El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 2 · Ley de la plata #2
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2 · Ley de la plata #2

Lo guarda con la carta de Madrid. No dentro, pero en la misma carpeta, y al retirarlo ve la firma de Diego de Silva y Salcedo.

Su pariente agradece las diligencias. Ha obtenido lo que pretendía.

La noticia tardó en llegar lo bastante para que Juan dejara de esperarla cada vez que venía correo, pero no tanto como para recibirla sin esa punzada que siente todavía al releerla.

Había acudido al Sagrario, buscado hombres, encargado copias; al otro lado del mundo, alguien había podido presentar todo aquello sobre una mesa.

Juan se alegra. También desea que lo recuerden con mayor precisión de la que cabe en un agradecimiento.

Se avergüenza de ese deseo cuando lo sorprende.

El parentesco no es una cuenta, se dice, aunque en las cartas se parezca a menudo a una: lo que se pide, lo que se remite, lo que aún falta.

Le habría bastado una pregunta por su hija.

Vuelve a guardar el pliego. No quiere que la satisfacción de Diego, a quien no conoce, le estropee el día que ha elegido para hacer algo por ella.

El platero toma el dibujo y baja con él hasta el zaguán. Desde allí compara el león con el tallado sobre la puerta. Juan lo sigue.

En la calle, las sombras de los cuerpos altos cubren casi todo el paso.

Queda una tira de sol junto a la acera de enfrente; por ella camina un hombre con una cesta, cuidando de no rozar la pared.

Arriba se cruzan los aleros, distintos de anchura y de altura, y entre ellos el cielo parece más distante que desde el patio.

Juan se vuelve hacia su puerta. En la piedra del escudo se ha alojado tierra; de abajo no se distingue dónde termina una garra. El dibujo es más limpio que la casa.

—¿Estas rayas?

—Púrpura.

El hombre lo mira. Juan señala la hoja que ha traído, copiada de un libro: las líneas bajan desde la derecha de quien mira hasta el lado izquierdo, todas con la misma inclinación.

—El color va así cuando no se pinta.

El platero apoya el papel contra la pared para verlo mejor. Después vuelve a la mesa. Ha entendido la dirección; no pregunta qué hizo la familia para merecer el animal.

En la funda, todavía abierta, el león ocupa la parte que se ensancha junto al disco.

La cabeza mira hacia la izquierda. Juan se inclina, alza el dibujo y lo gira un poco para dejarlo derecho.

Le molesta haberlo sujetado mal; el otro hombre no parece advertirlo.

Va haciendo lugar a las patas, al lomo, a la curva que debe quedar libre antes del borde.

Las marcas heredadas de la bandeja persisten en la tira del bisel, cerca del arranque de la funda.

El metal ofrece resistencias distintas donde lo han trabajado antes.

—Que se vea a la luz de una vela —dice Juan.

No se refiere al tamaño, pero no sabe explicarlo sin parecer descontento.

Lo que desea es poder reconocer las armas en una habitación de su casa, cuando se haya cerrado la ventana y alguien tome el espejo sin propósito de examinarlo.

El platero levanta la pieza. Juan ve una pata, el quiebro del pecho, la cabeza.

Basta moverla apenas para que aparezca el animal entero.

—A la luz de una vela —repite.

—Ya se ve.

El hombre lo deja probar. Juan hace sombra con el cuerpo, gira la plata y se ruboriza al encontrar, una vez más, exactamente lo que ha pedido.

Cuando su hija baja, las piezas están frías. La acompaña su madre. El platero coloca en un platillo el cerco, la funda y los pequeños remaches; en el otro, las pesas. Juan llama al escribano, que acaba de llegar y se había quedado hablando en la caída. Todos esperan a que cese el movimiento.

—Tres onzas y media.

El escribano repite la cantidad y la apunta. La niña mira debajo de la mesa. Debe de buscar algo que haga inclinarse los platos. Juan siente la tentación de explicárselo todo de una vez, el peso, la plata, por qué se reúne lo que luego habrá que guardar separado. Se agacha a su lado.

—Todavía falta el espejo.

—Entonces pesará más.

—Sí.

Ella lo observa con esa atención que pone cuando cree que él está equivocado. Juan se ríe y le permite comprobar, levantando el lienzo, que el disco sigue allí.

El platero vuelve la cara empañada hacia la claridad.

—Esto se puede avivar.

Habían hablado de ello en la tienda. Juan, que quería ver primero la plata, no había dado respuesta. Ahora el contraste entre las piezas nuevas y el rostro que devuelve el disco le parece mayor. Su mujer se coloca junto a él.

—Que se pueda usar —dice.

La guarnición espera. El hombre pide que retiren a la niña y lleva el espejo a la parte abierta de la azotea. Juan lo acompaña hasta el umbral.

Allí el sol ha blanqueado el borde del aljibe.

Una cuerda baja desde el brocal y deja en la piedra una raya húmeda; más lejos, entre los tejados, se levanta un campanario con un lado claro y otro cubierto por su propia sombra.

El viento entra por intervalos. Trae el olor del agua almacenada, se pierde en la ropa tendida y vuelve con un golpe de calor de las tejas.

Abajo, el patio empieza a reducirse bajo sus aleros: donde estuvo el brasero queda una mancha gris, y las herramientas, repartidas sobre la mesa, parecen haberse quedado sin dueño.

El platero ha llevado un paño, estaño y un frasco pequeño de azogue.

Trabaja con el disco apoyado, sin remover la concha de atrás.

Juan no alcanza a distinguir cada preparación.

Ve cambiar los paños, una sustancia extendida sobre la cara, el cuidado con que el hombre evita que alcance el canto.

El platero hace una pausa; cuando vuelve a inclinarse, retiene el aliento y aparta después la cabeza hacia el aire.

Juan retrocede un poco. No se le ocurre preguntar cuánto tarda en blanquear un espejo: le basta con que el hombre espere antes de tocarlo y vuelva a esperar antes de levantarlo.

Su mujer se acerca. Ya no tiene a la niña de la mano. Se queda junto a él, en la parte estrecha de sombra, y le apoya los dedos en la muñeca.

—No hace falta que lo vigiles.

—Estoy mirando.

Ella mantiene la mano. Juan conoce la diferencia entre ese contacto y el que le pide que se mueva o le avisa de que alguien los espera.

Afloja el brazo para que puedan quedarse así.

De noche le resulta fácil desearla; a esta hora, con el patio lleno de gente y una cuenta a medio hacer, la cercanía lo sorprende de otra manera.

Se acuerda de la primera temporada juntos, de su prisa por mostrarle dónde se guardaba cada cosa y de cómo ella había cambiado luego los sitios hasta conseguir que la casa empezara a responderle.

Había temido disgustarla sin saber por qué.

Ahora le cuesta recordar el aspecto de una habitación antes de que ella la habitara.

—¿Te parece demasiado? —pregunta.

—¿El espejo?

Juan asiente.

—La niña querrá verse. Hoy también.

Él mira hacia abajo. Puede verla en la caída, sentada en el suelo junto a la viruta que no ha querido tirar.

Cerca del mediodía, el disco vuelve al patio.

Tiene una blancura más pareja. El platero lo sostiene a un palmo del rostro, busca en la superficie una zona que no le satisface y vuelve a pasar el paño.

Tras su hombro se abre el patio; la pared de enfrente queda lejos, interrumpida por puertas y por el hueco de la escalera.

Él mira su mejilla en el metal. Juan espera a su lado.

Después entra la funda, ajustada al mango; el cerco nuevo abraza el cobre antiguo y cubre apenas la orilla de la concha.

El hombre trabaja los cierres sobre un apoyo de madera.

Los remaches unen las partes de plata sin atravesar el disco.

A cada golpe, Juan mira el centro nacarado.

No se mueve. Al terminar, pasa el pulgar por el canto, despacio, buscando una rebaba.

Encuentra una y se la señala. El platero la rebaja y se lo devuelve.

La niña tiene permiso para mirarse sentada. Su madre le acomoda el mango entre los dedos; Juan sostiene por debajo. Primero ve una ceja y luego las dos. Acerca demasiado la cara, retrocede, se ríe. En la frente le ha quedado una viruta diminuta. Su madre se la quita sin soltar el espejo.

El escribano los espera arriba. Juan deja a ambas en el banco, vuelve a la caída y encuentra la hoja dispuesta, con espacio entre las partidas.

El hombre ha escrito el año, mil setecientos cuarenta y tres, y el propósito de la relación: bienes que Juan aparta para la futura dote de su hija.

Ningún marido declara haberlos recibido.

Permanecerán allí, con los demás bienes de la casa, hasta que haya que disponer de ellos.

PLATA LAbrADA, que se pesó por el marco de esta ciudad ante mí el escribano:

Ítem, un espejo de los chinos, guarnecido de plata con las armas de la casa, y su funda de mango de lo mismo, que todo pesó tres onzas y media.

Juan lee la línea en voz baja. En el papel, el espejo pesa lo que pesaban sus piezas de plata sobre el platillo. En otro papel consta lo que debe por la hechura. Paga esa cuenta, recibe los recortes y pide que el sobrante quede también anotado.

Firma Juan de Silva al pie de la relación. El escribano le indica una nota del margen que necesita su conformidad. Allí escribe Juan de Silva y Vera. La segunda firma le sale algo más larga de lo que permite el blanco; recoge el último trazo antes de rozar la columna.

Desde la sala lo llaman para que pruebe la ventana.

Su mujer ha subido con la niña y ahora le enseña a correr la hoja nueva, sujetándole los dedos para que no los deje entre los bastidores.

Juan alza la mano: un momento. El escribano toma la salvadera, inclina su tapa agujereada y deja caer la arenilla sobre la tinta fresca.

La recoge hacia el pliegue. Quedan algunos granos junto a la firma, y el hombre los aparta con un soplo.