3 · Cobre batido
El hombre del padrón ha dejado los zapatos al pie de la escalera y sube con el libro apretado contra el pecho. Lázaro ve primero los dedos de sus pies, separados para encontrar apoyo en los peldaños redondos. Le parece imposible que un hombre que sabe escribir tenga miedo de caerse.
Dentro de la casa hace calor. La nipa del techo cruje con pequeños chasquidos y, entre las cañas del suelo, el estero deja pasar una claridad que se mueve por debajo de los muebles.
A veces un reflejo alcanza la barriga de una olla.
Lázaro lo sigue hasta que se apaga; entonces baja los ojos hacia el agua, buscando qué lo ha interrumpido.
Allí abajo hay una rama con un trapo prendido, tres hojas que giran sin alejarse del poste y la proa de la banca del vecino.
La casa está quieta, pero las sombras no.
Su madre aparta una estera para que se siente el visitante.
Ignacia Guingco lleva el rosario enrollado dos veces en la muñeca; al apoyar la mano, la cruz golpea una caña.
Nicolás ha dejado el martillo en el cobertizo.
Se limpia los dedos con un paño que, por mucho que lo doble, no ofrece una parte limpia.
El hombre pregunta por los que viven allí. Ignacia responde antes que Nicolás.
—El niño, seis. Nació el diecisiete de diciembre de cuarenta y cuatro.
Lázaro alza seis dedos. Nadie los mira. El visitante escribe bajo el nombre de su padre, pregunta otra vez el apellido de su madre y vuelve la hoja hacia Nicolás. Lee el nombre del cabeza de barangay, don Pedro Manalo; después, el del niño.
—Lázaro de la Cruz. Hijo. Seis años. Indio.
—Mi madre es de Binondo —dice Lázaro.
El hombre levanta la vista.
—También lo he puesto.
—Mestiza —añade él, porque así la llaman sus parientes.
Nicolás le pone una mano en la rodilla.
—A ti te asienta conmigo.
El visitante no cobra nada por el niño. Habla con Ignacia de una cuenta de su parentela de Binondo: los del gremio de mestizos tienen su gobernadorcillo y pagan otro tributo, el doble.
Ella pregunta por una cantidad que no le cuadra; él busca una anotación, humedece la punta de la pluma y corrige lo que acaba de decir.
Lázaro se inclina para ver su nombre. No distingue dónde termina de la Cruz y dónde empieza lo siguiente.
Cuando el hombre vuelve a taparlo con la mano, siente que le han quitado algo que acababan de darle.
Le gustaría que dejara aquella hoja en la casa.
Podría enseñársela a los muchachos que lo llaman hijo del viejo.
No tendría que discutir ni correr detrás de ellos: abriría el libro, buscaría la raya exacta que señala su padre y los obligaría a esperar mientras él la recorre con el dedo.
El hombre seca la tinta, cierra y se levanta.
Lázaro lo acompaña hasta la escalera. Esta vez mira el libro; los pies bajan solos.
La casa de Tondo tiene un lado para dormir y otro para guardar lo que no debe tocar el agua.
Cuando llueve durante muchos días, la diferencia se pierde.
Ignacia cambia de sitio los cestos, sube los paños al travesaño y coloca debajo de una gotera un cuenco cuyo sonido despierta a Lázaro antes de llenarse.
Desde la estera ve el reflejo de la lluvia en el vientre oscuro del techo.
Los ruidos próximos llegan separados —una cuchara, un carraspeo, las patas de un animal bajo la casa—; más lejos, el aguacero los junta hasta que no queda calle ni orilla, solo una extensión que los rodea y en la que su padre sigue trabajando.
En los días claros, el camino hacia la iglesia pasa entre cercas que no cierran nada del todo.
Una deja salir las gallinas, otra retiene las hojas secas, otra tiene una abertura por la que Ignacia pasa el cesto antes de pasar ella.
Al levantarse el sol, las telas de araña tendidas entre las cañas recogen una luz que desaparece cuando Lázaro se acerca.
Delante de las viviendas barren pequeños semicírculos; más allá empieza el terreno de todos, con charcos que unos rodean y otros cruzan.
Las raíces levantan la tierra alrededor de un árbol, y los niños se reparten aquellos escalones para comer lo que traen en la mano.
Lázaro busca el más alto. Desde allí ve a su padre, sentado al otro lado del estero, y solo tiene que levantar un brazo para que Nicolás sepa dónde está.
El cobertizo ocupa un rellano de tierra afirmada junto al estero.
Nicolás abre el costado que da al viento cuando aviva el carbón.
El humo sale bajo, se aplasta contra la humedad y a veces vuelve hacia él, obligándolo a interrumpir los golpes.
Lázaro espera esa pausa para pedirle cosas.
Una vuelta en la banca. Un pedazo de cobre.
Que lo deje ir hasta Binondo sin su madre.
Nicolás suele contestar cuando la pieza entra de nuevo en el fuego, nunca antes.
Bate desde el centro, avanzando en espiral.
Puede apartar los ojos para oír a un vecino y seguir dando en el sitio.
Al principio el cobre acepta el martillo con un sonido bajo; después la respuesta se hace más seca, la mano debe esforzarse y Nicolás lo devuelve al carbón.
Lázaro aprende a reconocer el momento por el hombro de su padre.
Todavía no sabe cuánto dura una hora; sabe cuánto tarda una palangana en necesitar otro calentón.
El martillo de bola cuelga de un clavo, con el mango gastado bajo el pulgar.
Hay otro más pequeño, tenazas y una piedra donde Nicolás limpia una herramienta.
Ninguna cosa está tan lejos que no pueda alcanzarla sentado.
El niño ordena a veces lo que le parece desordenado y su padre tiene que levantarse a buscarlo.
—Déjalo donde estaba.
—Ahí se cae.
—Ahí lo encuentro.
Lázaro lo devuelve al borde.
Durante los años siguientes el taller se ensancha para él sin que nadie mueva los postes.
Puede acercarse al fuego, llevar una pieza ya fría, sostener un asa mientras Nicolás la ajusta.
Deja de mirar el resplandor del cobre recién sacado y empieza a mirar lo que le hacen.
Descubre que una forma tarda mucho en aparecer y muy poco en estropearse.
Si se impacienta, el martillo deja una señal que no estaba prevista; Nicolás la busca con el dedo, da vuelta al recipiente y le muestra cuánto tendrá que trabajar para disimularla.
Una tarde toca el borde antes de tiempo.
Retira la mano con un grito; el cobre conserva exactamente el mismo color que un momento antes.
En la yema del índice derecho le crece una ampolla redonda.
Nicolás le aparta la mano del calor y no lo riñe.
Esa ausencia de regaño lo avergüenza más: ha querido demostrar que ya sabía.
Pasa varios días cogiendo las cosas de una manera torpe, con el dedo levantado, mientras Ignacia le dice que no reviente la piel.
Los clientes se inclinan para ver su cara dentro de una palangana recién acabada.
Lázaro sabe que no buscan su cara: miran la curva, el fondo, una señal de golpe demasiado honda.
Algunos intentan pagar menos después de haber encargado el tamaño.
Su padre levanta el recipiente hasta que vuelve a pertenecer a sus manos y espera.
No siempre gana. Cuando acepta una pieza de plata, a veces la hace sonar contra el yunque.
El tintineo queda suspendido sobre el ruido del agua.
Lázaro aguarda una palabra que explique lo que han oído, pero Nicolás se guarda la moneda y continúa hablando con el cliente.
A la espera del recocido, su padre cuenta lo del espejo.
Lo cuenta corto. Un japonés que trabajaba el metal.
Una mujer que llevaba agua. El capitán que llegó y se lo llevó.
Algunas veces empieza por el capitán y tiene que volver atrás porque Lázaro pregunta qué se llevó.
El nombre del japonés nunca llega. Nicolás dice que lo sabía su abuelo Mateo, o que lo había oído de quien lo sabía; después mira el fuego y la historia pierde otra pieza.
Lázaro se enfada cuando una respuesta cambia.
Le gusta oír cuentos cuyos caminos conoce: puede adelantarse, esperar en el lugar del peligro, saber cuándo va a salir el animal.
Aquí, cada vez que cree haber encontrado una entrada, su padre dice que aquello no lo recuerda.
Solo repite sin vacilar las palabras de la mujer, en tagalo, tal como las ha recibido.
El niño se apura al llegar a la segunda parte.
Nicolás levanta un dedo y lo hace volver al principio.
Años después, cuando sabe decirlas sin detenerse, su padre todavía levanta ese dedo.
También describe un león sobre una puerta. Las patas en alto, una pequeña corona. Lázaro quiere saber si el capitán vive allí aún.
—Hace mucho que murió.
—Entonces, ¿quién tiene el espejo?
Nicolás saca el cobre del fuego. La respuesta, si la había, se queda bajo el golpe.
20 de diciembre de 1758
La mano de su padre se ha enfriado antes que el suelo.
Lázaro la sostiene entre las suyas. Tiene catorce años desde hace tres días y le han dicho que ya puede ayudar a preparar el cuerpo.
Ignacia está sentada cerca, con el rosario ceñido a la muñeca; cuenta sobre los dedos de la otra mano, porque las cuentas no corren.
Alguien ha traído un paño más largo. Lázaro lo reconoce por una quemadura antigua cerca del borde: era la cortina de la vecina.
No espera que Nicolás se levante. Ha oído cesar su respiración y ha estado pendiente de que volviera, hasta que el silencio se ha hecho demasiado largo incluso para el sueño de un viejo.
Lo que espera, sin querer, es que pida algo.
Agua. Que aparten el cesto. Que le busquen las tenazas que están donde siempre.
Cada ruido de la casa lo vuelve hacia aquella boca cerrada y le da vergüenza que su madre lo vea girarse.