El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 7 · Sarasa #2
27%

7 · Sarasa #2

Un marinero de barba, con gorro claro y un paño a cuadros en la cintura, se abre paso entre los otros.

Mira primero la carga, luego las manos de Lázaro.

Tiene las plantas de los pies oscurecidas, como si hubiera pisado algo que no se quita al andar.

Habla con una brusquedad que el muchacho entiende sin conocer ninguna palabra y señala hacia el costado.

Lázaro vuelve a mirar el agua. Le gustaría decir que pesa poco. Le parece una defensa miserable en cuanto se le ocurre, pero la dice de todos modos.

El de la barba no se aparta.

Desde la popa llaman al hombre que lo ha descubierto.

Lázaro oye sarang y ve que se vuelve; después todos dejan un paso por el que llega el que vigilaba la carga en Cavite.

A corta distancia se distingue el ojo derecho, blanquecino y quieto mientras el izquierdo busca la cara del muchacho.

Gira la cabeza para mirarlo mejor. La mano derecha ha ido a la punta que cuelga de su cordón y se cierra allí sin sacarla.

—Manila —dice Lázaro, antes de que le pregunten.

El hombre repite el nombre con otra terminación.

Después le habla en una lengua que contiene palabras próximas al castellano, gastadas o vueltas por un lado que todavía puede reconocer.

Ha oído a portugueses en Cavite. Consigue entender pagar; lo demás se pierde en una pregunta que el hombre termina señalando la comida y el sitio del que lo han sacado.

Lázaro abre las manos.

El sarang ve entonces el bulto de la faja.

Le levanta el borde del baro y tira del paquete antes de que él logre separarse.

El columnario queda más adentro, en su pliegue; Lázaro aprieta el brazo contra la cintura y observa cómo desenvuelven el espejo, incapaz de saber si lo que teme perder es la plata o la única cosa por cuya pérdida no podría pedir ayuda a nadie.

El hombre del ojo blanco lo toma. Lo mira por delante, lo vuelve hacia el nácar y pasa un dedo por el borde sin intentar levantarlo; luego apoya el conjunto en la palma, lo sube y lo baja dos veces, mientras el paño vacío queda en manos del sarang.

Sobre la plata reaparecen pequeños lugares oscuros que la limpieza no ha dejado iguales.

Lázaro sigue el recorrido de aquellos dedos con una atención que no tuvo al robarlo.

— Paṇam —oye.

Reconoce el sonido de Malate. El hombre señala el espejo, frota el pulgar contra los dedos y vuelve a levantar la mano, esperando.

Lázaro entiende que le pide un valor, una cantidad con la que hacer algo, y durante un instante le resulta insoportable que el mismo objeto que ha traído hasta allí pueda servir ahora para pagar una parte de su miedo.

—Nada.

La palabra le sale con la voz del cabo de la casa saqueada. La repite más bajo, esta vez mirando al hombre, como si así pudiera hacerla suya. No sabe si está defendiendo lo que lleva o intentando que dejen de examinarlo.

El hombre le devuelve el espejo. Habla con el de la barba, señala a Lázaro, se lleva dos dedos a la boca y después los baja hacia las manos abiertas del muchacho.

Hay otra orden, una objeción breve y un gesto hacia la bomba de achique, donde un marinero mueve una palanca con el cuerpo entero.

Lázaro reconoce de nuevo pagar. Asiente antes de saber cuánto trabajo puede contener esa palabra.

El sarang le da el paño y lo empuja hacia la bomba.

La palanca parece ligera cuando la mira mover a otro.

En cuanto le toca, descubre el peso que llega tarde, cuando ya ha empezado a bajar el brazo y no puede detenerlo sin recibir el tirón en los hombros.

El marinero lo corrige, le cambia un pie de sitio y vuelve a mostrarle el recorrido.

De una salida corre agua oscura. Lázaro mira hacia la escotilla de la que acaba de salir, imaginando lo que ha estado por debajo de él todo ese tiempo.

Trabaja hasta que los otros se apartan para comer.

No sabe si le corresponde ir con ellos. Se queda junto a la palanca, avergonzado de esperar una invitación que ninguna palabra suya podría pedir con naturalidad, hasta que el sarang vuelve por él y lo lleva al fogón como se lleva a alguien a terminar una tarea olvidada.

Le dan arroz y pescado seco. Tiene el cuenco entre las manos cuando comprende que esta vez puede comer despacio, sin calcular cuántos bocados caben antes del regreso de un hombre; el descubrimiento lo conmueve de un modo que preferiría ocultar, porque no quiere agradecer demasiado una comida que está pagando con el cuerpo.

Aun así, limpia con el dedo los granos adheridos al borde.

Uno de los marineros prepara una hoja, pone algo dentro y se la lleva a la boca.

Otros tienen los labios manchados y conservan el bulto del betel a un lado mientras hablan; lo desplazan para pronunciar una orden y vuelven a acomodarlo con la lengua.

Lázaro rechaza con la cabeza lo que le ofrecen.

El hombre se encoge de hombros y lo guarda.

En los días que siguen aprende los nombres de los que necesitan llamarlo.

Al hombre del ojo blanco le dicen Rajan, además de otras palabras que cambian con quien se acerca.

No sabe cuál debe usar y al principio espera a que lo miren.

El de la barba es Sulaimān Labbai; cuando lo oye llamado malumi , señala hacia él para preguntar, y un marinero responde apuntando a la tierra lejana, después al rumbo del barco.

Lázaro empieza a distinguir un nombre de un oficio porque las tareas le corrigen lo que la lengua todavía mezcla.

Kalāci le dicen a él. Le muestran una escoba, una cuerda que debe llevar, un lugar donde no dejarla.

Cada cosa tiene dos pesos: el que él reconoce en las manos y el que adquiere cuando la cubierta se mueve antes de que esté preparado.

Se golpea, rompe una vasija ya rajada, aprende a esperar el balanceo para levantar un bulto y deja de caminar pegado al costado, donde estorba a los que vienen con trabajo.

Por las noches duerme donde le han indicado, cerca de otros cuerpos que se vuelven al cambiar el barco de inclinación.

El espejo, envuelto, sigue a su alcance; la moneda permanece en la faja.

Ha pensado en ofrecerla, más de una vez, pero no sabe qué compraría con ella ni si, después de perderla, seguiría debiendo lo mismo.

Esa incertidumbre le sirve de excusa para guardarla.

No se pregunta todavía por qué necesita una excusa.

Al limpiar junto al fogón observa que el cocinero echa grano seco en el agua.

Un marinero le muestra un puñado duro, dice algo, señala la olla y lo devuelve al saco; Lázaro deja de imaginar una reserva de comida ya preparada.

Para comer hace falta volver a encender el fuego, guardar agua suficiente y esperar, incluso en mitad de un mar por el que no pasa nadie a quien comprar otra cosa.

El barco empieza a tener lugares que puede recordar sin verlos.

La sombra de popa donde escribe Rajan, el paso estrecho junto a los fardos, la tabla que cruje cerca del fogón y el sitio desde el que se oye llegar una orden antes de que alcance a los demás.

Por la mañana, la sal se ha secado sobre algunas maderas formando una claridad áspera; donde pasan más manos vuelve el color oscuro, y las cuerdas, tendidas o recogidas, guardan curvas distintas según el trabajo que las espera.

Le sorprende que una casa capaz de alejarse de todas las orillas necesite tanto cuidado para conservar cada cosa en su sitio.

Una tarde lo dejan sosteniendo un cabo mientras reparan más arriba lo que él no alcanza a ver.

Tiene que mantener la tensión, ni mayor ni menor, y esa tarea sencilla le concede por primera vez tiempo para mirar el agua sin buscar una salida.

El mar no forma una superficie uniforme alrededor del barco: cerca del costado se levantan lomos breves, transparentes en la parte alta, que al caer dejan una blancura áspera; más lejos, otras ondulaciones cruzan por debajo y cambian el dibujo antes de que pueda seguirlo hasta el horizonte.

En un lugar queda una lisura oscura, casi inmóvil, que se rompe cuando el barco llega a ella.

La luz va abandonando aquellas formas desde un costado del cielo y las velas recogen, cada una a distinta altura, lo último que les corresponde.

Piensa que Ignacia no sabría dónde buscarlo si quisiera hacerlo.

Hasta entonces, al imaginar su ausencia, había supuesto un camino que su madre podría seguir preguntando por él: Cavite, una tienda, un embarcadero.

Ahora, mientras sujeta el cabo, descubre lo que no sabría contestar a quien viniera de su parte.

No puede decir dónde está. La idea le devuelve una soledad más precisa que la del escondite, y tarda en oír que le están pidiendo aflojar.

Suelta demasiado; el hombre de arriba protesta y Lázaro recupera la tensión, agradecido de que todavía pueda corregir aquello con las manos.

Sulaimān lo llama una noche en que las nubes dejan abierto un trecho de cielo hacia el norte.

La cubierta conserva calor en algunas tablas y está húmeda junto al costado; Lázaro va descalzo de un lugar a otro, siguiendo los cambios de temperatura como antes seguía las voces.

El piloto lleva una tablilla de madera y un cordón con nudos.

Se coloca uno entre los dientes, estira el brazo y espera a que el barco deje de levantarse para hacer coincidir el borde inferior de la tabla con el horizonte y el superior con una estrella.