3 · Cobre batido #3
Su oficio de cargador le enseña horas que ninguna campana da.
La hora en que queda un criado solo, la del enfermo que pide abrir una ventana, la espera de los vendedores a quienes no dejan entrar hasta que se levante el señor.
Aprende también a renunciar. Hay casas calladas de las que sale una mano en cuanto golpea; hay patios llenos de ruido donde lo han visto desde el primer paso. No confía en el silencio.
Cuando llevan a un ladrón por la calle, con el pregonero delante, procura oír la sentencia.
Una vez oye cien azotes. Otro día hablan de un hombre enviado a presidio, y las voces alargan la distancia hasta que el lugar parece estar fuera de cualquier viaje posible.
Un compañero le cuenta que a uno lo ahorcaron por robar cosas de iglesia; otro le discute el motivo.
Lázaro no espera a que se pongan de acuerdo para decidir por dónde no entrará.
En las iglesias deja las manos quietas. No porque crea que el metal del altar sea distinto: ha cargado piezas que, envueltas, pesan como otras.
Le inquieta que allí un robo tenga más nombres que el objeto robado.
Sacrilegio, dice uno, y la palabra basta para que quien lo oye deje de preguntar cuánto valía.
Prefiere una pérdida que pueda contarse.
Hacia 1760 lo mandan a una casa de la calle Real.
El puente y la puerta de la ciudad le quitan buena parte de la mañana.
Sobre el río, el viento le seca la nuca y le enfría un costado bajo el fardo; después, entre las paredes, el sudor vuelve a quedarse pegado.
Las ventanas altas están abiertas. Desde algunas llega el roce lento de un abanico, desde otras el ruido de una silla arrastrada hasta la galería.
Hay una mujer regando las macetas de un balcón.
El agua cae junto a él y dibuja manchas redondas en el polvo.
Se detiene ante la entrada indicada. En lo alto de la portada hay un león con las patas levantadas y una corona.
El borde de piedra tiene una zona más clara donde la lluvia ha lavado el polvo.
Lo conoce de las palabras de Nicolás: aquella postura, la corona sobre la melena, las patas sin suelo. Se cambia el fardo de hombro y llama.
Verano de 1762
Llueve sobre la alcaicería desde antes de que abran.
Lázaro tiene diecisiete años y puede distinguir, por el peso, cuál de los bultos descargados ha cogido agua.
Los aparta. El comerciante dice que están todos secos; Lázaro señala la mancha que le queda en el hombro.
El hombre la toca, se frota los dedos y manda extender una estera.
Bajo el alero hablan de una guerra en Europa.
Uno dice que pelean los ingleses; otro asegura que aquello lleva años y que la noticia no merece ni el precio del papel en que ha llegado.
Un tercero pregunta con quién. Cada respuesta corrige la anterior.
Nadie ha oído leer un aviso del gobernador que resuelva la disputa, y cuando llega un comprador los tres se vuelven hacia él.
Lázaro escucha mientras deshace una ligadura.
Europa es, para él, el lugar del que vienen ciertos hombres seguros de que su cansancio tiene más valor.
De allí llegan órdenes, baúles con cantoneras, prendas demasiado gruesas que se quedan sin uso; nunca ha cargado algo que haga comprender aquella distancia.
En el embarcadero ha visto partir gente.
Lo que le produce inquietud no es el barco alejándose sino el momento en que un rostro conocido se vuelve tan pequeño que ya no permite saber si está mirando.
A veces desea irse. No a un sitio: salir del alcance de las voces que saben a quién pertenece.
Después vuelve a Tondo, encuentra a Ignacia separando el arroz y siente vergüenza de haber imaginado la casa sin él como un problema de otro.
Le acerca la lámpara, se sienta un rato y acaba por levantarse antes de que ella necesite nada.
Esa impaciencia también le duele. No sabe quedarse de la manera en que su madre lo recibe.
La lluvia cesa sin que se aclare la tienda.
Por el camino cubierto empieza a correr una brisa que levanta las puntas de las esteras.
Al fondo, entre dos postes, aparece un rectángulo del río: agua gris, una amarra tensa y el costado de una embarcación cuya pintura conserva, justo encima de la línea mojada, una franja amarilla.
Lázaro se demora mirándola. Todavía le queda barro entre los dedos de los pies; los mueve sobre la tabla para desprenderlo.
Hoy cobra dos viajes. En la tienda del sangley hay una caja de cobre menudo y le indican que aparte su paga mientras buscan cambio para el comprador.
Lázaro acerca la caja al borde. Algunas barrillas están oscuras, otras conservan un rojo desigual junto a las marcas; entre dos se ha metido una hebra de cuerda que tiene que sacar con la uña.
Recuerda cómo su padre daba vuelta a una lámina para buscar el lugar donde el martillo había trabajado demasiado. Aquel hombre habría sabido corregir un borde así, alisarlo, hacer que todas las piezas asentaran. Nunca le vio fabricar dinero. Le vio aceptar poco y volver al fuego.
Aparta la cantidad convenida. Antes de guardarla, la repasa una vez más, empujando las barrillas de cobre, una a una, con la yema del dedo.