El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Acta de devolución
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Acta de devolución

El lápiz no tiene goma. Elena busca con el pulgar el extremo que debería llevarla y encuentra madera, mordida en dos sitios. La funcionaria le señala una hoja donde probar la punta.

—Aquí, por favor. En la documentación no se apoya nada.

Elena traza una raya. El grafito deja un surco más claro por el centro. Tendrá que inclinar el lápiz.

Ha entrado por Pintor El Greco con la carpeta de fotografías bajo el brazo.

Conoce el acceso al instituto; hoy, sin embargo, la puerta que debe cruzar está en otra dirección.

Durante unos pasos sigue por costumbre hacia los laboratorios, hasta que mira la indicación que lleva en el teléfono y vuelve.

El espejo permanece allí, en su caja, a una distancia que podría recorrer sin salir del edificio.

La proximidad le produce una impaciencia nueva.

Preferiría poder consultarlo como se consulta una palabra, tenerlo delante para que cada rasgo dudoso de una fotografía encontrara enseguida su relieve.

Sabe que no será así. Ha pedido una consulta de archivo y ha recibido una cita de archivo.

En la carpeta lleva las imágenes que hizo en febrero.

La sala es pequeña. La luz cae sobre mesas de melamina, unas superficies claras donde las sombras de los papeles apenas alcanzan espesor.

Al fondo hay una puerta cerrada y un mueble bajo; encima, unas cajas vacías esperan con las tapas puestas en vertical.

Desde su silla Elena ve solo una parte de la circulación exterior: piernas que pasan, un borde de chaqueta, el perfil de alguien que se detiene a hablar fuera.

El techo le parece más bajo que en el espacio que acaba de atravesar.

Aquí los ruidos llegan separados. Primero una suela, después el chasquido de una puerta, más tarde el roce largo de una caja al cambiarla de sitio.

En el puesto contiguo nadie ha dejado nada.

Elena acerca un poco su silla a ese espacio libre y la devuelve donde estaba.

La funcionaria repasa la petición.

—Espejos. Objetos orientales. Metal. Madrid, incautaciones de mil novecientos treinta y seis y treinta y siete.

—Sí. Puede estar descrito sin decir de qué metal.

—Tenemos cuatro fichas para empezar. Algunas descripciones son muy generales. Se las doy de una en una.

Le permite usar el cuaderno, le indica dónde dejar la carpeta personal y vuelve a explicar el modo de sacar la cartulina del sobre. Elena ha asentido demasiado pronto la primera vez. Ahora espera hasta el final.

El primer sobre contiene un biombo.

Hay una fotografía pequeña y una descripción que reúne madera, incrustaciones y herrajes.

Elena había buscado la palabra oriental; el objeto se la devuelve ocupando una habitación entera.

En la imagen, una de las hojas del biombo queda abierta menos que las otras.

La sucesión de paños pierde su regularidad allí, en una sombra estrecha.

Elena examina los bordes por si la descripción incluyera otro objeto.

No lo incluye. Copia la referencia, escribe descartado y entrega el sobre.

Del segundo salen unos marfiles. Dos figuras están fotografiadas de frente; una tercera, girada, parece haberse apartado del grupo.

Hay metal en sus peanas. Elena lee la procedencia sin reconocerla y siente alivio antes de saber de qué se ha aliviado.

La dirección pertenece a otra familia. Le avergüenza aquella ventaja minúscula: poder mirar la pérdida de una casa ajena con más libertad que la suya.

Ha venido a trabajar, se dice. La frase le sirve mientras comprueba las medidas; después vuelve a molestarle.

Tiene treinta y cinco años, un contrato que acabará y una vivienda que no ha tenido que comprar.

Las dos primeras cosas le resultan fáciles de contar.

La tercera suele aparecer tarde en la conversación, si aparece.

Cuando habla de las facturas pendientes, de los informes que pagan mal, todo lo que dice es cierto.

También lo es que puede cerrar por dentro la puerta de Ayala sin calcular una mensualidad.

Querría que esos hechos dejaran de corregirse entre sí.

A veces logra vivir una mañana entera como si su esfuerzo le perteneciera solo a ella; otras, una pregunta inocente sobre el barrio basta para devolverle el tono con que Álvaro había dicho una buena base.

Hoy necesita que una cartulina antigua no venga a darle la razón a él.

Devuelve los marfiles.

El reloj del tercer sobre tiene dos columnas, una esfera clara y adornos que la fotografía convierte en manchas.

Durante unos segundos, el óvalo del péndulo parece un espejo colgado bajo otro espejo.

Elena cambia de distancia para leer la leyenda.

Reloj de sobremesa. Las columnas tampoco son lo que le habían parecido.

Apoya los antebrazos en su lado de la mesa.

Le duelen los ojos por haber querido encontrar demasiado pronto.

En el correo de la cita, la selección parecía breve; tres sobres después, empieza a imaginar centenares de objetos mal descritos, variantes de una palabra que no pidió, cajas donde un espejo sería únicamente un efecto de metal.

Piensa en Thomé Cubey, el nombre fiscal que Kavi le envió desde Sevilla.

Le gustaría llegar hasta aquel hombre. Por ahora no puede atribuirle ni siquiera el disco que conoce al milímetro.

Hay días en que el trabajo retrocede más cuanto más exactamente consigue hacerlo.

—El último —dice la funcionaria.

Elena recibe el cuarto sobre con las manos despejadas.

La esquina de la cartulina se ha doblado y alguien la ha alisado sin borrar la marca.

Arriba, un número rojo se separa de la mecanografía negra.

La fotografía está sujeta por esquineros.

Dentro de su rectángulo gris hay un paño, una regla de madera y una línea que Elena reconoce antes de haber compuesto el objeto entero: la grieta del nácar, cerca de un remache, termina contra una pequeña sombra.

El borde levantado. Se inclina, vuelve a alejarse y busca en su carpeta la imagen de febrero.

No coloca los dos papeles juntos hasta que le indican dónde puede dejar la reproducción propia.

En la fotografía reciente la corrosión tiene color; en la antigua se confunde con otras oscuridades.

La hendidura, en cambio, conserva un recorrido que puede seguir por tramos.

Elena gira su impresión, no la cartulina.

El mango queda abajo en las dos. Mira la guarnición, las proporciones, el lugar que ocupa cada remache visible.

Una pérdida junto al cerquillo es mayor ahora.

Otro punto no admite comparación porque el brillo ha borrado el detalle en la toma vieja.

Se ha quedado sin aire al final de una respiración. Lo suelta despacio. Antes de escribir nada vuelve a las medidas.

Veinticuatro centímetros.

Lee la procedencia.

La casa de Silva. El palacete del general, en la Castellana.

La dirección aparece sin el nombre del Grupo, sin logotipo, sin las palabras que indican ahora adónde dirigirse.

Elena copia el treinta y siete bis; tendrá que cotejar aquella numeración con un plano de la época.

Lo que reconoce sin esfuerzo es el nombre de la casa, que ha visto al pie de los correos que terminan deseándole una buena tarde.

En la sala del archivo le parece haberlo pronunciado en voz alta.

La funcionaria sigue al otro lado de la mesa. No la está mirando.

Elena teme por un instante que le pregunte si aquello le pertenece.

Tendría que responder demasiado. El legado, la entrega del baúl, la ficha que está leyendo; cada cosa necesitaría su fecha.

Además está el modo en que reconoce una casa: no por el dominio inscrito, sino por saber qué puerta se atasca, dónde deja el abrigo Leonor, qué retrato tapa el abogado cuando se sienta.

Ese conocimiento la acerca al edificio más de lo que desea.

No siente una culpa precisa. Siente resistencia a ser sorprendida en una intimidad que nunca ha tenido que justificar.

Mira otra vez la fotografía. Debajo del espejo, el paño se ha arrugado a un lado.

Alguien debió de intentar alisarlo; persisten dos pliegues pequeños.

La regla no está enteramente paralela al mango.

Le conmueve esa falta de ajuste, el trabajo suficientemente bien hecho para que ella pueda continuar casi noventa años después.

Ignora el nombre de quien dispuso las cosas.

Le gustaría que hubiera quedado en una esquina, aunque no fuera a encontrar nada más sobre esa persona.

Pregunta por la fecha de la cartulina.

—Las anotaciones pueden ser de distintos momentos —le explican—. Una fecha de entrada no fecha todos los campos.

En efecto, el nombre de la Junta y las entradas del objeto comparten espacio con un apartado de devolución añadido más abajo.

Hay diferencias de cinta, de alineación; Elena no sabe asignar un año a cada una.

En las palabras de la estampación inferior reconoce el nombre del servicio que tramitó devoluciones después de la guerra.

Copia primero el encabezado. Después el número, sin convertirlo en la referencia del sobre.

JUNTA DE INCAUTACIÓN Y PROTECCIÓN DEL PATRIMONIO ARTÍSTICO

FICHA DE OBJETO

Inventario: 11484.

Procedencia: casa de Silva, palacete del general. Paseo de la Castellana, n.º 37 bis.

Incautación: 18 de septiembre de 1936.

Objeto: espejo de metal oriental con mango, guarnición de plata y nácar; reverso con león y dragón.

Autor o escuela: anónimo. Trabajo oriental (¿japonés?) con montura hispano-filipina.

Época: siglo XVII (?).

Medidas: 12 cm de diámetro; 24 cm con mango.

Estado: bueno; pátina; un desconchado en el nácar.

Depósito: Museo Arqueológico Nacional. Caja 27.

Fecha de entrada: 9 de octubre de 1936.

Observaciones: ingresa con baúl de viaje y cuatro biombos (fichas n.º 11485 a 11488). Fotografía adjunta. Madrid, octubre de 1936. N.º 11484.

SERVICIO DE DEFENSA DEL PATRIMONIO ARTÍSTICO NACIONAL