El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 1 · Concuerda con su original #2
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1 · Concuerda con su original #2

Quedo enterado de lo que vuestra merced pide tocante a los testimonios de nuestra casa.

Se ha acudido al Sagrario para que se saque la partida del abuelo con las diligencias necesarias, y se procurará que vaya en forma que allá sea admitida.

Por lo que toca a los demás papeles, no todos están juntos, ni se pueden recoger con la brevedad que vuestra merced desea.

Haré cuanto esté de mi parte para que esta falta no detenga su pretensión.

Su pariente, que su mano besa,

Juan de Silva y Vera.

No conoce a ese Juan. Su padre hablaba del hermano que había quedado en las islas; ahora escribe un nieto de aquel, con el mismo nombre, y él ha tenido que dibujar aparte la línea para no equivocarse al responder.

Le debe una diligencia a un hombre cuya letra ya reconoce y cuyo rostro desconoce por completo.

La espera cambia las tardes de su casa. Antes del anochecer la luz resbala por las tejas de enfrente, alcanza el fondo de la sala y deja en el muro una claridad de miel pálida.

Las sillas próximas a la ventana se calientan un poco; las que están al otro lado conservan el frío de la noche.

Francisca traslada su labor según avanza esa franja.

Nunca lo hace de una vez: acerca primero el costurero, termina una puntada, se lleva la silla.

Diego, que antes apenas reparaba en la maniobra, sabe ya cuántas veces puede repetirse entre un correo y el siguiente.

Una de esas tardes Antonio entra a pedirle permiso para salir a caballo con unos amigos. Diego pregunta de qué casas son. Su hijo empieza a responder y se detiene.

—Los conoces. Cenaron aquí.

Es cierto. Recuerda a uno que derramó vino y se ofreció a pagar el mantel, con tan visible espanto que Francisca lo hizo reír para tranquilizarlo.

—Vuelve antes de que cierren —dice.

Antonio se acerca a besarle la mano. Diego le pregunta entonces por el caballo, si ha dejado de cojear. Hablan un rato. Cuando el muchacho sale, le pesa haber necesitado la segunda pregunta para interesarse en lo que deseaba contarle.

A ratos se avergüenza de su inquietud. No hay nadie en casa que le quiera menos por carecer de la cruz.

Antonio lo escucha, pide su parecer, sale a la calle con el dinero que él le da.

Francisca conoce la tos que le queda cuando se enfría y deja agua junto a la cama sin que tenga que pedirla.

Todo eso existe. Y, aun sabiéndolo, Diego imagina a su hijo ante la mesa de Cádiz, buscando en vano un nombre.

Desea haber terminado antes de que a Antonio le hagan la pregunta.

Una noche se lo dice a su mujer. Había pensado guardar ese temor, pequeño y desproporcionado, hasta que dejara de necesitarlo.

Francisca tiene en las rodillas una manga vuelta del revés.

—Nuestro hijo sabe cómo te llamas.

—No es eso.

—Ya lo sé.

Ella alarga la mano y le quita del hombro un hilo.

Lo retiene un momento entre los dedos, buscando dónde dejarlo.

Diego desea besarle esa mano. Lo hace cuando la ve caer sobre el costurero; ella vuelve la palma y le roza la mejilla con los nudillos.

Él permanece inclinado un poco más de lo necesario.

La gratitud le produce una tristeza que no sabe explicar, como si aceptar aquel consuelo revelara el tamaño de lo que ha estado ocultando.

El traslado llega en 1741. Hay que deshacer tres dobleces para extenderlo.

El papel conserva los surcos, y cada vez que Diego retira los dedos un extremo se levanta.

Arriba están las armas reales y el año de 1739.

Abajo, la tinta de los trazos finos ha tomado un color pardo.

El signo del escribano crece entre las palabras, vuelve sobre sí, se cierra.

Un cordel de seda pasa por el pliego; la oblea que lo sujeta se ha levantado de un lado.

El agente le impide tirar.

—Deje eso. Se verá tal como ha venido.

Diego recoge la mano. Traía preparada una oblea nueva entre dos papeles, como si una avería semejante pudiera resolverse en casa. La guarda sin decirlo.

Cuando presenta el testimonio, uno de los informantes le pregunta si es el que esperaba de Filipinas.

El caballero profesa la misma orden a la que él pretende entrar; el otro es un religioso de ella.

Ambos tienen una comisión, unas preguntas y jornadas que han de dar por empleadas.

Diego contesta que sí. El religioso acerca el pliego a la luz y comienza a leer.

Diego oye el nombre de su abuelo con la atención que pondría en una persona entrando en la habitación.

En la ciudad de Manila, en veinte y seis días del mes de mayo de mil y seiscientos y veinte y cinco años, yo, el licenciado Pedro de Soria, cura del Sagrario de esta santa iglesia catedral, bauticé solemnemente a Diego, nacido en el mes de abril de este presente año, hijo legítimo del capitán Hernán de Silva y de doña Juana de Ribera, su mujer, difunta, vecinos de esta ciudad; fueron sus padrinos el capitán Alonso de Montemayor y doña Catalina de Arce, a quienes advertí el parentesco espiritual y la obligación que tienen; y lo firmé.

Pedro de Soria.

Concuerda este traslado con su original, que queda en el libro primero de bautismos de españoles de esta santa iglesia catedral, a fojas ciento y nueve vuelta, de donde le hice sacar y saqué en la ciudad de Manila, a catorce de junio de mil setecientos y treinta y nueve años; y en fe de ello lo signé y firmé. En testimonio de verdad.

Gaspar de Robles, escribano público y de número.

El religioso vuelve al principio para comprobar un nombre.

El caballero anota la fecha del traslado.

Preguntan por los testimonios que acompañan la firma y comparan sus nombres con los de las hojas siguientes.

Diego espera de pie. Le duele la articulación de un dedo dentro del guante; la estira sin sacar la mano.

—Está certificada —dice.

El religioso termina de cotejar.

Después le piden que salga.

En la lista que ha entregado hay hombres viejos, hombres a quienes ha prestado dinero, un conocido que vivió en las islas.

También hay dos con los que nunca ha tenido trato de caudales.

El agente le aconsejó que propusiera a quienes pudieran dar razón de su familia y de él; los informantes resolverían a quiénes oír y qué más averiguar.

Diego quiso empezar por los de mayor edad.

Le pareció que habían tenido más tiempo para saber.

Con uno de los deudores se encuentra días antes de las diligencias.

El hombre lleva semanas evitando su casa.

Al comprender que Diego viene a hablarle de otra cosa, se le alivia el semblante tan deprisa que ambos lo advierten.

Dice que irá donde le manden; lo conoce desde hace años, conoció a un hermano de su madre, puede dar razón de eso.

Diego agradece la disposición y no menciona la deuda.

De vuelta le molesta aquel agradecimiento.

Lo habría dicho de otro modo a quien no le debiera nada.

Se promete que, si los informantes preguntan por sus tratos, dará la cuenta entera: plazo cumplido, dinero pendiente, ninguna reclamación ante la justicia.

Desea una respuesta favorable, pero necesita poder oírla sin tener que recordar antes lo que ha callado.

Preguntado otro de los testigos por la razón de su conocimiento, dijo que trata al pretendiente en esta Corte desde hace años y lo ha tenido y tiene por hombre de buena vida y costumbres.

Que de sus mayores sabe lo que ha oído en las casas donde es recibido, sin haber visto los libros en que constan sus nacimientos.

Y preguntado si tiene con el pretendiente trato de caudales, dijo que le debe cierta cantidad por préstamo, cuyo plazo está cumplido, y que no ha sido apremiado por ella.

Todo lo cual declara para que se tenga presente.