El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 7 · Sarasa
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7 · Sarasa

Desde la orilla, Lázaro ha visto al hombre contar los fardos dos veces; cuando llega su turno, se inclina bajo la carga y procura que la parte más ancha le tape la cara.

No sabe si están contando también a quienes los llevan.

La tabla por la que debe subir se mueve al recibir su peso, desciende un poco más cuando la embarcación se aparta y vuelve a levantarse antes de que alcance el extremo; tiene que detenerse en mitad del paso, con las rodillas dobladas, mientras el fardo le empuja la cabeza hacia delante.

Alguien le grita desde cubierta. No entiende las palabras, pero sí el gesto de la mano que le manda seguir.

Arriba huele a madera mojada, a fibras recalentadas por el sol y al pescado seco que unos hombres están pasando de una barca a otra.

Lázaro deja la carga donde le indican. A través de una costura abierta asoma una tela con flores rojas tan pequeñas que, al moverse, parecen granos esparcidos sobre un suelo blanco.

El hombre que recibe el fardo la empuja hacia dentro con dos dedos y vuelve a ajustar la cuerda.

— Sarasa —dice, señalando el bulto que viene detrás.

Lázaro ya ha oído el nombre en las tiendas. Allí las telas se desplegaban para que alguien pudiera escoger; aquí vuelven a convertirse en peso, en esquinas que golpean las rodillas, en una cuenta que se anuncia en voz alta antes de bajar la mercancía por la escotilla.

El barco tiene dos palos y la popa levantada sobre la cubierta.

Desde el costado, donde espera otra orden, puede ver al hombre que vigila la carga bajo aquella sombra: lleva una tela clara al hombro, hace girar la cabeza antes de responder y sostiene un haz de tiras estrechas sobre las que mueve una punta.

A su lado hay una balanza recogida. Cuando surge una discusión, deja de escribir, mira hacia la escotilla y manda subir de nuevo lo que acababan de bajar.

Han dicho en Cavite que es un barco de Porto Novo, de la costa de Coromandel.

Lázaro ha repetido los dos nombres para que no se confundan; después ha preguntado si sale pronto, que es lo único de aquellas palabras que puede afectar a la tarde en que vive.

Un cargador le contestó señalando el viento.

Otro dijo Madrás. Los dos querían que se apartara de una caja.

Delante de los fardos de sarasa, un mozo de Cavite le explicó que aquella partida no había encontrado comprador: las telas volvían a bordo, y al dueño le costaba ahora pagar por mover lo que esperaba haber vendido.

Desde aquí, Cavite se extiende en una franja de tejados bajos, muros que la claridad del agua vuelve casi blancos y cobertizos donde las sombras conservan una densidad que no hay bajo los aleros de Tondo.

En la orilla trabajan hombres que se agachan al mismo tiempo alrededor de un casco; más allá, las embarcaciones menores atraviesan los espacios que dejan los barcos fondeados y desaparecen por detrás de ellos, de modo que cada regreso de una proa parece la llegada de otra barca.

Hay voces, martillos y golpes de cabo contra madera, pero la distancia los desordena: ve alzarse una maza y el sonido que le llega pertenece a un hombre situado en otra parte.

Durante unos instantes le gusta aquel desajuste, porque le permite mirar sin que cada cosa le reclame una respuesta.

Lo llaman para bajar un fardo. Obedece antes de que el hombre tenga que acercarse.

Debajo de cubierta, el aire se espesa alrededor del cuerpo.

Las tablas del costado muestran juntas oscuras, cabezas de hierro y alguna veta que el roce de los bultos ha dejado más clara; entre las cargas queda un paso por el que dos hombres no podrían cruzarse sin ponerse de perfil.

Lázaro se arrodilla, empuja hasta el fondo y descubre detrás de una estiba un hueco que no se ve desde la escala.

Todavía puede subir. Todavía puede recibir lo que paguen por aquel trabajo, volver a pisar una orilla y decirse que ha venido a mirar barcos, nada más.

Piensa en Ignacia, no en su cara, sino en la manera de apartar las cosas para hacerle sitio cuando llega tarde; esa costumbre, que tantas veces le ha permitido entrar sin dar explicaciones, le resulta ahora insoportable, porque podría seguir recibiéndolo durante años y él seguiría sin saber qué llevar a cambio.

Arriba anuncian otra carga. Lázaro se mete en el hueco y recoge los pies.

La salida comienza con un ruido de hombres que trabajan sobre su cabeza.

Después crujen las maderas, algo pesado se arrastra, el costado que tiene junto al hombro cambia de inclinación y una claridad estrecha, visible entre dos bultos, desaparece sin que nadie la haya tapado.

Lázaro espera oír que llaman a los que quedan abajo. Nadie lo llama.

Había imaginado el momento de marcharse como una distancia que se abría ante él.

Allí no hay más distancia que la de sus rodillas al siguiente fardo; el barco, al moverse, se la quita y se la devuelve, y toda su atención se concentra en que el espejo no golpee la madera cuando el cuerpo se desliza.

Lo lleva envuelto, sujeto por la faja. El columnario permanece en otro pliegue, apartado del borde del metal.

Durante las primeras horas escucha el agua con alivio.

Ya no llega a intervalos, como bajo una casa del estero, sino que corre junto a las tablas con un rumor continuo en el que se abren, a veces, golpes más hondos.

Luego deja de gustarle. El sonido crece cuando cierra los ojos y, al abrirlos, la oscuridad apenas cambia; siente que la cabeza conserva un movimiento distinto del que llevan los hombros, traga saliva y busca un sitio donde apoyar la frente sin que la presión le provoque otra arcada.

No vomita hasta que intenta comer lo poco que ha guardado.

Después se queda quieto, humillado por haber perdido una comida que nadie le había quitado.

Le parece absurdo tener vergüenza sin que lo vea nadie, pero la vergüenza no se marcha; se mezcla con la suciedad de la boca, con el miedo de que el olor lo descubra y con una tristeza que no quiere llamar arrepentimiento, porque arrepentirse sería admitir que aún espera encontrar una manera de bajar.

Al oscurecer distingue los pasos de uno de los hombres que viene por agua.

La tinaja está cerca de la escala, encajada entre maderas que impiden que ruede.

Oye levantar la tapa, el golpe del cazo, la pausa en que el hombre bebe.

Cuando vuelve a quedar solo, tarda mucho en decidirse a salir: no es capaz de saber si arriba habrá todavía luz suficiente para verlo.

Bebe poco, descansa, vuelve a beber. El agua tiene el gusto de la vasija y está tibia; la sostiene un momento dentro de la boca antes de tragarla, agradeciendo una cosa que, si estuviera en tierra, habría aceptado sin atender siquiera al sabor.

Después coloca la tapa procurando recordar cómo estaba y regresa al hueco.

Los días siguientes se separan por las comidas de los otros.

El arroz huele desde arriba, acompañado de un olor de pescado y de algo agrio que al principio le irrita la garganta.

Cuando se atreve a subir unos peldaños ve el fogón metido en una caja con arena, la olla afirmada sobre su apoyo, los pies del cocinero que cambian de sitio cada vez que la cubierta se inclina.

Hay grano seco guardado en sacos. Lo que roba es un puñado de arroz ya cocido que alguien ha dejado enfriar, luego una tira de pescado, y las dos cosas le duran menos que el tiempo que necesita para volver a esconderse.

No roba mejor por tener hambre. Se apresura, escucha mal y, una noche, al buscar una entrada menos estrecha a su refugio, desata el fardo que le impide pasar.

La sarasa se hincha al aflojarse la ligadura; aparecen otras flores, tallos azules, una orilla oscura que le recuerda las telas que veía en Binondo cuando todavía podía escoger a qué vendedor engañar.

Empuja la tela, vuelve a cerrar y hace el nudo como sabe.

A la mañana siguiente comprende que no era el mismo.

Lo advierte al oír que dos hombres se han detenido junto al fardo.

Uno tira de la cuerda, el otro hace una pregunta y el silencio posterior dura demasiado.

Lázaro recoge los brazos contra el cuerpo.

Por el hueco entra una mano; se retira, apartan un bulto y la claridad lo alcanza en la cara antes de que encuentre dónde volverse.

El hombre lo saca agarrándolo por el cuello del baro. La tela se le clava bajo la mandíbula y él levanta las manos, no para defenderse, sino para ayudar a que lo suban sin romperle la ropa del todo. Cuando llega a cubierta tiene una rodilla en tierra y los ojos llenos de agua.

El mar ocupa todos los lugares por los que podría escapar.

Hay una isla a un lado, elevada y oscura sobre una orla de espuma.

Lázaro la mira antes que a los hombres. La ladera parece desprenderse del agua sin una playa en la que pudiera apoyarse un pie; alrededor pasan manchas más claras, largas, que desaparecen cuando una ola cambia de sitio la luz.

Más arriba, sobre la roca, las aves se agrupan y se separan con movimientos demasiado pequeños para que pueda contarlas.

Oye un nombre repetido, Pulo Sapata, mientras alguien señala hacia allí; no sabe todavía qué parte de aquel sonido nombra la tierra y qué parte ordena dejarla a un lado.

El hombre que lo ha sacado señala el fardo abierto.

Otro levanta el cazo de la tinaja. Lázaro empieza a decir que puede trabajar, que ha cargado en Cavite, pero las palabras le salen atropelladas y ninguno de los que lo rodean responde en castellano.

Uno repite una parte de su frase para los demás.

Algunos se ríen. Él intenta sonreír también, ve que el hombre del fardo no lo hace y baja la boca.