El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Acta de devolución #2
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Acta de devolución #2

Devuelto a: ______ Acta n.º ____ de ____

Elena vuelve al principio. En el cuaderno, el número de inventario tiene un cuatro que podría leerse como un nueve. Lo repasa lejos de la cartulina. La dirección ocupa casi todo el renglón. Al escribir casa de Silva no añade nada.

Le cuesta mantener el tamaño de las letras hasta el último campo.

Ha reservado poco sitio para el depósito.

Lo abrevia, lo tacha y empieza de nuevo debajo, esta vez con el nombre entero.

Llega a la devolución. Traza seis guiones, deja el intervalo, escribe Acta n.º y reproduce los cuatro siguientes.

Después de de, otros cuatro. Mantiene el lápiz suspendido y cuenta ocho segundos en el reloj de la pared.

No pone un apellido. Recorre con la vista la línea y pasa a comprobar el número de fotografía.

No hay campo para saber de dónde había llegado el espejo a aquella casa.

Hay, en cambio, un reverso con león y dragón que Elena no consigue encontrar en la fotografía.

Ve nácar, remaches, la montura. Vuelve a su toma de febrero.

Tendrá que separar lo escrito de lo visible, averiguar qué parte describieron bajo aquel nombre.

También anota el baúl, sin identificarlo con el que tiene en Ayala.

Los cuatro biombos entraron con el espejo; el del primer sobre tenía otra procedencia.

Pide ver la vuelta. Está vacía salvo una anotación de orden que copia aparte.

Pregunta si hay un acta de devolución asociada al inventario.

La funcionaria consulta la descripción, vuelve a la cartulina y le dice que no se ha servido ninguna con aquella ficha; tendrán que buscar en otra documentación. Puede dejar hecha la petición.

—¿Entonces no se devolvió?

La pregunta le sale antes de haberla pensado entera.

—Aquí no está anotado.

Elena asiente. Baja la vista a su cuaderno, donde no ha escrito ni una palabra que necesite tachar.

La explicación de la guerra le resulta inmediatamente disponible: traslados, prisas, papeles apartados de otros papeles.

Querría que bastara. También sabe lo cómoda que sería una causa tan grande, capaz de llevarse por delante cualquier pregunta pequeña sobre quién recogió una caja.

No elige entre las posibilidades. Pide que busquen el acta.

La reproducción de la fotografía tendrá que solicitarla.

Elena apunta el procedimiento y comprueba que consten ambas caras de la cartulina en su petición.

No intenta levantar los esquineros. Mira por última vez el borde del nácar, oscuro sobre la tela clara, y devuelve la ficha dentro de su sobre. Levanta el lápiz.

—¿Se lo dejo aquí?

—Quédatelo.

Cuando le retiran el cuarto, la mesa parece haberse ensanchado.

Sale al espacio central todavía con el cuaderno abierto.

Bajo la cúpula, el hormigón se distribuye en anillos y planos que la luz hace pesar de manera distinta.

En unas zonas es gris, casi frío; en otras recoge un tono cálido que Elena no sabe si procede del día o de la superficie.

Las líneas se repiten alrededor del patio cubierto, pero al avanzar dejan de coincidir: un apoyo oculta el siguiente, una abertura gana altura, el borde de una pasarela se adelanta y corta el fondo.

Le gusta que el edificio no se entregue de una sola vez.

Puede caminar sin elegir todavía qué hacer con lo que acaba de leer.

Arriba, las claraboyas reciben una claridad más intensa que no llega entera al suelo.

Entre los distintos niveles se cruzan voces que pierden las palabras antes de alcanzar su sitio.

Se aparta de un paso y llama a Kavi.

Él contesta después del cuarto tono.

—¿Puedes hablar?

—Ahora sí.

Elena le cuenta la fotografía, el largo, la grieta. Cuando dice casa de Silva, él no la interrumpe. Ella había preparado una explicación sobre la dirección y acaba por no darla.

—Entró en el Arqueológico en octubre de mil novecientos treinta y seis. La devolución está en blanco.

—¿La ficha lleva número de fotografía?

—Sí. El mismo que el inventario. Tengo que pedir la reproducción.

—Pregunta si localizan el negativo o una copia mejor en la fototeca. Y el acta, por separado.

—Ya la he pedido.

Él tarda un poco en responder. En el teléfono se oye un ruido de vajilla.

—Bien.

La palabra la irrita menos de lo que habría imaginado. No quiere que le conceda la razón, pero sí que permanezca al otro extremo mientras ella decide qué puede decir. Se sienta en un lugar desde donde no estorba y apoya la carpeta sobre las rodillas.

—La de mil novecientos sesenta y siete es más de treinta años posterior.

—Sí. Pero allí no se ve el objeto.

—Se ve lo que hacía.

—Lo que atribuimos a un espejo. Hay que mantener las dos comparaciones.

Elena mira su impresión de febrero. Para la grieta tiene esa imagen. Para la mancha de Cholon, los ensayos de marzo. Dos caminos que aún no puede unir solo porque le pertenezcan los papeles.

Le dice que enviará las notas. Kavi pregunta cómo está.

Elena se dispone a contestar que cansada; sería cierto y le permitiría continuar con otra fecha. En cambio dice:

—Me ha molestado encontrar mi casa.

—¿La de Ayala?

—No. La otra. No sé por qué he dicho mi casa.