7 · Sarasa #3
Le hace sostenerla. Lázaro tira demasiado de la cuerda, mueve la cabeza y pierde el horizonte.
Sulaimān le toca la nuca para que no la siga moviendo, le baja un poco la muñeca y señala, por encima de la tablilla, el punto que quiere que encuentre.
La estrella se le escapa dos veces. A la tercera consigue mantenerla junto al borde de arriba mientras la línea del mar roza el borde inferior; en ese momento el barco vuelve a inclinarse y todo se deshace.
El piloto no le quita el cordón. Espera.
Lázaro está acostumbrado a que le muestren cómo se carga, cómo se anuda, dónde se deja un objeto.
Le desconcierta que aquí el esfuerzo de los dos termine en una cosa que no pueden acercar ni tocar; lo impacienta la paciencia del otro, porque mientras no le retire la tablilla tendrá que admitir que aún no ha hecho lo que le piden.
Vuelve a intentarlo. Afloja la mandíbula, levanta el brazo un poco menos y consigue ver durante varios latidos una separación que puede reconocer cuando se pierde.
Sulaimān cuenta sobre los dedos. Cambia de nudo, le hace repetir y vuelve a contar.
Lázaro no aprende esa noche a encontrar una costa; aprende que mover la madera hacia la cara cambia el trozo de cielo que cabe detrás, y que el piloto está esperando una coincidencia, no una estrella más brillante que las otras.
El cuaderno aparece después. Sulaimān lo saca de un tubo de latón, abre con cuidado las hojas abarquilladas y protege la más alta con la palma para que el aire no la vuelva antes de tiempo.
La tinta se ha vuelto parda en algunos trazos; cerca de una esquina hay un cerco de sal y un remiendo que une dos partes de papel sin disimular la rotura.
Recorre una línea de derecha a izquierda y lee en voz baja, con pausas que Lázaro empieza a esperar antes de entender nada de lo que dicen.
Al llegar a un nombre señala la oscuridad donde han quedado las piedras de Pulo Sapata.
Pasa a otra línea, toca el cordón y levanta los dedos.
Lázaro ve que el libro contiene maneras de volver a encontrar cosas que ya no se ven.
Mira las hojas que aún faltan y siente una envidia extraña: no del hombre que sabe leerlas, sino de quien puede guardar un camino sin tener que dejar algo suyo al principio.
El piloto dice Manila. Después dice Madrás y separa ambas manos, llevándolas muy lejos una de otra sobre la tabla donde ha apoyado el cuaderno.
Vuelve a señalar la estrella, cuenta dos alturas próximas con los dedos y repite los nombres.
Lázaro reconoce la cercanía de las dos medidas; la distancia que el otro ha mostrado sigue sin caberle en aquella diferencia tan pequeña.
No encuentra una pregunta que pueda hacerle.
Sulaimān cierra el libro, se lo guarda y le devuelve la tablilla para que lo intente de nuevo.
La brújula está en un sitio donde no dejan apoyar nada.
Lázaro la ha visto desde lejos, entre brazos que se apartan, y cuando por fin puede acercarse descubre una aguja que no se queda quieta del mismo modo que las cosas sueltas del barco.
El círculo tiene divisiones. Las cuenta siguiendo con el dedo la madera que lo rodea, sin tocar el instrumento; pierde el comienzo, vuelve a buscarlo y al final le salen treinta y dos.
Sulaimān pronuncia nombres mientras señala algunas direcciones.
A veces alza la mano hacia una estrella que acaba de aparecer; otras la baja hacia un lugar vacío donde el cielo conserva una claridad más pálida.
Lázaro no retiene los nombres. Retiene que una orden puede empezar allí arriba, pasar por el círculo y terminar en un hombre que tira de una cuerda.
Por la mañana le hacen llevar un pequeño flotador a proa.
Otro marinero espera más atrás; cuando lo arrojan, un tercero empieza una cuenta que no es la suya, y Lázaro sigue con los ojos la madera hasta que pasa a la altura del hombre que levanta la mano.
Lo repiten. El barco adelanta aquello que acaba de dejar sobre el agua, y la diferencia entre dos esperas modifica algo en las palabras con que el piloto responde.
Después le toca contar. Dice sus números en voz baja, cuidando de darles una distancia semejante; se equivoca cuando una voz lo llama, vuelve a empezar y recibe un gesto impaciente que, por una vez, entiende entero.
Tiene que atender a lo que hace. La vergüenza es conocida y le permite seguir sin miedo de haber ofendido una regla que nadie le ha explicado.
Al terminar, recoge lo que le mandan y aguarda la siguiente orden.
El sol va desplazando la sombra de un cabo sobre las tablas; un hombre que dormía con un brazo encima de los ojos se incorpora, busca el agua y ocupa el lugar de otro.
Oye cantar zām , una voz sostenida que recibe respuesta desde la popa.
Había oído ese sonido durante su escondite, sin saber que dividía el tiempo que pasaba sobre él.
Sulaimān levanta tres dedos y dice três horas , demorando las palabras hasta que Lázaro asiente: unas tres horas de trabajo antes del relevo, aunque al mirar los brazos de quienes se retiran le parezcan muchas más.
Ahora tiene que levantarse cuando lo llaman. Deja el cuenco junto a los otros, comprueba con la mano que el espejo sigue donde lo ha puesto y se acerca a la cuerda que le tienden.