El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 6 · Nochebuena
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6 · Nochebuena

Al dejar el puente, Lázaro descubre que todavía lleva en la boca el sabor del agua del patio.

Se pasa la lengua por los dientes; junto a la orilla, donde las casas vuelven a dejar entre sí pequeños caminos que bajan hasta las bancas, un hombre lava una cesta y el agua se lleva de sus manos una nube de escamas.

Podría acercarse, pedirle que le echara un poco sobre la cabeza.

Sigue andando. Le inquieta que alguien lo mire el tiempo necesario para reconocerlo, aunque cada espalda vuelta, cada conversación que continúa sin interrumpirse a su paso, le parece también una prueba de que ha tardado demasiado en regresar.

Ignacia está debajo de la casa, recogiendo del suelo unas varas que el viento ha hecho caer. Lo ve antes de que él la llame. Se queda con una en la mano.

—¿Has comido?

Lázaro mueve la cabeza. Ella deja la vara entre las otras y sube.

Él la sigue por una escalera cuya anchura conoce tan bien que puede proteger la rodilla lastimada sin mirar dónde apoya el pie; al hacerlo siente por primera vez todo el cansancio de la noche.

Dentro huele a humo apagado, a arroz y a la cuerda mojada que Ignacia ha colgado de un clavo.

No han cambiado de sitio las cosas. Esa fidelidad de la estera, del cucharón en el borde de la olla, del agujero por donde entra una línea de sol lo conmueve y lo irrita a la vez: quisiera que todo lo recibiera, pero también que alguna parte de la casa reconociese que él ha vuelto de un lugar al que ella no puede acompañarlo con preguntas.

Come demasiado deprisa. Ignacia le acerca agua.

—Te vieron entrar.

El arroz se le queda inmóvil en la boca.

—Entró mucha gente.

—A los otros no los conozco.

Ella mira el roto de la rodilla. Lázaro baja el borde del baro, pero el mango se engancha en la tela y tiene que sacarlo antes de que el espejo resbale.

Lo deja sobre el paño abierto. Ignacia se arrodilla a su lado; no lo coge.

La claridad permite ver el cerco y una parte del león, pequeño entre las manchas de los dedos.

—¿De dónde?

—De una casa.

—Eso ya lo veo.

Lázaro espera que le mande devolverlo. Ha preparado una respuesta: no puede regresar, hay soldados, no sabe quién vive allí. Ninguna de esas razones le sirve cuando ella pregunta si lo han seguido.

—No.

—¿Los has mirado a todos?

Dobla el paño. Ella se levanta para retirar la olla, que ha quedado demasiado cerca del borde, y ese cuidado le duele más que un grito, porque no le permite olvidar que Ignacia tendrá que seguir viviendo entre aquellas pocas cosas después de que él consiga dormirse.

Le da las monedas menudas que le quedan de los jornales.

Mientras las reúne en la palma, mantiene el pulgar contra el pliegue interior donde ha guardado el columnario.

Podría sacarlo también. La idea tiene una sencillez que lo avergüenza: bastaría mover un dedo, dejar que el peso cayera con el otro dinero, y su madre tendría algo más que esas piezas con las que calcula comida antes de empezar a cocinarla.

No lo hace. Se dice que necesitarán una reserva, aunque ya sabe quién pretende decidir cuándo hará falta.

Ignacia cuenta lo recibido y lo guarda sin darle las gracias.

El sitio está más allá del paso por donde llevan los haces, en un recodo del estero que desde el camino parece cerrado por las cañas.

Lázaro lo conoce por haber ido a buscar una cesta que la corriente dejó allí durante una crecida; sabe que se puede entrar por el costado, hundiendo primero un pie en el barro y apoyándose después en los tallos viejos, pero al llegar con el espejo ceñido al vientre tiene que averiguar otra vez la anchura de su cuerpo.

El mango tropieza. Una hoja le corta la piel bajo la oreja.

Dentro hay una pequeña elevación de tierra, tejida de raíces, donde los restos que arrastra el agua quedan detenidos antes de alcanzar el pie de las cañas.

La superficie está cubierta de vainas secas, hojas, una tira de estera deshecha; debajo, cuando aparta aquella capa con el canto de una tabla, aparece un barro oscuro que conserva el frío incluso al sol.

No excava junto al cauce. Busca el lado del talud que mira hacia el camino, abre entre las raíces un hueco más ancho que el disco y prueba la profundidad con la mano.

El agua no entra, pero la tierra le moja los nudillos.

Envuelve el espejo sin dejar el canto descubierto, lo introduce y cubre el paquete con barro. Después coloca las hojas, la tira de estera y dos vainas que ha recogido un poco más lejos. Vuelve a quitarlas. Las había puesto demasiado bien.

Para dormir se acomoda al otro lado del macizo, donde puede ver, a través de una rendija de tallos, un corto trecho de agua.

Allí la luz nunca permanece entera: pasa de una hoja a otra, cae en la superficie parda del estero y vuelve al envés de las cañas, de modo que, aun con los ojos cerrados, percibe el movimiento como una claridad que se acerca y se retira detrás de los párpados.

El aire trae olor de cieno cuando baja el agua, y después un frescor distinto, menos espeso, que no siempre llega a la misma hora.

Al principio confía en aprenderlo por el sueño.

Una tarde despierta con los pies mojados.

Desde entonces deja una marca en el tallo que tiene delante.

La lluvia, la corriente y la marea la vuelven útil de maneras que no consigue separar.

Si el agua se acerca, recoge la estera; si tarda en bajar, sale por el lado del camino, donde debe pasar casi a gatas para que no lo vean sobre la tierra despejada.

Conoce los lugares en que una rodilla puede apoyarse sin chasquido y aquellos donde una hoja seca, pequeña como la palma, hace más ruido que su cuerpo entero.

Duerme de día, cuando ha podido trabajar de noche descargando una banca o llevando un bulto entre casas que prefieren no abrir la puerta a la luz.

Otras veces no consigue trabajo y el día empieza sin que tenga sueño.

Entonces oye crecer la actividad del barrio al otro lado de las cañas: el golpe hueco con que prueban una tinaja, una discusión por un remo, mujeres que se llaman desde orillas distintas y esperan, antes de repetir el nombre, el tiempo que necesita una voz para cruzar el agua.

Esa vida próxima le resulta más difícil de soportar que la soledad.

Hay momentos en que está a punto de levantarse y salir por el camino, enfadado con nadie en particular, solo por no seguir siendo el único que debe escuchar sin responder.

Regresa a casa cuando cree que puede hacerlo.

Ignacia sabe que duerme fuera, pero no le pregunta dónde está el espejo.

Le lava la herida de la rodilla, ya cerrada por los bordes, y deja a secar su ropa en el interior.

Una noche le aparta un sitio en la estera.

Él se tumba, escucha su respiración y permanece despierto hasta que empieza a clarear; ha deseado tanto volver que le cuesta aceptar el miedo que siente dentro de la casa, junto a la persona por la que se dice que está volviendo.

Noviembre

El dos de noviembre oye el nombre de Drake en boca de un hombre que anuncia al nuevo gobernador.

Alguien pregunta por el arzobispo; la respuesta se pierde bajo otras voces.

Días después, un contratista busca brazos para llevar unos bancos, y Lázaro acepta porque el encargo parece terminar en cuanto la madera toque el suelo.

Los conducen a una sala donde ya hay gente esperando.

Uno de los cargadores la llama el tribunal de Drake; otro pronuncia un nombre extranjero, Chottry, que Lázaro retiene por la manera en que empieza.

Han colocado una mesa frente a los bancos.

Los hombres que aguardan se apartan para dejar pasar la carga, pero vuelven a ocupar en seguida el espacio libre, y Lázaro debe sujetar un extremo mientras su compañero busca dónde posar el otro sin aplastar un pie.

La sala tiene un olor de ropa húmeda que la puerta abierta no consigue sacar.

Bajo la mesa se han acumulado pequeñas virutas; encima hay papeles, un tintero y una caja cuya tapa queda levantada.

Lázaro contempla esas cosas desde la postura incómoda de quien aún no ha cobrado: si se acerca, estorba; si sale al patio, quizá el hombre encargado del jornal deje de verlo.

Permanece junto al escribiente, separado de él por el extremo del banco que acaba de traer.

Un hombre habla en castellano. Otro le corta las frases, vuelve la cabeza y las dice en inglés, más breves, o a Lázaro le parece que lo son.

El escribiente pregunta algo. Repiten un nombre; al dueño no le basta cómo lo han pronunciado y lo dice de nuevo, despacio, separándolo en partes que la pluma reúne sin levantar apenas la punta.

Lázaro mira sobre el hombro del que escribe.

Hay renglones estrechos, letras que se inclinan hacia la derecha y una palabra tachada con una sola raya. No sabe qué nombre ha quedado allí.

El hombre saca dinero. Lo cuenta contra el canto de la mesa; le hacen recogerlo y esperar.

Más tarde otro deja una cantidad distinta junto a la caja y recibe un papel doblado, que no abre hasta llegar a la puerta.

Lázaro ha visto la misma impaciencia en las alcaicerías, cuando un comprador tiene ya la mano sobre el tejido pero no puede llevárselo porque alguien vuelve a hacer la cuenta.

Aquí ignora qué se compra, cuánto han pedido y por qué el que ha venido primero sigue de pie mientras el otro sale.

Su compañero se acerca a reclamar el jornal. Un hombre de la mesa levanta la vista y le pregunta cómo se llama.

—Los de los bancos —contesta el otro, señalando la carga.