1 · Concuerda con su original
El barro de la calle llega al segundo peldaño.
Más arriba queda una huella de agua, luego otra, cada vez menos entera, hasta que en la galería del palacio de los Consejos los zapatos de Diego de Silva y Salcedo ya no dejan señal.
Él sigue andando con el mismo cuidado. Lleva bajo el brazo un cartapacio de badana y, dentro, el papel que aún no basta.
El patio recoge una luz sin sol. En la piedra de abajo, oscurecida por la lluvia, brillan las aristas gastadas; más arriba, el ladrillo permanece seco y tiene un rojo apagado, de brasas que nadie aviva.
Una canal vierte a intervalos. Diego alcanza a ver el agua separarse del borde, hacerse una sarta de gotas y deshacerse contra una losa antes de que un hombre con una carpeta atraviese su campo de visión.
Vienen otros. Hay quien conoce la puerta y entra; quien se detiene, se descubre, vuelve a cubrirse; quien sostiene un pliego extendido para que la humedad de la capa no lo toque.
Cerca de una ventana, dos solicitantes se hablan con la boca casi inmóvil.
Diego no oye sus palabras. Oye el roce de las botas, un estornudo retenido y, detrás de una puerta, la insistencia de alguien que pronuncia por segunda vez su apellido.
El agente lo espera junto al hueco de la escalera. No mira el cartapacio. Mira los puños de la camisa, mojados.
—¿Trae la cuenta?
Diego se la entrega.
La merced real está concedida; faltan las pruebas.
Desde que obtuvo la primera, la segunda palabra ha crecido hasta ocupar sus mañanas.
Tiene cincuenta y cuatro años, un hijo de diecinueve, rentas que se cobran con desigual puntualidad y una casa en la que nadie le pide razón de su nacimiento. Aquí ha venido a darla.
Señor:
Don Diego de Silva y Salcedo, vecino de esta Corte, a quien Vuestra Majestad ha hecho merced del hábito de Santiago, presenta su genealogía y suplica se mande recibir la información de sus calidades y de las de sus padres y ascendientes.
Ofrece satisfacer los gastos de las diligencias y presentar los testimonios que fueren necesarios, así de las naturalezas de sus mayores como de las demás partes donde se hubieren de averiguar.
Y para ello pide se le dé el despacho que corresponda.
El agente aparta con la uña una gota del borde de la hoja.
—Esto es lo desembolsado. Ahora hay que dejar cubierto lo que falta.
Cuenta de los gastos de la pretensión de don Diego de Silva y Salcedo.
Por los memoriales puestos en limpio y las copias de la genealogía.
Por papel sellado y testimonios de las partidas que se han presentado.
Por las diligencias hechas para la remisión de los papeles de Nueva España y de las islas Filipinas.
Por los derechos que se causaren en el Consejo y sus oficinas, según los recibos que se dieren.
Se ha de hacer depósito para los salarios de los dos informantes y dar la fianza que se pidiere. Los gastos de sus diligencias se justificarán por cuenta separada.
No se comprenden en esta cuenta el manto, la insignia ni los demás gastos particulares del pretendiente.
La última línea es de Diego. La añadió la noche anterior porque Francisca le preguntó cuánto iba a costar todo y él contestó con la suma que tenía delante. Su mujer alzó los ojos de la ropa que repasaba.
—Todo, Diego.
No hubo reproche. Esa ausencia de reproche le hizo volver a tomar la pluma.
Ahora el agente dispone las hojas sobre una mesa prestada.
Por la puerta entreabierta entra olor a cera apagada y a lana húmeda.
El dinero que se deposite no compra la aprobación, explica; sostiene el trabajo que ha de hacerse para obtenerla.
Diego asiente. Ha prestado dinero y ha esperado su vuelta.
Sabe que un hombre puede consumir jornadas enteras sin producir nada que se toque.
Lo que le cuesta admitir es que las suyas, las que lleva gastadas desde la primera carta a Manila, no cuenten en ninguna partida.
Saca el memorial doblado. Lo abre sin cambiar los pliegues.
En la hoja caben sus padres, cuatro abuelos y ocho bisabuelos.
El agente ha dejado los nombres próximos al centro algo más juntos para que la descendencia llegue al margen sin torcerse.
Diego pasa un dedo por debajo de su padre.
Hernando. De niño lo veía añadir una raya a las cuentas cuando alguien quería dar una cantidad por cerrada: faltaba el porte, faltaba el gasto de la mula, faltaba siempre algo.
Entonces le parecía una cautela excesiva.
Ahora, ante el nombre inmóvil, siente ganas de preguntarle cuánto más.
GENEALOGÍA que presenta don Diego de Silva y Salcedo, natural de la ciudad de México, vecino de esta villa de Madrid, pretendiente del hábito de la Orden de Santiago.
Padre: don Hernando de Silva y Vera, natural de la ciudad de Manila, en las islas Filipinas. Madre: doña Isabel de Salcedo y Frías, natural de la ciudad de México.
Abuelos paternos: don Diego de Silva y Ribera, natural de Manila, y doña Beatriz de Vera, natural de la misma ciudad.
Abuelos maternos: don Rodrigo de Salcedo y doña Magdalena de Frías.
Bisabuelos por don Diego de Silva y Ribera: don Hernán de Silva, natural de la ciudad de Badajoz, capitán de infantería española y encomendero en la provincia de Bulacán, deudo del señor don Fernando de Silva, del hábito de Santiago, governador y capitán general que fue de las dichas islas; y doña Juana de Ribera, natural de la ciudad de México, hija de conquistador.
Bisabuelos por doña Beatriz de Vera: don Alonso de Vera y doña Mariana de Cárdenas.
Bisabuelos por don Rodrigo de Salcedo: don Francisco de Salcedo y doña Leonor de Acevedo.
Bisabuelos por doña Magdalena de Frías: don Pedro de Frías y doña Isabel de Valdés.
Así lo presenta y firma, para que se hagan las averiguaciones que fueren mandadas.
Diego de Silva y Salcedo.
La frase del gobernador ocupa casi tanto como los otros dos matrimonios juntos. Diego la mira.
—¿Basta con deudo?
—No se ha de poner un grado que no venga acreditado.
El agente dice esto sin levantar la cabeza.
Es la misma respuesta que le dio el rey de armas, aunque aquel se detuvo a explicarle el parentesco con más espacio y tuvo delante libros que el agente no tiene.
Diego recuerda la habitación: un brasero recogido bajo una mesa, los cantos amarillos de los volúmenes, una cortina que se hinchaba junto al marco mal ajustado.
En la pared colgaban armas iluminadas. Algunos colores parecían recientes; otros habían cedido hasta dejar visibles las líneas del dibujo.
Él se sentó procurando que el sombrero no tocara el suelo.
Por la ventana se veía la espalda de una casa, con balcones pequeños y una galería alta de madera.
Habían tendido ropa bajo el alero. Una sábana, demasiado larga para la cuerda, rozaba un tiesto cada vez que la corriente la sacaba de su aplomo.
Diego se fijó en esa insistencia mientras el rey de armas buscaba un asiento.
Más lejos asomaban tejados de distintas pendientes, un hastial sin revocar, dos chimeneas de las que salía humo casi horizontal.
Era un Madrid que no enseñaba fachadas: las piezas añadidas para hacer sitio a otro hijo, las ventanas abiertas donde había faltado luz, el remiendo de un canalón.
Él vivía en la villa desde hacía veintisiete años.
Nunca le había parecido tan visible el esfuerzo de quedarse.
—Su capitán y el gobernador llevan Silva —le dijo el profesional—. La noticia de la casa los tiene por deudos. Eso se puede hacer constar como se alega. Lo demás necesitaría su enlace.
La mano que señalaba el papel tenía una mancha negra en el nacimiento de la uña.
Diego había supuesto que el oficio consistiría en reconocer, entre los muchos hombres de un apellido, a los suyos.
Le tranquilizó aquella reserva. Un hombre dispuesto a escribirlo todo no le habría servido.
Necesitaba que alguien supiera dónde detener la pluma.
Después hablaron de Manila.
—Mi casa de Manila —dijo Diego.
—¿En qué calle?
Por un instante volvió a tener veintisiete años y estuvo en Cádiz, ante otra mesa.
Acababa de llegar en 1712. El escribano quiso un apellido de su abuela que él no sabía dar sin consultar los papeles guardados con el equipaje.
Recordaba el calor bajo el cuello, la indignación absurda contra el hombre que preguntaba y, sobre todo, la prisa con que otro pasajero respondió detrás de él.
Aquel había podido seguir. Diego tuvo que apartarse.
Esta vez llevaba la carta.
—En la calle Real.
La sacó para mostrar la dirección de sus parientes. No era su casa. Él no había pisado Manila. Sin embargo, durante el breve silencio que siguió a la pregunta, había temido perderla.
En 1740 cambia el criado que trae los recados del agente.
El nuevo golpea dos veces y espera; el anterior golpeaba una y probaba el picaporte.
Diego aprende a distinguirlo antes de verlo.
A veces no trae más que la petición de otro recibo.
Otras, un aviso de que ha llegado correo de Cádiz.
Entonces él busca en el semblante del muchacho algo que el muchacho ignora.
La solicitud salió de Madrid en 1737. Las cartas alcanzaron a los parientes de Manila, se copiaron encargos, se buscaron partidas.
Diego conserva respuestas que anuncian el envío de lo que todavía no recibe.
Al doblarlas sigue con el pulgar las marcas anteriores.
Hay dobleces hechos por manos que quizá no vuelva a estrechar, y otros por manos que nunca ha visto.
La badana se ablanda en la esquina donde apoya los dedos.
En el margen de una respuesta el agente le ha trazado el camino: de las islas a Nueva España, de una costa a otra por tierra, y después el Atlántico. Diego conoce una parte. Esa familiaridad no le sirve para acortar la que ignora.
Señor y pariente mío: