El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 6 · Nochebuena #2
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6 · Nochebuena #2

Les indican el patio. Allí el contratista tarda en reconocerlos, mete la mano en una bolsa y termina de pagar mirando por encima de sus cabezas.

Lázaro guarda las monedas. Solo cuando ha cruzado la puerta comprende que durante un instante, al ver moverse la pluma, estaba a punto de decir su nombre aunque nadie se lo hubiera pedido a él.

No ha ido a responder por nada. Se lo repite mientras camina. Sin embargo, le queda la impresión de haber salido gracias a una distracción, y cuando su compañero propone otro porte para la semana siguiente, responde que tiene trabajo.

No lo tiene.

En Binondo ve pasar ganado para los ingleses.

Los animales levantan la cabeza al entrar en una calle estrecha, chocan los cuernos contra una carga que no han apartado a tiempo y se detienen todos detrás del primero, mientras un hombre grita desde el otro extremo y un muchacho trata de liberar la cuerda que ha quedado presa bajo una pezuña.

Lázaro ayuda a levantar el bulto. Reconoce a dos de los conductores; uno ha comprado arroz a un pariente de Ignacia, el otro le debe todavía un pequeño porte.

Los comerciantes hablan de más reses, de guías que conocen los caminos y de hombres que han llegado por mar.

Las cifras se disputan junto a los puestos como los precios: uno añade cientos a lo que otro acaba de decir, y después ambos bajan la voz al ver pasar una patrulla.

El primo de Ignacia, que vive en Binondo, no permite que Lázaro repita en su puerta lo que ha oído.

—Aquí vendemos a quien paga.

Lo dice después de mirar la calle.

Lázaro conoce esa precaución. En el padrón lo han puesto con los indios, como a su padre, pero hay hombres que, cuando se enfadan con él, prefieren recordar de quién viene su madre.

No necesita imaginar una orden futura para temer lo que ocurrirá si cambian otra vez los soldados de las esquinas: le basta haber visto la facilidad con que el nombre de un vecino se convierte en el de todos los que alguien desea encontrar detrás.

También ha tirado él de una soga para mover un cañón inglés.

Si se lo preguntan, podrá decir que cobraba.

Es lo mismo que dice el primo, y ahora, oyéndolo en otra boca, advierte lo poco que depende de él que una explicación sea aceptada.

A finales de noviembre llega noticia de que Backhouse ha dispersado a la gente de Anda en Pásig.

Se habla de soldados que se escapan, de caminos por los que unos han pasado y otros no han podido volver.

Lázaro oye cada relato hasta el punto en que el que lo cuenta empieza a discutir con alguien que trae noticias contrarias.

Después se marcha. Ya le cuesta atravesar un lugar vigilado sin que las manos se le acerquen solas a la faja.

El columnario sigue en el pliegue interior. No lo ha enterrado con el espejo. Cuando debe cambiarse de ropa, lo pasa de una tela a otra, y hay noches en que su peso le parece una reserva y otras en que le molesta como una piedra que se hubiera llevado del sitio del robo sin saber para qué.

Diciembre

El viento empieza a llegar por un lado distinto.

Las hojas secas se acumulan contra la otra pared de la casa y en el estero hay mañanas en que el humo de los fuegos bajos se alarga sin subir, mostrando durante unos momentos la distancia entre una cocina y la siguiente.

Lázaro sale del cañaveral con la espalda fría.

Se queda al sol, lejos del agua, y observa cómo la humedad va abandonando primero el borde de la manga, después el hombro; bajo la tela, el cuerpo tarda más en reconocer que ya está caliente.

Cumple dieciocho años el diecisiete. Ignacia se lo dice mientras remienda la costura abierta del baro, y él responde que ya lo sabe, aunque no ha contado los días. Ella tiene el hilo sujeto entre los labios y espera a terminar la puntada antes de preguntarle dónde piensa dormir.

No responde en seguida. Ha empezado a imaginar un lugar donde no puedan preguntarle por la mañana del seis, pero esa libertad, que desde el cañaveral parece tan sencilla como caminar hasta perder de vista el barrio, se vuelve confusa frente a su madre.

Tendría que dejar de oírla moverse por la casa.

Tendría que permitir que los pequeños trabajos que siempre ha aplazado —afirmar un peldaño, traer cañas, revisar la cuerda— encontraran otras manos o quedaran por hacer.

Y una parte de él, la que más se avergüenza de reconocer, desea precisamente que no lo llamen para hacerlos.

Ignacia corta el hilo con los dientes.

—Aún no está seco del todo —dice, y le entrega el baro.

Queda sobre la estera una manga de Nicolás, recortada para aprovechar la tela.

Lázaro ha reconocido la costura al entrar y ha evitado mirar hacia ella, pero ahora su madre la dobla y el revés, más claro, devuelve al brazo ausente una proximidad que no estaba en el paño extendido.

No piensa en cómo murió. Recuerda lo que tardaba en vestirse cuando se levantaba con frío, la manera de buscar la abertura sin despertarse del todo y de protestar si alguien había cambiado su ropa de sitio.

Había olvidado aquellas pequeñas molestias; recuperarlas le da un consuelo inesperado, porque durante un momento su padre vuelve a ser alguien con quien se podía estar impaciente.

Ignacia guarda la manga antes de que él encuentre qué decirle.

En los días siguientes consigue un porte hacia Cavite.

Desde la banca, la costa se extiende baja entre una claridad que borra los árboles más lejanos y el agua, donde cada golpe del remo descubre un verde que vuelve a oscurecerse antes del siguiente.

Lázaro ha viajado otras veces sin mirar ese intervalo; ahora, cuando una punta de tierra se interpone y las casas dejan de verse, siente alivio, seguido de una inquietud que le hace volverse como si pudiera conservar ambas orillas dentro de los ojos.

El embarcadero se anuncia por los ruidos antes de que distinga el lugar donde van a descargar: golpes repetidos contra una pieza de madera, el crujido de una carga que gira suspendida y voces que no parecen dirigirse a los hombres de las bancas, sino al agua que los separa.

Cerca de tierra hay remos tendidos, cestos, una embarcación pequeña vuelta sobre apoyos; más allá empiezan los tejados bajos, entre los cuales el sol deja pasillos tan estrechos que una camisa tendida basta para cerrarlos.

Dos hombres trabajan sentados a la sombra de un casco.

Cada vez que uno mueve el brazo, sobre la madera se abre y se cierra la claridad del mar.

Lázaro recibe la carga desde abajo y tiene que esperar a que su compañero encuentre apoyo.

La orilla que desde la banca le parecía una raya firme se divide ahora en lugares donde puede poner el pie y lugares que debe evitar; huele a cuerda, a madera recién descubierta bajo otra madera, a pescado que no ve.

Querría quedarse un rato mirando los barcos del fondeadero, pero le gritan que avance.

Obedece y nota, con una satisfacción que no esperaba, que aquí todavía pueden necesitarlo sin saber su nombre.

En Cavite descarga y se queda cerca de los que esperan otro encargo.

Oye hablar de barcos de la costa, de Madrás y de puertos cuyos nombres no retiene.

Uno de los hombres le señala la dirección del viento con la mano mojada y dice que es tiempo de pensar en salir hacia poniente; no promete barco, día ni lugar para un muchacho que no lleva mercancía.

Lázaro pregunta cuánto cuesta ir. El hombre le pide primero que diga adónde.

No sabe contestar.

Vuelve a Tondo con el jornal y esa vergüenza nueva, menos dolorosa que otras: hay preguntas para las que todavía no tiene una mentira preparada.

En el mercado oye que en Vigan se ha levantado un hombre llamado Silang.

Los que hablan discuten a quién obedece y qué caminos están abiertos.

Lázaro espera una indicación que pueda servirle y solo obtiene otra dirección en la que alguien aconseja no viajar.

Nochebuena