El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 4 · Trece velas #2
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4 · Trece velas #2

Algunos son lascares, le dicen cuando pide que le paguen.

Él había tomado la palabra por otra orden.

Un hombre se la repite y señala a los que están bebiendo junto al camino; añade que no cobran lo mismo que los artilleros, aunque hayan llevado la pieza hasta donde estos van a usarla.

Lázaro no consigue averiguar cuánto le toca a cada uno.

Sí consigue que le den la cantidad que le ofrecieron, después de quedarse en el sitio cuando otros ya se van y de mostrar, sin saber por qué lo hace, las marcas que la soga le ha dejado.

Con el dinero guardado vuelve a mirar el cañón.

La boca apunta hacia una parte de la ciudad donde ha llevado paquetes, esperado ante una puerta, compartido una fruta con otro mozo mientras el dueño terminaba de buscar el cambio.

No ve esas calles desde aquí. Tiene delante una extensión de tierra y, más lejos, la muralla, tan limpia en la distancia que resulta difícil creer que detrás haya habitaciones donde alguien siga colocando la cena sobre una mesa.

Pensó en ello mientras tiraba; le molesta recordarlo ahora, porque no puede fingir que la dirección del cañón se le haya revelado después de cobrar.

Durante el esfuerzo fue fácil atender a la cuerda, a la rueda que amenazaba el pie, al alivio que prometía la siguiente pausa.

Ahora, sin nada que mover, la paga pesa poco dentro de la ropa y no le permite calcular qué parte de la vergüenza sería capaz de devolver con ella.

Cuando llega a Tondo, Ignacia le pide que abra las manos. Él cree que va a contarlas, que de algún modo sabrá lo que lleva escondido, y tarda en obedecer. Su madre aparta una fibra que se le ha quedado clavada.

—¿Qué has cargado?

—Una pieza.

Ella lo mira.

—Un cañón.

No le pregunta para quién. Lázaro sigue hablando porque necesita que lo pregunte: había más hombres, no lo movió él solo, lo habrían arrastrado de todos modos. Cuando se oye decir esto último siente tanta rabia contra la facilidad de su propia voz que deja la frase sin terminar.

Ignacia vuelve a buscar la fibra con la uña.

—Quieto.

El dolor pequeño le ofrece por un momento algo sencillo que obedecer.

28 de septiembre

La noticia del hombre muerto llega primero con una bandera.

Dicen que era un oficial inglés, que iba a parlamentar, que lo han matado aunque llevaba una señal que debía protegerlo.

Después viene el nombre, Fryar, pronunciado de dos maneras, y luego los detalles del cuerpo, que crecen cada vez que alguien los repite.

Lázaro escucha hasta que un hombre empieza a mostrarlos con las manos.

Se aparta a buscar el recipiente vacío que dejó en Malate.

En el camino le advierten que los ingleses quieren castigar la muerte.

Cerca de Ermita hay hombres que antes dejaban pasar a los vendedores y ahora los detienen, los hacen abrir lo que llevan y se irritan cuando la respuesta tarda.

Lázaro levanta el recipiente para que se vea que no contiene nada.

Aun así, uno mete la mano, toca el fondo y lo aparta de un empujón.

También la iglesia de Ermita está ocupada.

Lo sabe por las voces que salen de donde otras veces ha oído rezar, por los hombres que hacen entrar lo que descargan sin descubrirse ni disminuir el paso y por un centinela que le señala el camino antes de que él haya intentado acercarse.

Entre las casas y el templo hay ropa tendida, vasijas, una rueda apoyada contra la pared; Lázaro no consigue distinguir qué pertenecía ya a quienes vivían allí y qué ha venido de los barcos.

Esa mezcla lo desorienta más que las armas: en el Parián reconocía por el modo de colocar una caja si debía recogerla, esperarse o seguir andando, mientras aquí cualquier cosa que parece abandonada puede costarle un golpe si la mueve.

Continúa con su recipiente en alto, detestando la prudencia exagerada de su brazo y sin atreverse a bajarlo.

En Tondo, por la noche, oye que, mientras el oficial iba con la bandera, los cipayos habían seguido disparando, y que por eso lo atacaron.

Quien lo cuenta no estuvo allí: lo ha oído a un hombre venido de las defensas.

Otro vecino responde que eso no da derecho a matarlo.

Discuten sobre quién disparó primero, sobre lo que pudo ver cada uno; cuando Lázaro pregunta quién vio la bandera, recibe una mirada que le hace bajar los ojos.

Ignacia escucha desde la escalera. Él desearía que lo llamara, que le encargase ir por agua o sujetar una cuerda, cualquier cosa que le permitiera salir de la conversación sin parecer asustado.

Su madre no lo llama. Al final se levanta por su cuenta y sube a la casa, llevando un recipiente que está vacío y que por primera vez en el día nadie quiere registrar.

1–2 de octubre

El temporal empieza por impedir que las voces lleguen de una casa a otra.

Antes de que la lluvia lo cubra todo, Lázaro ve inclinarse las palmas en una misma dirección, sostener durante unos instantes aquel esfuerzo y regresar de golpe, de modo que las hojas se cruzan, se enganchan y vuelven a separarse sobre los techos bajos.

Luego el agua entra de lado, borra el otro margen del estero y reduce la casa al espacio que pueden defender moviendo sus cosas.

Ignacia le pide una soga. Él la encuentra donde la guardaba su padre, demasiado bien enrollada para lo que necesita ahora, y tiene que deshacerla sobre las rodillas mientras oye golpear una tabla suelta.

Entre ambos aseguran la estera del lado por donde entra más agua.

Cada vez que la levantan para pasar la cuerda, el viento les arroja lluvia a la cara y la lámpara, protegida detrás de un cesto, deja de alumbrarles las manos.

La noche no le permite saber qué ocurre fuera.

Hay golpes que podrían ser ramas, objetos arrastrados, parte de una vivienda; el estruendo más hondo llega amortiguado y Lázaro no distingue si sigue habiendo cañonazos o si está esperando oírlos porque no ha dejado de pensar en la pieza que ayudó a poner en tierra.

Quiere que el temporal detenga a los soldados.

Se avergüenza enseguida: para desearlo tiene que aceptar también el agua que sube bajo su madre, el techo que alguien trata de sujetar al otro lado del estero, las bancas que habrán quedado mal amarradas.

Ignacia se sienta con los pies recogidos y le hace sitio.

Lázaro tarda en acercarse. Desde la muerte de Nicolás le incomoda recibir de ella las órdenes que habría recibido su padre, como si obedecerlas lo obligara a ocupar un lugar para el que todavía se siente pequeño y que, otras veces, ocupa sin que nadie se lo haya ofrecido.

Esa noche, cuando su madre le toma el antebrazo para sostenerse mientras cambia de postura, él no busca la manera de retirarlo.

Permanece allí, oyendo la lluvia, hasta que advierte que se ha dormido apoyada en su hombro.

Al día siguiente encuentra una calle que conserva las casas y ha perdido sus límites.

Los senderos se unen en charcos; donde ayer había una cerca flotan hojas, un cabo de cuerda, la mitad de una cesta que todavía guarda algo de su forma.

En el Parián se habla de un transporte embarrancado, de herramientas que no han podido sacar, de lanchas que no llegan hasta los barcos.

Un vendedor celebra que los ingleses se hayan quedado sin comunicación con la escuadra.

Otro le pregunta de quién eran las mercancías que han desaparecido de su tienda.