2 · Ley de la plata
El carpintero lleva un rato buscando el sitio donde la ventana se atasca.
La abre, la cierra, vuelve a abrirla. Cada vez que las dos hojas se cruzan, la calle desaparece detrás de una claridad doble, y Juan de Silva y Vera deja de ver el hombro del hombre que está trabajando al otro lado.
Las pequeñas conchas del bastidor tienen vetas, nubes, alguna sombra amarilla.
Su mujer ha apartado una que deja pasar demasiada luz.
—Parece rota —dice.
El carpintero la sostiene contra el cielo. Está entera. La vuelve y le muestra el canto.
—Entonces, abajo —resuelve ella.
Juan sonríe. También él había estado a punto de pedir otra.
La casa conserva abajo el frío de unas piedras que nunca reciben el sol.
En el zaguán huele a cuero húmedo, a las ruedas que han entrado desde la calle, a agua detenida en la juntura de dos losas.
Más adentro, en el silong, las paredes espesas hacen de cada vano una breve habitación oscura.
Hay tinajas, aparejos, una soga tendida sobre un banco para que se seque; junto a la escalera, un saco abierto desprende el olor dulce del arroz.
Arriba cambian el aire y los sonidos. Los pasos encuentran tablas, las voces salen al patio, y la madera que vuela sobre la calle acerca a la sala los pregones de quienes no pueden ver el interior.
Desde niño, Juan reconoce la hora de ciertas tareas por el lugar donde empiezan a oírse: el golpe de un cubo abajo, el arrastre de una silla en la caída, las chancletas que atraviesan el entresuelo.
A veces, cuando pasa varios días fuera, lo primero que echa de menos es esa distribución del ruido.
Hoy todo llega alterado por el cepillo del carpintero. Un hilo pálido de madera cae sobre el suelo, se enrosca junto al pie de la mesa y tiembla cada vez que entra aire. La hija de Juan intenta recogerlo entero. Lo toma por un extremo, tira demasiado deprisa y se queda con una mitad en la mano.
—Ese no sirve —dice él.
Ella se lleva las dos mitades.
El platero llega del Parián antes de que retiren la primera hoja de la ventana.
Trae las herramientas en una caja estrecha, la balanza envuelta aparte y, dentro de un paño, los perfiles de la guarnición que ha preparado en su taller.
Se detiene en el zaguán para sacudirse las suelas.
Juan lo había buscado allí una semana antes: recordaba mejor la tienda de al lado, donde vendían peines, que la puerta del propio platero.
Fuera de la muralla, el paso entre los puestos cambiaba de anchura con cada mercancía.
Una vara de tela tendida desde el mostrador obligaba a doblar el cuerpo; detrás, dos hombres levantaban una caja y dejaban aparecer, un instante, el fondo entero de una tienda.
Juan había avanzado siguiendo el ruido de los martillos.
Bajo los aleros se mezclaban la sombra de la madera y la de los toldos remendados; en el borde, la luz caía tan recta que hacía resaltar el polvo adherido a las cestas.
Había visto cuencos apilados, hierros sujetos por un cordel, una sartén aún negra junto a otra que parecía de distinto metal de puro limpia.
El platero trabajaba al fondo, cerca de una abertura por la que entraba un aire insuficiente.
No salió a recibirlo hasta terminar la pieza que tenía entre los dedos.
A Juan le gustó aquella demora, una vez comprendió que no estaba dirigida contra él.
Ahora pide una mesa firme y un sitio para el fuego.
Le ofrecen el patio. El hombre mira hacia arriba, prueba con la mano el aire y señala la parte descubierta, lejos de las tablas nuevas.
Juan manda sacar la bandeja mexicana.
Hay una abolladura cerca del borde, donde una jarra cayó años atrás. Su mujer pasa el dedo por ella antes de entregar la bandeja. Durante un instante, Juan teme que vaya a cambiar de parecer. Él también la ha mirado esta mañana con un afecto que no sentía cuando servía para llevar vasos.
—¿Toda? —pregunta ella.
—Lo que sobre vuelve —dice el platero.
Lo dice mientras despliega la balanza. Deja los platillos libres, espera a que el brazo se aquiete y aparta de la mesa una cuña que podría rozarlos.
El peso de la bandeja baja un lado; en el otro, las pesas entran una a una.
Juan se inclina para ver. El platero no levanta la voz, pero coloca la mano delante de su manga, que está a punto de tocar la cadena.
La marca de México se distingue mejor por debajo.
El hombre la limpia, señala la M coronada, el águila, las letras comprimidas en dos pisos.
Juan consigue separar GOSA de LEZ después de cambiar de sitio.
Hay además una huella menuda, un mordisco de herramienta que él siempre había tomado por un daño.
—De once dineros —dice el platero, indicando la marca.
Hace una raya de plata en la piedra de toque.
La compara, vuelve a mirar la bandeja. No le concede más tiempo del necesario.
Juan querría preguntarle si puede reconocer por aquella raya una plata traída de México entre otras llegadas en el mismo barco.
Se contiene: ya sabe que el lugar lo dicen las marcas, y no desea que el hombre lo mire como miró el carpintero a su mujer cuando creyó rota la concha.
El espejo espera sobre un lienzo doblado.
La cara ha perdido claridad; al acercarse, Juan encuentra en ella sus ojos antes que su boca.
Por detrás, la concha conserva un fulgor blando, muy distinto del de los cuadrados de la ventana.
Cuando era pequeño le dejaban sostenerlo con las dos manos, sentado.
Recuerda el peso contra los muslos y la voz de su madre, que le pedía no balancearlo.
No recuerda qué estaba viendo. Eso le irrita un poco: debería quedar alguna imagen del rostro que sostuvo entonces, alguna prueba de haber sido el niño al que ordenaban cuidado. Le queda la orden.
El platero rodea el disco con una tira de papel. La marca con la uña, la compara con el perfil que trae y vuelve a desenvolver las herramientas.
—Por fuera —dice—. La concha no se levanta.
Juan asiente. No le había pedido que la levantara; aun así, agradece que se lo aseguren.
El trabajo está convenido desde la visita al Parián: un cerco que abrace el canto, una funda para el mango y las armas de la casa.
La bandeja permitirá aprovechar las marcas.
El platero ha situado el corte a su alrededor, dibujando en el metal una curva que Juan no habría sabido encontrar.
Algo de la vieja orilla quedará en la nueva.
El resto se devolverá, descontado lo que entre en la obra.
Desde arriba su hija pregunta si ya puede bajar. Su mujer responde que todavía no.
Juan mira el espejo. Lo ha apartado para ella, con otras cosas que habrá que ir reuniendo; no hay marido que lo reciba, ni fecha de boda, ni un hombre cuyo nombre deba escribirse junto al suyo.
Esa demora le parece una protección mientras consigue no medirla.
Algún día vendrán a hablarle de casas, de caudales, de un muchacho al que alguien habrá visto jugar como él ve ahora a la niña entretenerse con las virutas.
Tendrá que escuchar. Querrá que ella encuentre amparo y querrá que se quede cerca, y teme ya la facilidad con que podrá confundir ambos deseos al dar su parecer.
Al hablar de los bienes que podían apartar, su mujer había preguntado dónde se guardarían.
Él señaló la sala, el arca, las gavetas del escritorio, según lo que iban nombrando.
Después comprendió que ella quería saber quién tendría las llaves.
Se las ofreció. Su mujer escogió dos y dejó las otras en la mesa; algunas de aquellas cosas seguían haciendo falta para la vida de todos.
Juan recordaba su propia impaciencia mientras la veía abrir cajones, contar piezas de ropa, descartar una tela porque no resistiría guardada tantos años.
Había preparado una relación hermosa, con los bienes que pensaba ofrecer.
Ella le hizo recorrer la casa para averiguar cuáles tenían aún.
La molestia le duró hasta la noche. Luego se acostó a su lado y, sin encontrar una frase menos mezquina, le dijo que había querido darle una alegría.
Su mujer le respondió que la tenía. Habló después de las sábanas: quedaban buenas, bastaba cambiar una de las listas.
Él escuchó, todavía herido, hasta advertir que ella estaba repasando su regalo con la misma atención con que preparaba la ropa que iban a ponerse.
Hoy agradece que hayan empezado por allí.
Puede llevar al platero una bandeja que han elegido entre los dos; el hueco que deje en la casa no sorprenderá a nadie.
La hoja de la sierra entra en la plata.
Al otro lado del patio, el carpintero ha dejado de cepillar. La primera hoja corre sin detenerse, llega al extremo y recibe un golpe suave de palma. Juan oye a su mujer decir que la pruebe otra vez. Mientras espera el sonido, el platero coloca sobre el banco un pequeño crisol.
Ha separado los recortes que necesita para los remaches.
Los demás quedan juntos, a la vista. Aviva las brasas; la luz del fuego es pobre bajo la mañana y hay que agacharse para distinguirla.
Juan siente el calor en los párpados. Se aparta antes de que el metal esté listo y vuelve cuando el hombre vierte una breve lengua brillante en la canal de un molde.
La superficie se apaga desde los bordes.
El platero no la toca. Cambia de herramienta y continúa con la chapa.
Juan se queda allí, libre de una tarea que no le permite marcharse.
Entra y sale gente por el patio; a todos los mueve algún encargo.
Él ha dado los suyos y ahora se siente ocioso ante la exactitud con que otro hombre puede gastar una mañana.
Le gustaría ayudar sin estorbar. Cuando el platero pide el dibujo de las armas, va a buscarlo con alivio.