanza el interior, le golpea las espinillas y sale por donde otro hombre la arroja con un recipiente.
La playa se acerca sin que él pueda mirar cómo: ve arena, una espalda, arena otra vez, y siente debajo una violencia que primero los empuja y después parece tirar de ellos hacia atrás.
Ha protegido el espejo con el antebrazo; el columnario permanece contra la cintura, más adentro.
Piensa en levantarse. El sarang lo retiene por la ropa.
Cuando le permiten bajar, la arena cede bajo el talón y Lázaro sigue esperando un movimiento del suelo.
Da dos pasos innecesarios para conservar el equilibrio.
Los hombres de la masula ya están sacando los bultos, hablando por encima del ruido de la resaca; uno se ríe de su manera de quedarse quieto y él se ríe también, porque esta vez entiende de qué se ríen.
La ciudad no empieza donde termina el agua.
Antes hay que atravesar una extensión de arena ocupada por cargas, cuerdas, cestos, hombres que esperan a otros hombres y una serie de huellas que el viento borra mientras todavía se están haciendo.
No hay una tabla larga que lleve hasta tierra firme, ni un borde al que puedan acercarse los barcos del fondeadero.
Cada llegada necesita de nuevo aquellos botes, y cada bote trae consigo una discusión sobre lo que debe bajar primero.
Por encima de los cobertizos aparece la fortaleza.
Sus muros no tienen, desde allí, el color uniforme que Lázaro les había dado desde el barco: la cal conserva zonas grises, las sombras se endurecen bajo los salientes y, cerca del acceso que mira al mar, la arena se ha mezclado con el suelo pisado hasta formar una superficie que no devuelve los pasos de la misma manera.
Un cargador señala la puerta y pronuncia dos palabras inglesas.
Después añade, en un portugués que Lázaro empieza a separar del ruido, que por allí no.
Lázaro ya había cambiado el peso del bulto para acercarse. Vuelve sobre sus pasos.
Le muestran un lugar donde depositarlo, fuera.
Más allá de la puerta alcanzan a verse paredes altas, una sombra profunda y parte de una casa que parece no tener relación con los hombres mojados de la playa.
El cargador habla de la Compañía; al indicar otro edificio dice Santa María y hace un gesto que Lázaro reconoce como de iglesia.
No le permite seguir mirando. Hay otra carga detrás.
El trabajo los lleva hacia el norte. Allí las calles se abren entre casas que todavía muestran dónde se ha reparado un muro y dónde se ha preferido empezar otro: tramos de ladrillo, cal reciente junto a manchas viejas, postes apoyados en una fachada mientras alguien decide qué hacer con ellos.
En el centro de algunos pasos la arena guarda surcos de ruedas; cerca de las paredes se puede caminar sobre una superficie más firme, pero hay que apartarse cuando una mujer sale con una vasija o un hombre extiende en el suelo el tejido que quiere sacudir.
Los carros obligan a las conversaciones a cambiar de sitio sin hacerlas terminar.
Lázaro se detiene donde el cargador le indica.
Frente a ellos hay un espacio demasiado despejado.
Entre el camino y las construcciones lejanas quedan arranques de paredes, montones bajos, algún árbol que ha sobrevivido sin dar sombra a ninguna puerta.
Unos hombres recuperan ladrillos. Los pasan de mano en mano y los apilan con el cuidado que otros ponen en levantar una casa nueva.
—Antes había casas —dice su compañero.
Lázaro cree haberlo entendido, pero el hombre lo repite señalando los restos.
Los franceses, el sitio, la necesidad de dejar libre el terreno ante la fortaleza: las palabras llegan separadas, acompañadas de un brazo que barre el espacio vacío.
No puede reunir toda la historia. Reconoce la postura del hombre que busca una pared donde ya no la hay, y esa comprensión le basta para dejar de contemplar el lugar como una facilidad para pasar.
Durante unos pasos piensa en la casa de la calle Real.
Se pregunta si habrán vuelto a poner las conchas en las ventanas, si alguien habrá encontrado la barrilla junto a la papelera.
Le molesta que pueda recordar tan bien el cajón y tan poco de lo que sus dueños habrían querido recuperar.
Después le piden que levante y la pregunta queda detrás de él, en un lugar al que todavía no sabe volver solo.
Rajan tiene asuntos en tierra. Habla con hombres que llevan papeles doblados, cuenta con ellos y hace esperar a Lázaro junto a las cargas.
Al muchacho le gusta disponer de ese sitio en el que nadie le pregunta qué busca, aunque pronto descubre que puede pasar media mañana sin que nadie necesite sus brazos.
Cuando señala un grupo que está descargando, Rajan le indica que vaya y después dónde debe regresar.
Lázaro repite el nombre del lugar. No está seguro de haberlo dicho bien hasta que el otro deja de corregirlo.
Una tarde, ya en abril, oye castellano.
La voz viene de un hombre sentado junto a varios compañeros, con la ropa pegada al cuerpo y una bota puesta mientras espera que la otra se seque.
Se queja del arroz que le daban en Cavite.
Una palabra de la frase, la manera de pedir que le dejen acabar antes de responderle, le devuelve a Lázaro un lugar con una precisión que ninguna de las casas ha conseguido darle. Está a punto de acercarse.
Un trabajador dice que son franceses. Han venido con los barcos de Manila; los ingleses los han mandado de vuelta porque demasiados dejaban el servicio. No señala cuál de aquellos hombres había intentado irse ni cuál se encontraba allí por lo que habían hecho otros.
El de la bota pregunta por agua, esta vez en una lengua distinta. Lázaro sabe dónde pueden dársela. Se queda mirando una cuerda enredada a sus pies y empieza a recogerla, sin que nadie se lo haya encargado, hasta que las voces se alejan del sitio por donde tendrá que pasar.
Había imaginado que oír su lengua le permitiría descansar.
Ahora descubre que también puede devolverle el miedo a una pregunta, a que el otro quiera saber en qué casa cargaba o con quién salió de Cavite.
Le pesa haber deseado que se marchen. Después le pesa todavía más que se hayan marchado sin saber que él los entendía.
Aprende algunos recorridos porque los jornales no se cobran en el lugar donde se hacen los trabajos.
El cargador lo lleva de un patio a una tienda, de allí a otra puerta; al pasar ante una casa dice que los capuchinos han tenido que alquilar sitio, y después le muestra a dos hombres a los que llama armenios, que también esperan recuperar una iglesia ocupada para los heridos.
No es la misma comunidad, aclara cuando Lázaro intenta reunirlos por la cruz.
En otra esquina se apartan para dejar entrar gente en un recinto donde su compañero no se descubre.
Más lejos hay una mezquita; uno de los hombres del barco abandona la conversación para dirigirse hacia ella.
Lázaro guarda las diferencias junto a los recorridos, todavía sin saber qué puerta podrá abrir él.