El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Acta de devolución #3
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Acta de devolución #3

Él no lo corrige. Esa demora le permite oírse sin arrepentirse enseguida.

Desde la consulta del jueves ha pensado varias veces en llamarlo sin llevarle nada que resolver.

Siempre encuentra primero una imagen, una duda breve, una razón suficiente.

Le incomoda admitir cuánto espera la conversación que queda después del trabajo.

No sabe si a él le ocurre lo mismo; cuando intenta averiguarlo, convierte en indicios un saludo, la hora de un mensaje, que recuerde lo de las vitrinas.

También sabe hacer eso. Se sorprende ahora deseando algo mucho menos interpretable: salir con él de este edificio, que su hombro estuviera a la altura del suyo, atravesar juntos el tramo abierto hasta la calle.

Sin necesidad de explicarle durante todo el camino lo que ha encontrado.

—¿Sigues dentro? —pregunta Kavi.

—Voy a salir.

—Llámame luego si te apetece.

Elena dice que sí. No le pregunta a qué hora puede enviar las notas.

Fuera, la Ciudad Universitaria tiene una amplitud que le obliga a cambiar el paso.

Hay edificios separados por aire, taludes donde la hierba crece a distinta altura, senderos cortados por las raíces que han levantado el pavimento.

Un grupo atraviesa la acera hablando; una muchacha camina de espaldas hasta que otra la coge de la manga.

Elena espera a que pasen. El viento desplaza olor de tierra calentada y lo pierde al llegar a la calzada.

Más allá de una hilera de troncos se abre una franja de cielo sin balcones.

Los árboles nuevos tienen tutores; otros, más viejos, extienden las raíces hasta un terreno desnudo donde la sombra conserva humedad.

En un banco hay un muchacho dormido con la mochila entre los tobillos.

A unos metros, una persona come de un recipiente apoyado sobre las rodillas y mantiene un libro abierto con el codo.

Elena reconoce la posición, la manera de perder sitio en un lugar que parecía bastante grande.

Le entran ganas de sentarse sin sacar ningún papel.

Podría seguir andando un buen rato y conservar esa distancia entre las cosas.

En Ayala, desde la ventana, las fachadas de enfrente le devuelven enseguida el tamaño de la habitación.

Cuando era estudiante había imaginado su vida de adulta con una imprecisión generosa.

Una mesa de trabajo, libros que pudiera dejar abiertos, alguien con quien hablar al volver.

Tenía las dos primeras cosas. La tercera le parecía entonces tan sencilla que no se ocupó de darle forma.

Ahora imagina a Kavi en una cocina que no conoce y se pregunta si aquella voz seguiría gustándole en una mañana sin descubrimientos, mientras cada uno buscara una taza y el otro estorbase para abrir un cajón.

El pensamiento la divierte; además la inquieta por lo fácil que le ha resultado quedarse en él.

No necesita apartarlo. Camina con la carpeta pegada al costado, sintiendo cómo recupera calor el brazo que había dejado inmóvil en la mesa.

Camina hacia el metro. A medida que se acerca a Moncloa, los pasos vuelven a juntarse, hay que elegir huecos, dejar pasar un coche, rodear a alguien que consulta una pantalla.

Bajo tierra recupera el olor tibio de los frenos y una corriente de aire que le levanta el pelo junto a la nuca.

Baja hasta el andén, espera un tren menos lleno y entra.

Consigue sentarse dos estaciones después.

Abre el cuaderno sobre la carpeta y busca el nueve de octubre de mil novecientos treinta y seis.

Enfrente pone marzo de mil novecientos sesenta y siete.

Le falta el día de la fotografía de Cholon; también la certeza de que aquel disco retratado y la proyección pertenezcan a una sola historia.

No dibuja aún una flecha de Madrid a Saigón.

Entre las fechas caben salidas, regresos, ventas que no conoce, años en los que el espejo pudo quedarse dentro de un cajón.

Ella había reunido las dos ciudades en el tiempo que tarda la mano en cambiar de renglón.

Mira por encima del cuaderno. Un hombre intenta plegar un periódico sin invadir el asiento de al lado; la página se le vuelve y tiene que empezar por el otro extremo.

Elena espera a que termine. Piensa en la caja veintisiete, en un tamaño que la ficha no le ha dado.

Durante la consulta había deseado abrirla.

Ahora lo que desea es saber quién la cerró por última vez, dónde puso la tapa, si escribió el número antes o después de acomodar el espejo.

Son preguntas pequeñas, todavía sin una persona a quien hacérselas.

Debajo de las fechas escribe: Salida del depósito por localizar. Fechas intermedias pendientes. Conserva al lado los tres espacios vacíos que ha copiado de la cartulina.

El cuaderno se mueve con la marcha. Elena sostiene la página por la esquina y traza una línea bajo las dos fechas. Al llegar a la estación siguiente cierra la tapa con el lápiz dentro, dejando fuera el extremo mordido.