El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 1 · Concuerda con su original #3
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1 · Concuerda con su original #3

Al salir se cruza con el quinto de aquella tanda de doce, don Tomás de Villaseñor.

Tiene sesenta y dos años y una lentitud que obliga a los demás a acomodarse.

Diego se aparta. Le gustaría preguntar por la pierna que arrastra, por la noche que habrá pasado.

Se limita a saludar y prosigue hasta el fondo de la galería.

Ítem, si saben que el dicho don Diego de Silva y Salcedo es hijo legítimo y de legítimo matrimonio, y que sus padres, abuelos y bisabuelos, así paternos como maternos, han sido y son cristianos viejos, limpios de toda mala raza de moros, judíos y penitenciados por el Santo Oficio, y que no han tenido oficios viles ni mecánicos. Digan lo que saben y cómo lo saben.

Don Tomás de Villaseñor, caballero del hábito de Calatrava, del Consejo de Su Majestad, de edad de sesenta y dos años, que residió en las islas Filipinas por espacio de nueve años, habiendo jurado en forma, dijo que sabe y le consta, por haberlo oído a personas fidedignas de aquella ciudad de Manila, que la casa de Silva de la calle Real desciende del señor gobernador don Fernando de Silva, y que los tiene por cristianos viejos y de limpia sangre, sin que haya oído cosa en contrario; y esto responde.

Y siéndole leído se afirmó y ratificó, y lo firmó.

Diego no oye la deposición. Desde donde espera ve un trecho de la calle por encima del alféizar.

Ha cesado la lluvia. Una mujer recoge la falda para pasar junto a un carro; detrás queda un niño detenido ante la misma extensión de barro.

El niño calcula, retrocede y salta. Le falta poco.

Diego siente en los pies el golpe que no recibe, la humedad que le subiría por la media, y recuerda de pronto un patio de México.

Había una junta entre las losas donde el agua tardaba más en secarse.

Su padre lo llamaba desde dentro y él procuraba cruzarla de un salto antes de obedecer.

No sabría situar ahora aquella casa en un plano.

Conserva la anchura que tuvo el charco para sus piernas.

Una puerta se abre. No es la que él vigila.

Los días siguientes revisa las cuentas. Paga lo que se justifica, pide un recibo que falta, pregunta si puede hacerse algo más.

No recibe de vuelta el traslado. Permanece con los otros testimonios.

Cuando abre el cartapacio y toca el sitio vacío experimenta primero alarma y luego alivio: por una vez, la falta de un papel significa que el asunto sigue adelante.

Vistas por el Consejo las pruebas que anteceden, se aprueban, y désele el despacho ordinario.

Madrid, año de mil setecientos cuarenta y uno.

Francisca cose junto a la ventana. Tiene la capa blanca extendida sobre una sábana para que no roce el suelo.

Es paño de lana, más pesado de lo que Diego esperaba; cuando ella lo recoge, el tejido tarda en acomodarse y forma una loma suave entre sus brazos.

La cruz roja está prendida con hilvanes.

De cerca se ven los pelos sueltos del recorte y, donde la tela cede, una línea mínima de blanco.

Diego acerca una silla. Ha recibido la noticia por la mañana y todavía siente la obligación de ir a alguna parte.

No hay nada que preguntar hasta el día siguiente.

Mira los dedos de su mujer: el pulgar mantiene unido el borde rojo al paño, la aguja entra de costado, desaparece, vuelve.

Ella deja apenas la holgura necesaria antes de ceñir la puntada.

—Te fatigarás la vista.

—Me la fatigarás tú si te quedas delante.

Diego mueve la silla. Francisca sonríe sin interrumpirse.

Él apoya las manos en las rodillas. Esperaba una alegría más fácil de reconocer.

Ha ensayado tantas veces el alivio que ahora le resulta extraño recibirlo en una tarde ordinaria, mientras en la calle llaman al aguador y alguien sacude una alfombra.

Siente cariño por el muchacho que fue en Cádiz; le sorprende que la primera consecuencia de la noticia sea esa indulgencia tardía.

Habría querido decirle que podía apartarse de aquella mesa sin bajar la cabeza.

No logra separar ese deseo de la satisfacción, muy presente, de tener al fin los papeles en regla.

Francisca se pincha. Se lleva el dedo a la boca antes de que caiga una gota sobre el blanco. Él busca un paño y se lo ofrece. Ella lo acepta, espera un instante y continúa.

La aguja levanta una fibra roja. Francisca la recoge con la punta, la tiende en su sitio y da la puntada siguiente.

Al día siguiente, Diego vuelve al Consejo. Lo hacen esperar junto a una mesa donde están preparando legajos. Reconoce en uno su nombre y la curva de una letra del agente. Bajo la cubierta asoma el canto de la hoja llegada de Manila; el cordel fino queda dentro. No intenta tocarlo.

El hombre que ordena los papeles golpea los cantos contra la mesa para igualarlos.

Pasa el balduque por debajo, lo cruza en el lomo, vuelve el conjunto y tensa.

Diego retira el guante que había dejado demasiado cerca.

La cinta roja se hunde apenas en el borde del cartón.

Dos extremos se buscan entre los dedos, uno pasa bajo el otro; el hombre tira y deja sobre la mesa, quieto, el nudo.