5 · Cuarenta horas #3
La mañana del siete ha dejado la casa más grande.
Hay menos voces, las puertas no reciben empujones y cada paso suyo, amortiguado durante horas por el ruido de los demás, suena ahora con una indiscreción que lo hace detenerse.
Baja hasta el patio. En una vasija queda agua; aparta lo que flota, bebe con las manos y después moja el paño con que se limpia la boca.
El alivio le llega tan deprisa que tiene que apoyarse en el brocal.
No ve a nadie en el zaguán, pero desde la calle vienen órdenes. Un hombre corre hacia él, se mete por otra puerta y desaparece antes de que Lázaro decida si debe seguirlo. Espera. Oye pasos que se acercan y vuelve al entresuelo; desde allí sube a la sala para mirar por los huecos de la ventana.
El cajón de arriba sigue fuera de sitio. La barrilla está en el suelo, al pie de la papelera. La ve, calcula si tendrá que agacharse dentro de la franja de claridad y la deja. Lleva algo mucho más pesado ceñido al cuerpo y desea que nadie pueda adivinarlo al verlo andar.
Junto a la ventana, el sol entra por un hueco sin conchas y cae en oblicuo sobre las tablas.
Lázaro permanece en la parte de sombra. Se inclina apenas para mirar la calle, retrocede al oír una voz y aprovecha la espera para arreglarse la faja: el paño que protege el espejo se ha hecho un bulto bajo el mango y le raspa el vientre.
Tiene que sacar el disco, sostenerlo con una mano y alisar la tela con la otra.
El metal recibe el sol. Lázaro lo inclina hacia arriba para liberar una esquina del paño, dejando la cara descubierta frente al hueco, y la mancha luminosa se desplaza por la pared lateral de cal, en sombra, que tiene a dos pasos; dentro de ella, mientras el borde tiembla con su mano, algo se ramifica hacia abajo y una cabeza incompleta parece separarse de la claridad.
Levanta los ojos. La mano ha cambiado de posición y ya solo hay luz, demasiado abierta por un lado, cortada por la sombra del bastidor.
Busca lo que acaba de ver en la pared, luego en el vidrio que no existe, después en las conchas que aún quedan sujetas.
No consigue decidir cuál de aquellas cosas ha cambiado primero.
Abajo habla un hombre y los otros callan para escucharlo.
Lázaro cubre la cara del espejo con el paño, se lo mete bajo el baro y deja la faja por encima.
Le ha quedado torcido. La orilla le toca la piel y, al acomodarla con el índice, reconoce el temor antiguo a que una pieza conserve calor donde los ojos no saben verlo.
Retira el dedo antes de tiempo, irritado consigo mismo, y baja.
No quiere quedarse para buscar otra vez una cabeza en la pared.
Tampoco logra dejar de buscarla mientras desciende: entre las sombras de la baranda, en el dibujo que la luz hace sobre el escalón, en una mancha del patio que, al acercarse, resulta ser agua.
No se dice que haya visto un animal. Se dice que necesita salir.
Cerca del mediodía, la calle permite avanzar en pequeños grupos. Nadie le pide que enseñe lo que lleva. Un hombre con una colcha enrollada le pregunta si está abierto el camino del puente; Lázaro le responde que va hacia allí y el otro se pone a su lado sin haber sido invitado.
En una esquina se han reunido vecinos que hablan del arzobispo.
Dicen que ha pedido que termine el saqueo, que le han contestado que espere, que los jefes ingleses lo tienen detenido mientras arreglan una cantidad de dinero que cada voz hace mayor.
Lázaro solo se queda el tiempo necesario para averiguar si dejan pasar.
Cuando uno empieza a contar quién ha firmado, el hombre de la colcha lo empuja suavemente con el hombro para que continúen.
Por el lado del río, la luz se ha limpiado.
Los tramos de pared que aún están en sombra tienen un color azulado junto al polvo claro del camino, y en las hojas inmóviles de un árbol se han posado pequeños restos de yeso.
Hay ropa enganchada a una rama baja. Lázaro reconoce una manga, luego una cinta; no mira hacia el agua de donde llegan las voces que llaman a alguien por su nombre.
Oye decir que están sacando ahogados, hombres que se echaron al río para escapar durante la entrada de los soldados y que no consiguieron alcanzar la otra orilla.
El puente sigue allí. Le avergüenza el alivio que le produce una cosa tan grande, que no habría podido desaparecer sin que toda la ciudad lo oyera, y aun así necesita verlo entero, encontrar el extremo al que quiere llegar y comprobar que otros hombres lo están alcanzando.
Se separa del de la colcha para dejar pasar una carga.
Al dar el primer paso sobre el puente, la corriente de aire se le mete bajo el baro.
El espejo le pesa contra el vientre. Durante la espera, entre el calor de su cuerpo, la tela ceñida y el sol que ha recibido al sacar el disco, el metal se ha vuelto incómodo; ahora afloja un poco la faja y deja que el aire encuentre la camisa húmeda.
No saca la mano de debajo de la tela. Con ella impide que la moneda se acerque al espejo y que las dos cosas suenen juntas.
Debajo pasan aguas de distinto color. Una franja oscura se curva junto a la pila y desaparece bajo otra más clara, como si el río se estuviera doblando al entrar en la sombra.
Lázaro continúa. Contra la tela mojada, el disco empieza a parecerle más fresco; el mango, todavía cubierto por la vuelta de la faja, conserva calor.