3 · Cobre batido #2
Le cuesta dejar la mano sobre el paño. Los dedos, libres, adoptan una curva que conoce: todavía parece que falta una herramienta entre ellos.
A Lázaro le sobreviene una rabia sin nadie a quien dirigirla.
Su padre ha envejecido delante de él desde que puede recordarlo.
Nunca tuvo un padre que saltara una zanja sin buscar apoyo, y ahora ni siquiera tendrá aquel que se detenía.
Le enfadan los años que otros pudieron conocer y él no, los trabajos hechos antes de su nacimiento, las historias que Nicolás empezó cuando todavía quedaba tiempo para acabarlas.
Ignacia le pide que sostenga el hombro mientras pasan el paño por debajo. Él obedece. El peso lo sorprende; no tiene nada que ver con la fuerza que su padre hacía al apoyarse en él. Durante un instante teme dejarlo caer y aprieta demasiado. Su madre le afloja los dedos uno por uno.
—Así basta.
La casa se llena despacio. Entran personas que no entraban cuando Nicolás estaba enfermo y otras que han venido todos los días.
Hablan cerca del cuerpo como hablaban cerca del fuego: esperando, bajando la voz sin llegar al silencio.
Lázaro sale al cobertizo. El martillo sigue en su clavo.
Hay una palangana a medio hacer y, dentro, el carbón apagado que alguien recogió para que no se mojara.
Se sienta donde se sentaba su padre y oye el agua golpear la parte baja de los postes.
Si empieza a trabajar ahora, tendrá que terminar aquella palangana; vendrá su dueño, preguntará cuánto falta y lo mirará a él.
Después llegará otro recipiente, otra espera, y las manos de Nicolás dejarán de servir de excusa.
Lázaro siente miedo de no saber hacerlo y, debajo del miedo, un alivio que no quiere reconocer: puede marcharse de aquel asiento.
No tiene que esperar a hacerse tan viejo como el hombre que acaba de morir.
Desde la casa lo llaman. Se levanta sin tocar el martillo.
Busca trabajo al otro lado de las aguas que ya conoce.
Primero carga lo que le dan; pronto aprende a pedir que le digan adónde antes de ponerse un bulto al hombro.
Un viaje hasta la puerta no es otro hasta la orilla.
Una espera mientras cuentan la mercancía le puede quitar dos viajes.
Si no fija esas cosas antes, al descargar no le deben más que la prisa con que quieran echarlo.
El Parián le presenta las tiendas por detrás.
Desde la calle se ven sedas, porcelanas, cajas ordenadas con sus frentes hacia el comprador.
Por donde entran los mozos hay muros húmedos, escaleras ocupadas, tinajas con una tabla encima y cuartos en los que se duerme junto a las mercancías.
El olor cambia al doblar un tabique: aceite, pescado seco, madera recién abierta, el dulzor agrio de una fruta aplastada bajo los pies.
En los pasos cubiertos la luz solo alcanza una franja del suelo; allí brillan los hilos de las telas que se han enganchado en una astilla, y Lázaro los aparta antes de apoyar la mano.
Le pagan por no romper, por llegar, por regresar.
Cuando vuelve sin carga procura traer una noticia útil: una barca que ha atracado, un comprador que espera, una puerta cerrada.
No todas merecen moneda, pero sirven para que recuerden su cara.
Al cabo de unos meses ya lo llaman desde el fondo de una tienda sin salir a buscar a otro.
Por la tarde cruza hacia Binondo. Bajo las galerías se venden cosas que a pleno sol parecerían peores: una taza con el pelo de una grieta, un hierro remendado, ropa que todavía conserva la postura del cuerpo que la llevó.
Los vendedores sacan las piezas hasta el límite de la sombra y las giran allí, sin exponerlas del todo.
Entre las casas se abren pasos hacia el agua, estrechos al principio, anchos de pronto junto a un embarcadero.
Cuando sube la marea, la corriente recoge cáscaras, virutas y pequeñas manchas de aceite; al retirarse deja una orla oscura en cada escalón.
Lázaro sabe dónde podrá desembarcar un fardo seco y dónde tendrá que meter las piernas en el barro.
No comienza por una bolsa de monedas. Comienza por una pieza de tela que nadie le ha pedido que cargue.
La encuentra doblada sobre un banco mientras los otros discuten una cuenta.
La levanta, la deja con su carga y sale.
Durante todo el camino siente la ausencia de una voz que lo detenga.
Basta con que alguien grite detrás para que las rodillas se le aflojen; continúa andando y descubre que puede tener miedo sin que se le note en los hombros.
La vende mal. El comprador le pregunta de dónde viene y él contesta demasiado deprisa. Después tiene que sostener una historia más larga que la tela. Cobra menos de lo que había calculado y sale furioso, no con quien le ha pagado sino consigo mismo por haber hablado tanto.
La segunda vez elige algo menor.
Hay días en que nada sale. Una tarde vuelve con los brazos vacíos, los hombros doloridos y una furia que aumenta cada vez que alguien le ofrece menos de lo que pide.
En una tienda aceptan su precio; al entrar descubre que el dueño quiere mover un arcón que necesitaría dos hombres.
Le dice que busque a otro. El comerciante sonríe y le pregunta si no tiene fuerza.
Lázaro siente subir a la cara el calor conocido de cuando lo trataban como a un niño.
Se agacha, mete las manos y prueba. El arcón apenas se separa del suelo.
Podría seguir. Podría hacerse daño hasta que el otro dejase de sonreír.
Se incorpora, sacude las manos y vuelve a pedir un segundo mozo.
Lo consigue. Después tardan tanto en pagarles que aquel triunfo le sabe a poco, pero, al cruzar el puente, descubre que está contento de no haber levantado el arcón.
No se lo cuenta a nadie. Le resultaría difícil explicar por qué una carga que no ha movido le permite caminar más derecho.
Aprende cantidades que en el taller no hacían falta.
Ocho reales hacen un peso, pero ocho monedas llamadas reales pueden obligar al comprador a sacar la balanza.
Una bandeja pesa varias veces lo que parece cuando la ve un hombre sentado a la mesa; a él le importa cuánto tira de la ropa y cuántas personas volverán la cabeza al oírla chocar.
Una pieza que exige dos manos lo deja sin ninguna para abrir una puerta.
Tres objetos pequeños se venden por separado; un juego completo tiene memoria en cualquier tienda.
Guarda sus ganancias y pierde parte de ellas.
Le engañan con el cambio, compra unas sandalias que se abren al mojarse y paga de más una comida cuando lleva muchas horas sin comer.
Le disgusta que Ignacia le pregunte de dónde ha salido el dinero.
A veces le responde con una verdad que no alcanza: ha trabajado, ha llevado un fardo, le han pagado.
Ella levanta los ojos hacia él. Lázaro querría que terminara la pregunta, para poder enfadarse con algo preciso; su madre vuelve a lo que estaba haciendo.
No reparte lo que roba. Cuando un compañero le pide un préstamo, calcula primero si seguirá viéndolo.
Le deja una pequeña cantidad y la reclama a los tres días, delante de otros.
Se avergüenza de la voz que ha empleado, pero vuelve a pedirla.
Al cobrar, no sabe dónde poner las manos hasta que consigue guardar las monedas.