El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 6 · Nochebuena #3
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6 · Nochebuena #3

Ignacia ha conseguido pescado. No es mucho, pero su olor cambia la casa antes de que se haga de noche; el humo se queda bajo el techo y sale en hebras por las junturas, mientras afuera pasan personas que se han lavado y caminan con cuidado para que el barro no vuelva a subirles por las piernas.

Lázaro mira a su madre mover una brasa con el extremo de una caña.

El gesto le recuerda muchas cenas, sin llevarlo a ninguna en particular, y por un momento no desea que ocurra nada más: comer, oír las campanas, quedarse hasta que el fuego pierda la fuerza.

Habían hablado de que el primo podía encontrarle trabajo hacia Bulacán.

Lázaro no ha aceptado ni se ha negado. Esa noche deja que la posibilidad siga sin forma, al lado de otras que a Ignacia le resultan menos inquietantes que Cavite, y cuando ella le pregunta si irá a misa responde que esperará a que salga más gente.

Comen juntos. Él le cuenta una torpeza del descargador que quiso levantar una carga atada todavía a la banca.

Ignacia se ríe antes de que termine, y Lázaro alarga la historia un poco, añade cómo el hombre culpaba a la madera, porque hace semanas que no oye esa risa y le da miedo dejarla sin nada que la sostenga.

Cuando termina, Ignacia recoge una espina y la deja en el borde del plato.

Pasada la Navidad, el primo llega de Binondo.

Trae noticias de Bulacán: se ha descubierto una conjura contra los españoles, había hombres dispuestos a atacarlos al salir de la misa del gallo y Anda, avisado, ha mandado prender a los sospechosos.

Habla de ahorcados. Ignacia le pregunta de dónde le llega la noticia; él nombra a un hombre que ha venido del camino y repite un nombre, Nicolás Subang, junto al oficio de cobrar el impuesto de los licores.

No tiene una cuenta de los muertos que pueda sostener sin corregirse.

Lázaro lo escucha desde la escalera, con un pie todavía en el peldaño, porque la conversación ha empezado antes de que termine de subir.

El primo vuelve a hablar de chinos; Ignacia le pide que diga quiénes, y él responde que precisamente eso es lo que no conviene ir a averiguar.

—Tú no vayas —le dice a Lázaro.

Lázaro asiente. La decisión, que hasta ese momento había evitado, se le presenta hecha por otros, y siente un alivio inmediato que le dura menos que la mirada de su madre.

Había pensado en esperar a que se fueran los ingleses.

Ahora imagina el regreso de los dueños de la casa, los jueces de la Audiencia preguntando quién los vio entrar, y descubre que tampoco puede desear ese regreso sin buscar primero un lugar donde ocultarse.

Los ahorcados de los que habla el primo se juntan en su miedo con los del saqueo.

Ninguno de los hombres que le cuentan esas muertes necesita conocer a los muertos.

Después de que el primo se marcha, le dice que buscará trabajo en Cavite.

—Ya has ido.

—Quiero quedarme.

Ignacia recoge los platos, aunque aún falta uno por terminar. Él intenta explicar que allí hay barcos, que puede ganar más, que en Tondo lo conocen. Se detiene al llegar a esto último. Ella deja el plato.

—Aquí también sé dónde buscarte.

No le pide que prometa volver. Lázaro había contado con esa petición, con la facilidad de responder que sí, y se queda sin palabras frente a una madre que no le ofrece la mentira con la que él pensaba consolarla.

Querría abrazarla; teme que, al acercarse, ella note lo poco que sabe del sitio al que quiere ir.

Termina por sentarse a su lado. Durante un rato solo se oye el roce de sus dedos contra la estera.

Vuelve al cañaveral cuando la luz permite distinguir el barro del agua.

Busca la abertura entre los tallos y tarda en reconocerla: una caña se ha inclinado sobre el paso, hay hojas nuevas en un lugar donde recordaba un claro y la marca que hizo para vigilar la crecida queda más alta de lo que sus ojos habían conservado.

Se agacha. Aparta las vainas con la mano y después utiliza la tabla, despacio, hasta que encuentra el paño.

La tela cede antes de salir. Sujeta el paquete por debajo y lo levanta con tierra adherida al canto; hay una mancha verde en el bronce que alcanza a ver y la plata se ha vuelto oscura, casi negra junto a las patas del león.

Deja el espejo sobre un trozo limpio de tela que ha traído de casa.

No levanta la placa del dorso. Aparta del cerco las fibras podridas, evitando arrastrarlas sobre la cara, donde aún queda barro húmedo pegado al borde del paño.

También ha traído un poco de ceniza fría.

La moja apenas y recoge con el pulgar una cantidad pequeña; sostiene el espejo por la tela, trabaja la funda de plata y ve aparecer una claridad estrecha donde acaba de pasar el dedo.

La mancha negra queda en la yema. Repite el movimiento alrededor de las patas, se detiene en los lugares donde no puede entrar sin acercarse al disco y limpia el residuo con una esquina del trapo.

La cara no le estorba. Le basta con que la plata vuelva a verse.

Al envolverlo, advierte que ha dejado en el talud un hueco demasiado evidente.

Recoge las hojas y vuelve a taparlo. Después se incorpora con el espejo bajo el brazo, la moneda en la faja y barro seco en las rodillas; para salir del cañaveral tiene que apartar otra vez la caña inclinada, sostenerla mientras pasa y soltarla despacio, hasta que ocupa el sitio que tenía antes de su llegada.