Copia certificada #2
A la una y cuarto cierra por donde le indican. La cinta tiene un extremo más largo. Elena la pasa por debajo, hace una lazada sin apretar y tira del extremo equivocado; queda un aro minúsculo y otro que casi sale de la carpeta. Deshace el nudo. Esta vez se parece al que recibió.
Devuelve el expediente y recoge su carpeta y el cuaderno de la taquilla. Guarda entre las páginas las hojas de la mañana.
Fuera, Serrano es una sucesión de reflejos que obliga a levantar los ojos de uno en uno.
El parabrisas de un autobús devuelve un pedazo de cielo; al pasar, descubre una fachada que estaba entera detrás.
En los árboles, las hojas nuevas aún dejan ver la estructura fina de las ramas.
Hay luz entre una hoja y la siguiente, un verde poco seguro que el movimiento del aire vuelve casi amarillo.
Bajo las copas, las sombras no llegan a formar una sola mancha.
Elena camina sobre ellas buscando un sitio donde abrir el cuaderno.
La acera parece demasiado ancha después de la sala, pero cada vez que se detiene alguien necesita exactamente el lugar que acaba de elegir.
Llama a Kavi junto a una pared, con la carpeta apretada entre el codo y el cuerpo. Él contesta desde Sevilla. Le dice que tiene diez minutos antes de volver a entrar.
—He encontrado la partida que necesitaban para el hábito. La copia, de mil setecientos treinta y nueve.
—¿La de Diego?
—Del primero. Mil seiscientos veinticinco. La madre figura como difunta.
Un camión le tapa la respuesta. Elena se vuelve hacia la pared y le pide que repita.
—En los méritos del capitán hay una fecha de viudedad. Tengo que mirarla entera.
—¿La tienes?
—Localizada. No la he cotejado con esto.
Ella le lee la partida. Al llegar a la filiación baja la voz, sin querer. Kavi pide que le envíe la hoja completa, la vuelta y la diligencia.
—Hay tres firmas.
—Veremos qué dice cada una.
—También lo emparentan con el gobernador.
—¿Con un documento o con el árbol?
Elena cambia de brazo la carpeta.
—De momento, con el árbol.
Quedan en comparar los textos cuando él termine la consulta. Antes de colgar le pregunta si ha comido. La pregunta le llega a Elena como si no perteneciera a aquella voz, tan ocupada hasta ahora en que cada fecha fuera de alguien.
—No.
—Yo tampoco. Te mando lo que encuentre.
Come en una barra cerca del archivo. El plato ocupa el espacio donde quería apoyar el cuaderno y acaba guardándolo.
Durante un rato sigue las manos de quien corta pan detrás del mostrador.
Reconoce el cansancio de estar de pie sin que los clientes lo adviertan.
Cuando le preguntan si quiere café, dice que sí antes de recordar que llevaba toda la mañana deseando agua.
Regresa a Ayala andando parte del camino.
Las casas recobran una escala que conoce: persianas a medio bajar, balcones con el suelo lavado, ventanas en las que el sol alcanza el techo antes que los muebles.
En una esquina sale aire frío de una tienda; dentro, dos personas se inclinan sobre una prenda extendida.
Un portal abierto deja ver el comienzo de una escalera y, al fondo, un patio con un solo tiesto, grande, demasiado pesado para la planta que sostiene.
Desde la acera, Elena ve las hojas inmóviles bajo una claridad que llega de muy arriba.
Le bastaría entrar dos pasos para perder la calle y oír de otro modo sus propios zapatos.
Continúa. Más allá, una obra ha dejado un pasillo entre vallas.
Elena cede el paso a una mujer con un andador y espera mientras las ruedas encuentran los pequeños desniveles de las planchas.
La mujer le agradece que no tenga prisa.
Ella responde que no, y durante esos metros consigue cumplirlo.
El miércoles entrega las notas de las vitrinas. Entre dos fotografías de una pieza abre el mensaje de Kavi y vuelve a cerrarlo. Lo lee en casa, de pie, antes de quitarse los zapatos.
La información de méritos termina con el despacho de los traslados el nueve de junio de 1626.
Él ha señalado la pregunta novena: «viudo desde marzo de mil y seiscientos y veinte y tres».
Un testigo dice que asistió al entierro aquel marzo.
Otros repiten lo que se sabe del hijo. Kavi ha enviado las páginas que permiten distinguir quién responde y a qué; Elena tiene que reducirlas para ver el conjunto y ampliarlas de nuevo para leer la línea.
Escribe dos fechas en una hoja suelta. Marzo de 1623. Mayo de 1625.
Le sale una cuenta de dos años y dos meses.
Antes de acabar de subrayarla se acuerda de que un bautismo puede hacerse tarde.
Pudo tener dos años; pudo haber un motivo para esperar.
Abre la imagen de ayer. Allí está abril, seguido de este presente año.
Borra mayo de su cuenta y escribe abril.
Queda el resto del subrayado, demasiado largo.
Durante unos segundos le molesta que la corrección resulte tan pequeña.
Juana de Ribera. Difunta. Hijo legítimo.
En el cuaderno escribe contradicción y debajo coloca las referencias, una frente a otra. No sabe qué fecha corregir ni de quién pudo ser aquel niño. Piensa en llamar. En vez de hacerlo envía las dos imágenes con las líneas marcadas en copias, conservando las tomas enteras aparte.
El jueves sale del museo con una respuesta más breve de la que esperaba.
Kavi no ha localizado el libro de 1625 en los catálogos y repertorios que ha consultado.
Le adjunta la relación de búsquedas y las preguntas enviadas.
La remisión al vuelto del folio ciento nueve permite esperar un asiento; de momento no permite abrirlo.
Hay noticias de destrucciones en Manila, pero ninguna de las que ha podido comprobar le entrega la historia de ese volumen preciso.
Elena lee el mensaje dos veces en el metro.
Frente a ella, el cristal devuelve su cara sobre un túnel que a intervalos se llena de cables.
Cuando entran en una estación, el rostro pierde profundidad y los carteles del andén quedan detrás de sus ojos.
Levanta la vista de la pantalla para separar las dos cosas.
A las nueve y media llama desde Ayala. Ha abierto el ordenador sobre la mesa, junto al enchufe.
La habitación conserva el aire del día en la parte alta; cerca del suelo entra frío por una hoja mal ajustada del balcón.
Elena se quita los zapatos y los coloca bajo la silla.
Del patio interior sube el agua que corre en otra cocina y, después, el golpe de un cubierto.
La luz de la lámpara deja fuera una esquina del aparador.
Allí están las carpetas que ha ido reuniendo desde febrero, con sus lomos desiguales; una contiene la fotografía antigua, otra la servilleta doblada.
El baúl queda más allá, cerrado. El espejo continúa en el IPCE.