El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Copia certificada
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Copia certificada

La cinta ya está floja cuando le entregan la carpeta. Elena tira del extremo corto, el que conserva la curva del nudo, y la deja extendida a su derecha. Tiene un lado más claro que el otro. Antes de abrir el expediente mira cómo pasa por debajo, para devolverlo del mismo modo.

Ha llegado a Serrano a las nueve. Desde la entrada del recinto del CSIC, el archivo le ha parecido más bajo de lo que esperaba.

La portada reúne la atención en la piedra clara, en sus cuerpos superpuestos, mientras el ladrillo se extiende a los lados con una regularidad que el sol va interrumpiendo.

El aire de la calle todavía movía las ramas detrás de ella; más adentro había un silencio repartido entre edificios, roto por pasos que no encontraba enseguida.

Ha cruzado despacio, buscando el acceso.

En la sombra, las juntas del ladrillo conservaban una humedad oscura; arriba, cada saliente dejaba una línea nítida sobre el plano siguiente.

Le había costado separar la entrada de servicio de las otras puertas.

Una persona que salía con una carpeta le ha indicado el camino sin detenerse y Elena ha tenido que seguir unos segundos la dirección de su brazo cuando ya lo había bajado.

Durante el trayecto le ha entrado un mensaje del museo: «El martes está firmado. Acuérdate de pasarme lo de las vitrinas». Ha contestado que lo enviará el miércoles. Ahora deja el teléfono boca abajo junto a las cuartillas.

En su puesto hay sitio para la carpeta, el lápiz y el ordenador, pero el cable queda corto.

Mueve la silla en vez del expediente. Desde allí, la sala del Archivo Histórico Nacional se extiende en superficies despejadas que las personas ocupan de maneras distintas: una espalda inclinada hasta casi tapar su trabajo, dos manos quietas a los lados de un volumen, una mujer que mira hacia delante después de cada renglón.

Elena se había preparado para el olor del papel antiguo.

Lo que distingue es el jabón que le queda en los dedos y, de vez en cuando, el aire más fresco de alguien que pasa.

Las lámparas mantienen la misma claridad aunque por las ventanas cambie el día.

En el puesto de enfrente una manga azul avanza unos centímetros; queda al descubierto un margen amarillento y vuelve a desaparecer.

El apellido la ha llevado hasta el índice de Santiago.

Luego han venido la consulta del catálogo, las fechas, el nombre completo del pretendiente: Diego de Silva y Salcedo.

No es el primer Diego de sus notas. Este nació mucho después, en 1685; su expediente lleva fecha de 1741.

Elena ha escrito los dos años junto a su nombre, en una hoja, para no reunir en un solo hombre a cuantos se llamaron igual.

Empieza por la primera hoja. El expediente está cosido en cuadernillos; algunos abren mejor que otros.

Donde el hilo atraviesa el papel hay una pequeña sombra que acompaña al pliegue hasta perderse bajo la hoja siguiente.

En la esquina, un número de tinta se inclina hacia el borde.

Hay otros, más débiles, que no siguen la misma secuencia.

Los copia en columnas distintas. Cuando intenta pasar dos folios juntos, se detiene, baja la mano y separa el superior por su borde libre.

El árbol ocupa una plana ancha. Cuatro abuelos se distribuyen alrededor de los padres; por arriba continúan otras ramas, enlazadas con trazos que unas veces se curvan para salvar un nombre y otras lo rozan.

Elena ve primero la regularidad, esa manera de hacer caber a una familia sin que ninguno estorbe.

Después aparecen las diferencias: un lugar añadido entre dos renglones, un tratamiento que necesita una vuelta más de la pluma, una mujer cuyo apellido se aprieta contra el trazo por el que desciende su hijo.

El papel tiene un pliegue horizontal y la tinta se adelgaza al cruzarlo.

Para seguir una rama debe inclinarse y volver luego a su asiento, recuperar desde lejos lo que la proximidad ha deshecho.

Don Fernando de Silva, gobernador de Filipinas.

Por un instante lee el nombre de su padre.

No la fecha, ni el cargo, solo las tres palabras, con esa facilidad que tienen las letras conocidas para separarse de lo que las rodea.

Busca la rama hacia abajo. El capitán Hernán figura enlazado con el gobernador mediante un parentesco que el dibujo da por sentado.

Ella encuentra Silva en ambos extremos. Entre los dos hay una línea continua.

En otra hoja escribe la relación tal como la declara el árbol.

No la incorpora aún a la lista de personas comprobadas.

Una miga de grafito cae de la punta; la aparta del papel con el dorso de un dedo, lejos del expediente.

Al releer ve que ha puesto Fernando donde debía poner Hernán. Tacha y vuelve a escribir.

Después vienen las informaciones. Se suceden preguntas y respuestas, tratamientos, lugares, edades.

Elena lee de palabra en palabra hasta que cree haber aprendido una abreviatura; en el renglón siguiente deja de servirle.

Mantiene el índice suspendido bajo la línea, a un centímetro del papel.

Le duele pronto el brazo. Lo baja, busca en la página una letra grande que le permita regresar al mismo punto y empieza otra vez.

Uno de los testigos dice que sabe. Más abajo explica de quién lo sabe.

Elena subraya la diferencia en su propia hoja y apunta el folio.

Otro parece responder a varias preguntas con una sola fórmula.

Hay una palabra que ella lee dos veces como casa antes de admitir que todavía no la ha leído.

Deja un espacio entre corchetes. Sobre la mesa, su transcripción tiene blancos mucho más anchos que las lagunas del original.

A las once y media apenas ha terminado un cuadernillo. Sale unos minutos, bebe agua y regresa. En el pasillo le ha parecido que las piernas eran demasiado largas para su cuerpo. Al sentarse otra vez, la altura de la mesa vuelve a ordenar las distancias.

La copia de Manila cambia de letra.

El papel conserva tres dobleces antiguos, visibles aunque esté desplegado.

En las intersecciones se ha acumulado un color algo más oscuro.

Hay armas impresas, un año, un cordel que no pertenece a la costura del expediente.

Elena no tira de él. Pregunta cómo debe apoyar la hoja y espera a que se la acomoden.

Bajo la última línea, el signo del escribano crece hacia abajo en un dibujo que tarda más en seguir con los ojos que el nombre al que acompaña.

Otras firmas ocupan el pie y la vuelta. Cuenta tres intervenciones de manos distintas, sin saber todavía qué certifica cada una.

La fecha que busca aparece en el cuerpo, escrita con palabras. Ve mayo. Más adelante, veinte y cinco. Antes de eso hay un veinte que casi se le ha pasado. Recorre el renglón desde el principio y anota: 26 de mayo de 1625. La diligencia final lleva otra fecha, catorce de junio de 1739.

No son dos fechas del niño.

Apunta debajo: copia. Luego añade una flecha hasta 1739.

Ha obtenido permiso para hacer unas fotografías de trabajo.

Antes de levantarse comprueba que el flash esté desactivado; sostiene el teléfono sobre la hoja, sin apoyar nada en ella.

Hace una toma completa y otra de la parte que le cuesta leer.

La pantalla alisa las ondulaciones, acerca unas tintas y separa otras.

Vuelve a sentarse. Quiere copiar también a mano.

Al escribir descubre cuánto había dado por leído solo porque la frase parecía continuar de una manera conocida.

Tarda en llegar a difunta.

La palabra no está añadida al margen. Ocupa su lugar después de mujer, con una coma a cada lado, y el renglón sigue hasta vecinos.

Elena acerca la cara, se detiene antes de que el pelo alcance la mesa y lo recoge detrás de las orejas.

En la copia, el trazo de la efe baja limpio; su propia mano, al reproducir la palabra, hace una pequeña curva involuntaria.

Tacha la palabra en sus notas. Vuelve a escribir sin apretar tanto.

Copia inserta en las pruebas de Santiago de 1741. Transcripción de trabajo de Elena; se omiten los nombres de los padrinos y las legalizaciones.

En la ciudad de Manila, en veinte y seis días del mes de mayo de mil y seiscientos y veinte y cinco años, yo, el licenciado Pedro de Soria, cura del Sagrario de esta santa iglesia catedral, bauticé solemnemente a Diego, nacido en el mes de abril de este presente año, hijo legítimo del capitán Hernán de Silva y de doña Juana de Ribera, su mujer, difunta, vecinos de esta ciudad; [… ] y lo firmé.

Pedro de Soria.

Concuerda este traslado con su original, que queda en el libro primero de bautismos de españoles de esta santa iglesia catedral, a fojas ciento y nueve vuelta, de donde le hice sacar y saqué en la ciudad de Manila, a catorce de junio de mil setecientos y treinta y nueve años; y en fe de ello lo signé y firmé. En testimonio de verdad.

[Signo y firma del escribano.]

Elena compara cada línea con su fotografía. Abril se lee mejor que el apellido. Lo ha escrito sin señalar ninguna duda. En otro lugar corrige una ese; en el número del folio deja el desarrollo de la abreviatura para preguntárselo a Kavi.

Sigue hasta el dictamen. El expediente pasa de una mano a otra sin que desaparezcan las anteriores: una firma al pie, una anotación que ordena continuar, la misma palabra repetida con distinta inclinación.

En el árbol ha encontrado un parentesco; en las informaciones, voces que lo sostienen.

Aún no ha encontrado qué documento une al capitán con el gobernador.

Vuelve a la referencia que dejó en sus notas y comprueba que no se ha saltado un folio.