El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 5 · Cuarenta horas #2
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5 · Cuarenta horas #2

La cara está clara en el centro y oscurecida junto a un lado.

Se ve un ojo, demasiado cerca; al alejarlo aparece parte de su boca, abierta porque todavía respira deprisa.

Lo vuelve. En el mango hay un león de plata, con líneas muy finas sobre el cuerpo, y Lázaro pone el pulgar junto a las patas para dejar de taparlas.

El animal cabe entre dos dedos. Es la postura de la puerta, la que Nicolás describía sin lograr que él imaginara nunca la casa entera; ahora puede moverla, darle sombra, acercársela a la cara. Prueba el relieve con la uña.

Una voz lo obliga a bajar las manos.

El marinero está en el umbral. Lleva una pieza de plata bajo el brazo y le hace un gesto para que se aparte de la papelera.

Detrás viene otro hombre, que arrastra sobre una colcha una carga de platos, candeleros y un jarro cuya asa golpea las tablas cada vez que encuentra una juntura.

El primero da dos órdenes breves y el otro obedece.

Es el cabo que ha visto un momento antes al pie de la escalera.

Lázaro mantiene el espejo a la vista. El cabo le señala la mano y él la adelanta, con la cara del disco hacia arriba; el cerco de plata recibe la claridad de la ventana, y sobre la funda, entre los dedos que la sostienen, siguen distinguiéndose las patas del león.

El hombre mira el conjunto, toca con la uña una zona empañada y hace una mueca. Lázaro espera que se lo quite. Abajo lo llaman; el compañero ha levantado el jarro por el asa y necesita ayuda para acomodarlo en la colcha, junto a una fuente mucho mayor que el espejo.

—Cobre —dice el cabo.

Aparta la mano, señala el jarro y responde a los gritos de abajo. Lázaro todavía no se atreve a mover el brazo.

—No vale nada.

Son las únicas palabras de aquel castellano áspero que le dice sobre el espejo. Después empuja con la bota el cajón inferior. No sale. Le da otro golpe y manda al compañero que lo arranque.

Lázaro se aparta. La barrilla continúa en la gaveta de arriba, junto al hueco redondo donde descansaba el espejo.

Podría cogerla; para hacerlo tendría que pasar otra vez junto a la mano del cabo.

Recoge un paño caído junto al mueble, envuelve el espejo, se lo mete bajo la faja y cruza hacia la caída sin mirar atrás.

Lo que le late contra el vientre es su propio pulso, aunque durante unos pasos le parece que el disco lo tiene.

No puede salir por donde ha entrado. En el zaguán se han encontrado dos grupos y una disputa por el jarro termina con un hombre contra la pared.

Lázaro solo ve el movimiento de los hombros y la boca abierta del que ha caído, pero el golpe siguiente tiene un sonido que le llega hasta los dientes.

Retrocede al entresuelo. La voz del cabo, todavía arriba, se impone un momento a las otras; después vuelve la confusión.

La franja oscura detrás de los baúles es más estrecha de lo que parecía.

Para entrar debe ponerse de lado, recoger el baro y levantar un codo hasta apoyar la mano en el muro.

El espejo tropieza contra una cantonera.

Se queda inmóvil, esperando que el ruido haya llamado a alguien, y solo cuando oye arrastrar la carga de plata se atreve a seguir hasta el fondo.

Allí huele a estera húmeda y a madera encerrada.

Puede sentarse con las rodillas altas, aunque la postura hace que el mango le oprima bajo las costillas.

Lo gira por dentro de la tela, despacio, sin sacarlo, y apoya la espalda en una pared que conserva el frescor de la mañana.

Desde el hueco ve un tramo de suelo y la pata rota de la silla; quien entre verá primero los baúles, después una sombra que tendrá que molestarse en examinar.

Pasan hombres. Algunos se detienen, golpean las tapas, prueban una cerradura.

Lázaro mantiene los pies debajo del cuerpo y escucha cómo deciden que no merece la pena.

Una voz pide luz. La espera que sigue le vacía el estómago, pero alguien contesta desde la escalera y los pasos se alejan antes de que vuelva el resplandor.

Un rato después entra alguien sin hablar.

Lázaro reconoce el paso por la manera de arrastrar un pie; lo ha oído antes en la sala y sabe que no es una visita breve, porque se detiene junto a los baúles, apoya algo pesado sobre una tapa y empieza a tantear el suelo con la punta de una vara.

Cada contacto le llega como si golpearan la tabla en la que está sentado.

La vara empuja una estera, encuentra la silla caída y se desliza por debajo hasta quedar a un palmo de sus dedos.

Podría sujetarla. La idea le cruza las manos con tanta fuerza que debe apretarlas contra las rodillas para no obedecer.

Si la sujeta, el otro sabrá que hay alguien; si no hace nada, puede alcanzarlo en el siguiente movimiento.

La punta se levanta, tropieza con la cantonera del baúl y retrocede.

El hombre suelta una queja, recoge lo que había dejado encima y sale con el mismo roce de pie.

Lázaro no cambia de postura hasta que pierde ese ruido entre los demás.

Se descubre deseando que hayan encontrado una cosa mejor en otra parte.

Una casa que todavía no hayan abierto, un arca que les permita olvidar estos baúles.

El deseo llega entero, práctico, y le produce vergüenza cuando ya no puede retirarlo: para seguir sentado allí necesita que otros pierdan bastante.

Cierra los ojos, los abre enseguida y se obliga a mirar la pata de la silla, cuyo extremo astillado parece cambiar de forma cuanto más se demora en él.

Tiene sed. En el patio queda el aljibe y lo ha visto desde la escalera; bastarían unos pasos para bajar, un recipiente, el tiempo de beber.

Ninguna de esas distancias es grande. Las recorre con la imaginación tantas veces que empieza a enfadarse consigo mismo por continuar quieto, hasta que un grito corta la cuenta y vuelve a agradecer la pared contra su espalda.

Una voz próxima anuncia que el general inglés está ahorcando a los que siguen robando.

Otra pide que le digan dónde. Hablan de tres hombres, de un muchacho al que no han dejado acabar de explicarse, y alguien añade que Draper ha matado a uno por su propia mano.

El nombre pasa de una boca a otra, deformado por la prisa; a Lázaro le basta entender que hay muertos de más de un lado y que la ropa de soldado tampoco protege a todos.

Espera que suban a buscarlo. Por primera vez piensa en volver a colocar el espejo en el cajón, pero para hacerlo tendría que cruzar delante de quienes cuentan aquello, con el objeto que quiere dejar.

La luz se retira del suelo que alcanza a ver.

No podría decir cuántos hombres han entrado ni cuántos han salido, porque ha dejado de contar cuando comprende que una misma voz puede regresar con otro grupo.

En una ocasión oye llorar a alguien muy cerca y tarda en advertir que el llanto llega de la calle. No sale a comprobarlo.

Al anochecer, dos hombres se sientan en la escalera. Hablan en castellano y comparten algo que cruje al partirse. Uno pregunta dónde está el oidor. El otro responde que Anda salió antes de que entraran los ingleses, por el postigo de la Soledad, con papeles de la Real Hacienda.

—Hacia Bulacán.

—¿Y dejó lo demás?

Lázaro no oye la respuesta. El hombre mastica y luego menciona una barca, un paso que el agua permitía, gente que aguarda al otro lado.

No sabe si lo ha visto o lo repite. Escucha con atención la parte del río: intenta figurarse una salida en la que alguien haya podido llevar consigo lo que quería, sin tener que abrirse paso entre las manos de otros.

Los hombres se marchan. Más tarde, cuando los ruidos del piso alto se espacian, Lázaro sale lo suficiente para estirar una pierna; el dolor le sube desde el tobillo hasta la cadera y lo obliga a apoyar ambas manos.

El espejo se ha desplazado. Lo recoge antes de que resbale, vuelve a ceñirse la faja y se queda agachado junto a la pared, respirando despacio hasta que el pie acepta su peso.

Piensa en Ignacia, en la lámpara acercada al arroz, en las preguntas que no terminará de hacerle cuando vuelva.

Querría estar oyéndolas ya. Le parece insoportable haber pasado tantas tardes deseando marcharse de una casa a la que ahora no puede llegar, y siente, con una claridad que no le concede ningún consuelo, que volver no lo librará de querer irse otra vez.

Acaba por dormirse sin acostarse. Al despertar tiene la boca abierta y una franja de luz le toca el pie.