4 · Trece velas
—Trece —dice el pescador.
Lázaro ha contado doce, pero desde que la banca ha dejado atrás el último saliente del estero, donde las casas se arriman tanto al agua que una estera tendida entre dos postes puede cerrar el paso, hay una vela que desaparece detrás de otra y vuelve a mostrarse cuando él ya ha seguido contando.
Se incorpora. El pescador le pone la mano en la rodilla sin mirarlo.
—Así no verás más.
Se sienta otra vez, con las piernas recogidas y el recipiente que ha venido a entregar sujeto entre los pies.
A esa distancia, los cascos parecen más bajos de lo que deberían bajo tanta tela; algunas velas tienen un lado encendido y el otro gris, y detrás de ellas la bahía se prolonga en una claridad donde no consigue separar el cielo del agua.
No ve por dónde han entrado. Ve que están allí, frente a una costa que hasta hace un momento reconocía entera, y que los otros hombres de las bancas han dejado de atender a sus redes.
El pescador señala con el mango del remo, partiendo la hilera para que pueda contarla por grupos.
Ahora le salen trece. Lázaro vuelve al primer barco, tarda en encontrarlo y siente una irritación infantil, como si el hombre pudiera tomar aquella dificultad por una falta suya.
Hace apenas un rato discutían el precio de un viaje; ahora, sin que ninguno haya aceptado la cantidad del otro, la discusión parece haberse quedado lejos, dentro del estero.
Por la orilla avanzan dos muchachos. Uno levanta el brazo y grita algo que no llega.
El viento trae un olor de fango removido y, cuando la banca cabecea, una hebra de espuma se adhiere al costado, sube y vuelve a bajar sobre la misma mancha de madera.
Lázaro piensa en los bultos que habrá que desembarcar, en los hombres que pedirán agua antes de pedir otra cosa, en un jornal que quizá no tenga que disputar con quienes ya saben cuánto puede necesitarlo.
—¿De dónde vienen?
El pescador mueve el remo, apartándolos de otra embarcación.
—A mí no me lo han dicho.
En Tondo, antes de que oscurezca, ya son ingleses.
Un vecino asegura que vienen a comprar provisiones; otro, que no se presentan tantos barcos para comprar nada.
Ignacia está subiendo los cestos más pequeños a la parte seca de la casa y escucha sin acercarse.
Lázaro le cuenta que los ha visto. Esperaba que le preguntara cómo eran, y se siente desairado cuando ella solo quiere saber si ha cobrado el viaje.
Todavía no.
Su madre le tiende uno de los cestos. Mientras lo acomoda sobre el travesaño, Lázaro comprende que tendrá que volver a buscar al pescador: los barcos no han convertido una deuda pequeña en una deuda que pueda olvidar.
Al día siguiente, la intimación entra en el Parián por la boca de un tendero que la oyó resumir cerca de una puerta.
Habla de una escuadra, de dos jefes, de la entrega de la plaza al rey de Inglaterra.
Pronuncia Cornish despacio, repite Draper después de que lo corrijan y mira a sus oyentes como si la exactitud de los nombres le concediera alguna ventaja sobre lo que está contando.
El arzobispo, dice, ha respondido que no tiene noticia oficial de guerra.
—Pues que mire al agua —contesta un hombre.
El tendero vuelve a explicar la respuesta, esta vez más larga.
Hay coronas, fidelidades y un gobierno que no se entrega sin defenderse; Lázaro, sentado sobre un rollo de estera, espera oír qué puertas van a cerrar y hasta cuándo podrá pasar con una carga, pero la explicación termina sin llegar a ninguna de esas cosas.
Cuando pregunta, el tendero señala una caja.
—Lleva eso antes de que las cierren todas.
Los caminos cambian mientras los recorre.
En una esquina sacan mercancía de una casa; en la siguiente, meten una cama por una puerta demasiado estrecha y tienen que volverla cuando ya han rozado la pared.
El hombre que la lleva delante sangra de un nudillo, pero sigue discutiendo con quien le da órdenes desde dentro.
Lázaro los deja atrás. Al alcanzar el terreno abierto, donde el aire del mar puede llegar sin doblar entre las viviendas, descubre que ahora se oyen golpes de cañón que en el Parián parecían puertas azotadas por el viento.
Va hacia Malate al día siguiente con tuba que no es suya.
El dueño le ha confiado un recipiente y le ha hecho repetir cuánto espera recibir; si vende por encima, el resto será suyo.
Para llegar ha rodeado la parte de la muralla ante la que ya no quiere quedarse parado, siguiendo a otros vendedores por sendas entre cercas y huertas, hasta que las primeras casas de Ermita le permiten caminar otra vez junto a una pared.
Nadie ha marcado un camino seguro. Los que van delante se detienen, escuchan y continúan; él copia el momento en que arrancan.
Desde una abertura ve las lanchas acercarse a la playa.
Las olas que, miradas desde lejos, parecían deshacerse con suavidad contra la arena levantan la proa, la dejan caer y golpean después por un costado, obligando a quienes saltan al agua a volver sobre sus pasos para sostener a otro hombre o rescatar lo que se les escapa.
Una lancha queda atravesada; hay madera que cruje y un bulto largo que varios intentan mantener por encima de la resaca.
Lázaro sabe lo que pesa una caja mojada.
No sabe qué habrá dentro de aquella para que sigan buscándole sitio mientras la embarcación se les rompe debajo.
Ha visto desembarcar extranjeros, pero nunca a tantos hombres que, después de tocar tierra, no se detengan a preguntar dónde pueden dormir.
Unos se reúnen alrededor de un oficial; otros recogen cuerdas, armas, haces de cosas que no distingue.
Entre ellos hay soldados con telas ceñidas a la cabeza y los pies desnudos, más oscuros que los hombres que desembarcan con sombrero, y la voz con que se llaman no se parece a la que acaba de ordenarles moverse.
—Cipayos —le dice un vendedor—. De Madrás.
Lázaro retiene el nombre del lugar porque nunca lo había necesitado.
En el atrio de Nuestra Señora de los Remedios hay hombres sentados contra la pared y otros que pasan sin dejar libre la entrada.
El edificio se levanta sobre ellos con una quietud que a Lázaro le resulta extraña: las mismas piedras que, vistas desde el camino, le habían prometido un sitio donde descansar forman ahora el borde de un lugar del que pueden echarlo.
Tiene que esperar a que un soldado aparte el arma antes de apoyar su recipiente.
Desde ese rincón puede mirar el camino por el que ha venido, las cercas hundidas de un lado, las casas bajas que todavía conservan alrededor alguna mata intacta, aunque delante hayan pasado ya tantas botas que la tierra se ha vuelto lisa y brilla como si alguien la hubiera trabajado.
Más allá de los hombres, entre el vuelo de un paño puesto a secar y el lomo de una bestia, se abre de nuevo el mar; parece próximo, al alcance de un recorrido que podría hacerse sin pensar, hasta que otra fila de soldados atraviesa el hueco y Lázaro descubre cuántas veces tendría que pedir que lo dejaran pasar.
Conoce aquella costa de los días en que una carga bastaba para explicar su presencia.
Ahora mira el recipiente, comprueba el tapón y lo vuelve hacia fuera, procurando que todos puedan reconocer lo que vende antes de fijarse en él.
El primero que compra bebe despacio. Otro intenta quitarle el cuenco, y ambos hablan, se empujan con el hombro y se ríen sin que Lázaro pueda saber de quién.
Les muestra dos dedos y abre la palma. El hombre del turbante busca entre los pliegues de la ropa, encuentra una moneda y la retiene un instante sobre la mano del muchacho.
— Paṇam .
Lázaro mira la pieza.
El hombre repite la palabra y hace sonar la moneda contra el borde del cuenco.
Él la toma, la enseña al vendedor que lo acompaña y espera su asentimiento antes de servir de nuevo.
No sabe si ha oído el nombre de aquella moneda, una manera de pedir o una advertencia; procura guardar el sonido, aunque, cuando intenta repetírselo por dentro, ya no está seguro de dónde cayó la fuerza de la voz.
Lo llaman para trabajar antes de que haya vendido toda la tuba.
Un hombre que entiende algo de castellano señala las piezas que quieren sacar de la arena, después los brazos de Lázaro, y le ofrece un jornal con una claridad que no ha empleado al indicar cuánto durará la faena.
Él deja el recipiente al cuidado del vendedor, conviene lo que este podrá cobrar y va tras la paga.
La cuerda tiene zonas tan mojadas que las manos resbalan y otras donde la fibra se abre, clavándose entre los dedos antes de que el peso empiece a moverse.
Hay que buscar un sitio entre los cuerpos sin estorbar a quienes tiran desde antes; un marinero le aparta el pie de donde va a pasar una rueda y le hace entender, con un golpe en su propia pierna, lo que puede ocurrir si vuelve a ponerlo allí.
Lázaro asiente. No necesita conocer las palabras para agradecer que se lo haya mostrado.
Arrastran una pieza sobre maderas que otros van recuperando por detrás.
Cuando el carro cede al fin, el impulso los obliga a avanzar más deprisa de lo que habían previsto; entonces alguien grita, todos frenan y el esfuerzo cambia de dirección sin dar tiempo a cambiar las manos.
Lázaro siente el tirón bajo las costillas.
Quiere soltar, pero soltar sería dejar el peso a los otros, que tienen la misma cuerda entre los dedos.
Aguanta hasta que oye aflojarse las voces.
Uno de los hombres se sienta en cuanto paran. Tiene una tira de tela alrededor del tobillo, oscurecida por el agua. Le muestra su palma a Lázaro, ve la suya, señala una parte menos gastada de la cuerda. A la siguiente voz tiran desde allí.