El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 5 · Cuarenta horas
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5 · Cuarenta horas

La primera bota que Lázaro ve sobre la brecha busca dos veces el mismo apoyo antes de encontrarlo; después suben otras, desaparecen detrás del humo y dejan caer pequeñas piedras que llegan hasta el lugar donde él aguarda, agachado junto a un hombre que ha traído un saco vacío.

El hombre se lo enrolla a la cintura. Todavía no amanece del todo y ya hay quien ha pensado cómo sacar las cosas.

Lázaro mira hacia atrás. Desde allí la pendiente parece más larga que el día anterior: la luz no alcanza el fondo de las hondonadas, hay gente atravesándolas en direcciones opuestas y, cada vez que suena un disparo próximo, todos se detienen a la vez, como si el ruido hubiera dado una orden que los gritos no consiguen imponer.

Un hombre se incorpora, da tres pasos y vuelve al suelo.

No ve si lo han herido. El del saco le pregunta por qué espera.

No tiene una respuesta que pueda decir sin parecer cobarde.

Ayer, al mirar aquella abertura, había separado con facilidad la entrada de la salida; ahora descubre que las dos necesitan el mismo cuerpo, el suyo, y que no bastará con saber dónde pone los pies si los de atrás siguen avanzando.

Se toca la faja para asegurarse de que no cuelga ningún extremo. El otro ya se ha levantado.

Suben detrás de los que no llevan las armas en la mano.

Un muchacho arrastra una escalera demasiado corta, un hombre del Parián protege una cesta vacía contra el pecho y dos marineros se disputan el paso sin dejar de reír.

Lázaro reconoce una voz de Tondo, pero no vuelve la cabeza: tiene delante un talón que resbala y encima una piedra suelta que alguien acaba de empujar.

Cuando alcanza la parte alta, la ciudad se abre por debajo de una nube de polvo; ve un tejado a su misma altura, el interior de una habitación sin pared y, más lejos, una calle en la que se han detenido tantos hombres que los de atrás tienen que trepar por los escombros para seguir entrando.

El suelo del otro lado no está donde lo espera. Baja mal, se golpea una rodilla y permanece un momento con las manos apoyadas, mientras pasan piernas a ambos lados de su cabeza. La piedra le ha abierto la tela. Se mete dos dedos por el roto, comprueba que puede doblar y se incorpora.

Cerca de la Puerta Real hay cuerpos junto al resguardo de la guardia.

Entre una manga y el umbral queda un pequeño espacio por el que Lázaro intenta pasar, hasta que ve que la mano que creía apoyada en tierra está vuelta de un modo imposible para quien descansa.

Retrocede. Un hombre lo empuja por la espalda y él se revuelve con tanta fuerza que casi pierde el equilibrio; los dos se miran sin hablar, respirando por la boca, y después cada uno busca otro sitio.

Desde dentro de la ciudad llegan campanas que no logra reunir en una sola llamada.

Algunas callan antes que las otras; las voces llenan sus pausas, rebotan contra las fachadas y se mezclan con golpes de madera que, por primera vez, no le permiten reconocer un trabajo.

Lo mismo podría estar abriéndose una puerta que terminando de caer un techo.

Se aprieta contra la pared para dejar pasar a tres hombres con un arcón.

Bajo la esquina del mueble asoma la mano de otro, que ayuda a levantarlo desde una postura tan baja que Lázaro tarda en verle la cara.

El del saco ya no está.

Al doblar hacia las casas, encuentra un espacio de calle todavía limpio, con los canalones goteando sobre el polvo y un tiesto de hojas largas que alguien ha apartado para cerrar una ventana.

Esa porción de orden, tan próxima a los hombres que fuerzan las puertas, le causa más inquietud que los cascotes.

Le parece que va a salir una mujer, va a verlo allí, con la rodilla manchada, y le preguntará qué quiere.

Ensaya en silencio el nombre de un comerciante para quien ha cargado; en la siguiente esquina olvida cuál había escogido.

Dos hombres salen de una iglesia llevando entre ambos un bulto cubierto.

Por debajo cuelga un tejido bordado que se engancha en la esquina de un banco; uno tira, el otro protesta y, durante un instante, se quedan sujetos por aquel hilo de tela a todo lo que intentan llevarse.

Lázaro los rodea. En el interior arden velas a plena mañana y hay objetos caídos cuya forma no quiere reconocer.

Oye que lo llaman, que hace falta otra mano. Sigue andando.

Se ha dicho muchas veces que no entrará en las iglesias.

Le molesta comprobar cuánto agradece ahora tenerlo decidido: basta pasar de largo, conservar los ojos en la calle, fingir que la voz pedía ayuda a otro, y el miedo, que no ha disminuido, encuentra al menos un lugar del que apartarse.

No siente que sea mejor que los hombres del bulto. Lo que siente es prisa.

Una puerta se cierra de golpe al verlo. En otra casa, un criado trata de impedir que saquen una cama y ofrece dinero que lleva escondido en la manga; nadie lo escucha hasta que las monedas caen sobre las losas.

Lázaro se detiene junto a un carro sin animal.

Podría agacharse con los demás. Calcula el hueco entre una rueda y la pared, advierte que dos hombres llevan cuchillos y continúa, furioso con la parte de sí mismo que todavía pretende llegar a cada sitio cuando el peligro ya haya terminado.

En la calle Real el humo deja una luz amarillenta sobre las paredes altas.

Los voladizos se aproximan por encima de su cabeza, pero entre unos y otros se abren ahora claros que antes tapaban las celosías, y por ellos salen colgando cortinas, una cuerda, el extremo de una sábana a la que alguien ha atado un fardo.

El fardo baja despacio. A mitad de camino tropieza, queda suspendido y hace temblar la madera de la galería.

Lázaro espera a que lo aparten antes de pasar por debajo.

Reconoce el león de la portada al salir de aquella sombra.

Tiene el hocico sucio de polvo y una de las patas se confunde con una mancha del muro; la corona, en cambio, sigue viéndose desde el lugar donde él se cambió un fardo de hombro.

La puerta está abierta hacia dentro, vencida de un lado.

Nadie sale a preguntarle por el encargo.

Entra.

El zaguán huele a arroz pisado y a cuero húmedo.

Han derribado una tinaja, cuyo agua se extiende entre las losas hasta alcanzar el pie de la escalera; sobre la superficie flotan dos granos, una brizna de paja y el reflejo quebrado de un hombre que baja con una fuente bajo cada brazo.

Lázaro retrocede para dejarlo pasar. El hombre le señala la parte alta con la barbilla, dice algo que no entiende y lo aparta con el codo.

En el silong queda una caballeriza vacía.

Una cuerda se ha soltado del amarre y cruza el paso como si todavía sujetara un animal; él la levanta con el pie, mira hacia el fondo y descubre un pequeño banco junto al que se han reunido desperdicios de forraje.

Por el patio llega aire fresco, cargado del olor del aljibe.

Arriba suena el golpe de un objeto pesado sobre tablas.

No viene por muebles que necesiten cuatro manos.

Viene por lo que pueda sacar de un cajón, y la papelera de laca que ha visto otras veces en casas como esta debe de estar arriba, donde se guardan las cosas que se enseñan a las visitas.

Sube sin pisar el centro de los peldaños.

Al llegar al entresuelo se detiene: hay baúles, rollos de estera, una silla volcada contra la pared y, más allá de una puerta entreabierta, una franja oscura en la que podría caber un hombre.

Mira aquel hueco antes de continuar.

Desde el descansillo puede verse la caída y, más allá, una puerta por la que entra la claridad del patio.

Quedan sitios en los que nadie parece haber puesto una mano: la esquina de un banco, una cesta de costura arrimada al muro, un paño cuidadosamente doblado sobre una balaustrada que, unos pasos después, tiene dos barrotes arrancados.

Lázaro observa esos remansos de cuidado con una atención que no habría tenido al entrar por un encargo.

Se imagina el brazo que dejó allí el paño, no a su dueño; alguien creyó que volvería a cogerlo, que el lugar seguiría disponible, y él, que ya busca otra cosa detrás de cada puerta, se siente intruso de una manera más precisa que al pasar bajo el escudo.

Arriba vuelven a golpear. La impresión se deshace antes de que pueda ponerle palabras; queda el paño, queda el banco, pero ha empezado a calcular qué parte del ruido procede de hombres que podrían bajar y cerrarle el paso.

En la sala han roto dos hojas de la ventana.

Las pequeñas conchas desprendidas de los bastidores crujen bajo el pie de Lázaro con una fragilidad que no esperaba; algunas siguen enteras, transparentes en el canto, mientras otras se han dividido en láminas que el aire arrastra hasta debajo de los muebles.

Una hoja permanece en su corredera, inclinada sobre la otra, y los huecos que han dejado las conchas cortan el resplandor de la calle en rectángulos desiguales.

La papelera está contra la pared interior.

La laca conserva un paisaje de árboles diminutos, tan oscuro bajo la suciedad de una mano que Lázaro solo lo reconoce al acercarse.

Han forzado la cerradura. El cajón de arriba ha quedado entreabierto, torcido en sus guías; del inferior salen papeles que alguien ha tirado sin desplegar.

No los toca. Empuja una esquina, levanta la otra y consigue liberar el cajón.

Dentro hay un espejo, una moneda grande de plata y una barrilla.

Coge primero la moneda. El peso le cae sobre la palma con la exactitud de una cosa que no requiere explicación; distingue las columnas, el borde trabajado, y se lo guarda en el pliegue interior de la faja, separado de lo poco que lleva para gastar. Después levanta el espejo.