18 · Pilares de toba #2
Él la baja. Espera hasta que ella vuelve a la manga y da un golpecito con la uña. Casi no suena.
No es la primera vez que viene al taller, pero nunca le habían dejado una pieza para acabarla. La sostiene a la luz, pasa un dedo por el canto y reconoce un sitio que todavía engancha. Vuelve a sentarse. Cuando le llaman a comer, esconde la pieza debajo de la mano.
—Déjala —dice Marina—. Nadie te la va a terminar.
El cuenco tiene más arroz del que esperaba. Come sentado a su lado. El fundidor recoge la pieza y la examina sin decir nada. Mateo deja de masticar hasta que el hombre la coloca con las otras.
Al salir, Marina le sacude la ropa. De cada pliegue cae un polvo diferente. Él abre las manos para enseñárselas; están grises en los bordes de los dedos y limpias en las palmas.
—Mañana otra vez —dice.
—Mañana, si te levantas.
Se duerme antes de acabar de contarle cuáles han sido sus piezas.
Ese mismo año llegan los japoneses enfermos.
Mateo los ve pasar desde el borde del camino, cogido de la ropa de Marina.
Algunos andan; a otros los llevan, y una mujer no suelta un bulto que los que ayudan intentan quitarle para que camine mejor.
Hay niños. Uno mira hacia donde está Mateo y sigue mirándolo después de haber pasado, hasta que tropieza y lo enderezan por los hombros.
Las voces que llegan de la comitiva son de la lengua de Marina. Él entiende que piden agua.
Marina le da el recipiente pequeño. No le manda avanzar; sale ella con el grande y él la sigue hasta donde unos frailes hacen apartarse a la gente.
Un hombre recibe el agua, bebe y pasa el recipiente antes de limpiarse la boca.
Marina espera para recogerlo. Cuando se lo devuelven, vuelve a llenarlo.
Después llevan ropa al recinto de San Lázaro.
Desde el camino se ven los techos nuevos junto a otros oscurecidos por la lluvia, los postes de la cerca y un árbol cuya sombra se reparte entre los dos lados.
Detrás se levanta una pared más alta, de ladrillo y piedra, con manchas oscuras bajo las ventanas.
El agua ha descubierto algunas juntas; en otras queda una cal tan blanca que obliga a mirar hacia otro lado.
Un paño se mueve dentro de una abertura y vuelve a esconderse.
Al acercarse, Mateo oye golpes lentos: están terminando una cubierta.
Cada golpe hace moverse la punta de una hoja seca que sobresale del alero.
Entre dos construcciones queda un patio de tierra barrida, con recipientes junto a la pared y una cuerda baja donde han tendido paños.
Los de un extremo reciben todo el sol; los otros aún gotean.
Marina deja el hatillo en la entrada. El hombre que sale a recibirlo cuenta las prendas y señala una tabla clavada en un poste.
—Los venidos de Japón, ciento treinta.
Vuelve a contar la ropa. Son más personas que las que Mateo consigue reunir para jugar, aunque venga toda la calle. En la tabla no ve nombres. Marina aguarda por el hatillo usado, que aún no han traído.
Mateo descubre una tabla de la cerca separada de la siguiente.
Mirando de lado puede ver tres hombres sentados alrededor de unas piedras.
Uno tiene las manos envueltas. Empuja una pieza con los nudillos y el de enfrente protesta.
El tercero se ríe tanto que necesita apoyar una mano en el suelo.
Mateo busca qué ha hecho el primero para que el otro se enfade. No llega a ver todas las piedras.
Mueve un poco la tabla. Marina, a su lado, pone una mano en su nuca sin apartarlo. Por el hueco aparece el borde de un tablero trazado en tierra y un pie que estaba oculto. El jugador de las manos envueltas vuelve a mover. Esta vez el otro recoge dos piedras y se las guarda en la palma.
—Ha perdido —dice Mateo.
Marina tarda en contestar.
—Será.
Les traen la ropa. Ella retira la mano para recibirla y el hueco vuelve a cerrarse.
En la iglesia le preguntan por el padre.
Mateo tiene ocho años y está demasiado pendiente del banco alto para responder.
Al sentarse, los pies le han quedado sin apoyo; si se echa hacia delante, puede rozar el suelo con los dedos.
Marina está en pie junto a él. Ha traído un papel pequeño que el fraile lee dos veces antes de dejarlo a un lado.
—No conocido —dice ella.
El fraile mira a Mateo, pregunta qué oraciones sabe y le hace empezar una. A la mitad lo detiene para corregirle una palabra. Mateo vuelve al principio. Esta vez el fraile lo deja terminar.
—¿Y cómo le llaman, además de Mateo?
Marina dice que Mateo basta en su casa. El hombre espera. Después propone de la Cruz y ella, tras un momento, asiente. Él lo escribe junto al nombre, en la hoja que tiene delante. No cambia el papel pequeño. Se lo devuelve a Marina, que lo guarda donde no pueda mojarlo la ropa.
Al salir suena la campana. Mateo tiene que alzar la voz para hacerse oír.
—¿Por qué de la Cruz?
Marina espera a que termine el golpe.
—A Esteban le dicen así.
Lo conoce: tiene una oreja doblada y repara cestos cerca del camino. No le parece que los dos puedan llamarse igual.
—Y a la mujer que te dio pescado —añade Marina—. La de la escalera rota. A él no le conocieron padre. Ella fue esclava.
—¿Yo qué soy?
—Tú vienes conmigo.
Se ha detenido para arreglar la ligadura del hatillo. Mateo insiste: si lo han puesto por no acabar bien la oración. Marina levanta la cabeza.
—No es un castigo. Es para que sepan a quién llaman.
Le da el extremo de la cuerda. Él tira mientras ella termina el nudo.
En casa, esa tarde, Marina abre el arca para guardar el papel. Aparta una bolsa pequeña, bien atada, y saca de debajo de la ropa un paño largo. Mateo se acerca. Al desplegarlo aparece una herramienta con dos asas. La parte del medio conserva una oscuridad que cambia cuando Marina la inclina.
—Las dos manos.
Él obedece. Una de las asas tiene un sitio más liso, donde los dedos parecen encontrar solos cómo ponerse. El peso le hace bajar los brazos. Marina no ha retirado las manos de debajo.
—Se llama sen.
Mateo prueba el nombre. Ha visto útiles parecidos en el taller, pero este no es del fundidor. Marina le dice que era de un japonés que trabajaba en Dilao. Hacía espejos. Su madre llevaba agua allí.
—¿La mía?
—La tuya.
El niño mira la herramienta por ambos lados sin acercar los dedos al filo. Marina le cuenta que el japonés hizo un espejo y vino un capitán y se lo llevó. Se detiene al buscar el nombre. Aprieta los labios; al final dice el capitán otra vez. Mateo pregunta si lo pagó.
—Se lo llevó —repite ella.