4 · Trece velas #3
Lázaro vuelve a buscar trabajo. Hay que levantar lo caído, mover lo que se ha mojado, llevar a otro sitio lo que sigue seco; durante unas horas, el peso de las cosas tiene una causa que puede entender sin preguntar de qué lado está quien paga.
4 de octubre
Los hombres de Pampanga pasan hacia las posiciones inglesas antes de que él sepa a quién siguen.
Oye el nombre de Manalastas en un grupo que avanza con prisa, ve armas desiguales, pies que buscan el borde firme del camino, un hombre que se vuelve para llamar a otro y luego tiene que correr unos pasos para alcanzar a los de delante.
Uno le pide agua. Lázaro le señala dónde la ha visto vender y, cuando el hombre ya se aleja, piensa que pudo haberle ofrecido la que lleva.
Después no logra recordarle el rostro.
Los disparos le llegan por tandas. Se ha resguardado detrás de una tapia baja, con dos hombres que tampoco saben si conviene moverse; uno sostiene la parte de la camisa que se le ha rasgado y el otro no deja de quitarse barro de una pantorrilla, como si necesitara tenerla limpia antes de echar a correr.
Por encima del muro hay humo que el aire extiende sin levantarlo del todo.
A veces se abre y permite ver una franja de terreno; Lázaro se sorprende buscando al hombre que le pidió agua, aunque sabe que no lo reconocería.
Lo contratan después para ayudar a retirar cuerpos. No le dicen cuántos hay. Le muestran dos varas, una estera y a otro cargador que ya está esperando; la paga será por el trabajo, y él pregunta cuándo la recibirá antes de mirar dónde debe poner los pies.
El primero queda más pesado del lado de la cabeza.
Tienen que cambiar la posición sobre la estera, volver a sujetar un brazo que se sale y levantar a una señal para que el cuerpo no ruede hacia uno de ellos.
Lázaro mira las manos del otro cargador, espera que se afirmen y tira.
Bajo la tela, una rodilla levanta un ángulo que pierde y recupera a cada paso.
Piensa en Nicolás con una violencia que no esperaba, no porque aquel hombre se le parezca, sino porque recuerda haber sabido exactamente dónde colocar la mano bajo el hombro de su padre y ahora no sabe nada de este cuerpo salvo cuánto tarda en volverse insoportable.
El recuerdo le produce vergüenza; quisiera llevarlo mejor, sin necesitar un parentesco para que le duela el golpe que recibe al rozar una piedra.
Le pide al otro que paren. El hombre cree que está cansado, asiente y deja caer su extremo antes de que Lázaro pueda acompañarlo.
En el siguiente viaje corrigen la señal.
Hay heridos entre los que aún no han retirado.
Cuando uno abre los ojos, Lázaro siente alivio y enseguida miedo de lo que pueda pedirle.
Le acerca agua. El hombre mueve la boca, pero lo que dice queda bajo una nueva descarga, y Lázaro espera, inclinado, hasta que un tercero viene a ayudarlo a incorporarse.
Hablan de doscientos muertos, luego de más.
Él no ha contado ni siquiera a los que ha llevado.
Reconoce el camino por una raíz descubierta y por la esquina donde deben volverse de lado; cada vez que llega a ella, el otro cargador levanta un poco más su vara y consigue evitar que el cuerpo choque con el muro.
Le pagan cuando ya no encuentra una parte seca de la ropa en la que limpiarse las manos. No pierde ninguna moneda.
5 de octubre
La muralla tiene una abertura que ayer no podía ver.
Lázaro la mira desde una depresión del terreno, sin levantarse lo bastante para mostrar los hombros.
Le han dicho que es la brecha de la Fundición; el nombre le sirve para comprender las indicaciones de quienes pasan, pero sus ojos se quedan en la pendiente irregular de tierra, en las piedras que han rodado hasta detenerse unas contra otras, en una viga que asoma inclinada y sobre la que nadie podría apoyar todo el peso sin probarla antes.
El humo se separa por un momento y deja ver el espesor roto.
Detrás no aparece la ciudad entera. Hay otro muro, un tejado, un tramo de sombra; esa pobreza de lo visible le resulta más inquietante que los barcos, porque para completar lo que falta solo necesita recordar los pasos que ha dado allí otras mañanas, las puertas ante las que ha dejado una carga, la casa del león donde una vez tuvo que cambiar el fardo de hombro antes de llamar.
Podría entrar.
El pensamiento llega con tal claridad que intenta apartarlo mirando hacia el lado por donde ha venido.
Allí hay suelo removido, una zanja que no se ve hasta estar cerca y, más allá, una tapia que obliga a elegir antes de correr.
Piensa en Ignacia, en el sitio que ella habrá reservado para lo que traiga, y siente miedo de volver con las manos vacías y otro miedo, más difícil de sostener, de que no le pregunte qué tuvo que hacer.
Se acomoda sin sacar la cabeza. Sigue con la vista una fila de piedras menores, busca dónde podría pasar un pie y dónde tendría que apoyar las manos; después retrocede por el mismo camino, despacio, comprobando en sentido contrario lo que acaba de elegir.
La entrada termina junto a un bloque hundido.
Para salir habría que dejarlo a la izquierda.