El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 18 · Pilares de toba #3
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18 · Pilares de toba #3

Quiere saber si su madre también trabajaba el metal. Marina niega con la cabeza, después mueve la mano como si apartase algo que no ha sabido decir. Le recoge el sen y lo sostiene sobre el paño.

—Llevaba el agua. Hacía más cosas.

Él espera una de esas cosas. Marina alisa la tela.

—Me dijo unas palabras.

Las dice en tagalo, despacio:

—Hasta que no se mezcle la sangre derramada, no se verá la verdad.

Mateo la oye acabar y mira otra vez el filo. Marina sigue el movimiento de sus ojos.

—No te has cortado.

Le hace abrir las manos. Están limpias. El niño repite la frase por partes, porque al llegar a derramada ya no recuerda bien lo que viene después. Marina lo ayuda con el final. Él la dice entera y pregunta si su madre hablaba como ellos.

—Como tú.

Vuelve a envolver la herramienta. Antes de guardarla, le deja sujetar el extremo del paño; juntos la acomodan atravesada bajo la ropa. La bolsa pequeña sigue a un lado. Mateo acerca un dedo al nudo, pero Marina la aparta.

—Eso también era de ella.

No la abre. Baja la tapa hasta que él retira los dedos.

Al año siguiente, Mateo ya puede llevar más agua, aunque Marina sigue dejándole menos de la que pide. Se sienta con ella a la sombra cuando hay que restregar una colada difícil. Él moja, ella frota; después cambian de lado el recipiente porque el sol ha avanzado.

Una tarde le pregunta de nuevo por el espejo. Ha visto pulir metal en el Parián. Quiere saber si era grande, si tenía mango, si el japonés podía levantarlo con una mano. Marina contesta a lo que sabe y deja sin contestar el resto. El niño insiste en lo que pasó cuando vino el capitán.

Ella mantiene la ropa bajo el agua. Dice una palabra japonesa que Mateo no recuerda haberle oído.

—Noroi.

Luego pronuncia otra, en la lengua de Dilao.

—Sumpa.

Él espera. Marina saca la prenda, busca una mancha a la luz y vuelve a hundirla.

—Acerca el cazo.

Mateo se lo alcanza por el mango.

En 1635 la noticia se da en la explanada.

Un hombre ha traído de los barcos lo que se dice de Japón.

Los que salgan del país no podrán volver; los que intenten volver serán muertos.

También se prohíbe embarcar para salir. El hombre lo cuenta primero en japonés y después responde a dos preguntas que Mateo apenas oye, porque Marina está sacudiendo una sábana a su lado.

Los viejos se han reunido cerca de la iglesia.

Algunos llevan tanto rato de pie que han buscado dónde apoyarse.

Uno pregunta si se trata de los cristianos.

El hombre contesta que de los japoneses.

Otro empieza a hablar de lo que dijeron años atrás, pero no acaba.

Por la explanada pasa una mujer con una cesta de fruta y tiene que rodearlos.

Nadie se aparta hasta que ella pide sitio.

Marina tiende la sábana. Una vez ha dicho que debe de tener cuarenta y cinco años.

Mateo nunca consigue imaginársela más pequeña.

La ve alzar ambos brazos, buscar la cuerda a través de la tela y sujetarla con dos pinzas.

Cuando acaba vuelve por la siguiente. El hombre de las noticias continúa hablando, ahora más bajo.

Marina le pide al niño que levante del suelo una punta mojada.

Unos días después cruzan el puente con la ropa que han recogido.

Mateo tiene diez años. La madera está gastada en el centro del paso y conserva a los lados astillas que no conviene rozar con los pies desnudos.

Ya sabe encontrar los diez ojos desde la orilla, pero lo que mira al cruzar es la raya verde de los pilares.

Por la mañana estaba bajo el agua. Ahora queda al aire una franja ancha, brillante todavía junto al borde inferior.

Han dejado atrás una carga de esteras que ocupaba todo el paso.

Desde aquel lado se ve la orilla por debajo de los tejados, las escaleras que se interrumpen antes de llegar al agua, el barro abultado alrededor de los postes.

A lo lejos un hombre anda sobre una tabla inclinada llevando algo entre las manos; su sombra se mueve por el costado de una embarcación, más deprisa que él.

Mateo se asoma un poco. Bajo sus pies la corriente encuentra la pila y se divide, clara de un lado, oscura del otro.

Un palo se queda dando vueltas en el remanso hasta que una onda lo empuja y lo suelta.

Marina espera a que termine de mirarlo antes de echar a andar.

Pide bajar.

Marina se acerca a la escalerilla del segundo pilar y deja el cesto en un sitio seco. Desde allí puede verlo. Le indica que no pase del último peldaño que queda fuera del agua.

Mateo baja de espaldas. El olor del río aumenta debajo de las tablas: barro, madera mojada, algo salado que el viento trae y se lleva.

Hay conchas pequeñas pegadas a la piedra.

Una tiene un borde claro y él prueba a moverla, pero está tan sujeta que se le dobla la uña.

Retira la mano. Arriba cruje la madera y cae un polvo fino entre los dos.

Marina le dice que no tarde.

Él apoya una mano en el peldaño, se inclina y toca el agua con los dedos. La superficie está tibia. Hunde la mano un poco más, hasta la muñeca. Allí está fría.