El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 18 · Pilares de toba
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18 · Pilares de toba

La primera vez que cruza el puente, Mateo pierde la cuenta de los ojos antes de llegar al otro lado.

Marina se los ha mostrado desde la orilla: diez huecos por donde pasa el río, separados por aquellos pies enormes que nacen dentro del agua.

Desde arriba no se ven. Hay tablas, otras tablas, una rendija por la que asoma una tira verde y, cuando Mateo intenta agacharse para mirar, la mano de Marina tira de él.

Detrás viene un hombre con dos cestos colgados de una vara.

Para dejarle sitio tienen que arrimarse al borde.

—Cinco —dice Mateo.

—Los que faltan o los que llevas.

Eso no lo sabe.

Tiene cinco años, tantos como los dedos que ahora no puede abrir porque Marina los aprieta.

El puente es nuevo. Aún hay maderas amontonadas cerca de la entrada y una piedra sin colocar, con una esquina tan limpia que parece blanda.

Mateo ha pasado la uña por ella; ha sacado un poco de polvo y una reprensión.

Toba, le ha dicho Marina. De Guadalupe. Ha repetido el nombre hacia el río, donde los hombres descargan piezas mayores sin dejar que les caigan sobre los pies.

Aquí arriba el viento llega por ambos costados.

En Dilao hay que buscarlo junto a las puertas, al final de un callejón, detrás de una estera levantada; aquí mueve la ropa hasta pegarla al cuerpo y descubre los tobillos de una mujer que anda delante.

El agua no tiene el mismo color en todas partes.

Junto a las pilas se vuelve espesa y gira, formando pequeñas crestas que parecen avanzar contra la corriente.

Más lejos es lisa, pálida bajo el cielo, y las bancas pasan por ella sin el ruido que hacen al golpear un embarcadero.

Mateo alcanza a ver una cargada de vasijas.

Desde esta altura todas tienen la boca abierta, incluso las que, vistas desde la orilla, solo enseñan el vientre.

Marina se detiene para cambiar el cesto de brazo.

En la otra ribera se juntan tejados de pendientes distintas, árboles que ocultan las casas por abajo, mástiles entre los que las cuerdas quedan tan finas que dejan de verse.

Hacia la ciudad, el muro corta la vista de las calles.

Por encima sobresalen techumbres oscuras y una torre de piedra.

El río deja al descubierto una lengua de barro donde dos hombres empujan una embarcación; uno se hunde hasta media pierna y tiene que sacar primero un pie, después el otro, mientras su compañero se ríe sin soltar la proa.

Mateo también se ríe. Marina le pide que ande.

Al acercarse al extremo de la ciudad hay soldados.

Uno está sentado a la sombra de una obra baja, junto al paso; otro mira desde arriba y apoya los brazos en el pretil.

Mateo reduce el paso para que no suenen tanto las tablas.

El hombre de los cestos los adelanta. Se queja de una carga cobrada dos veces y añade algo del dinero de los sangleyes, puesto en el puente.

—Para no pagar la barca cada vez —dice Marina cuando ya están lejos.

—¿Y pagaron todo esto?

Ella señala al hombre, que dobla por donde no irán ellos.

—Pregúntaselo. A mí no me han dado nada.

Mateo vuelve la cabeza. Desde aquí tampoco puede contar los diez huecos. Pide volver por abajo. Marina le enseña el cesto de ropa limpia y él sigue andando.

Durante aquel año aprende dónde debe esperar mientras Marina entra con la colada.

En una casa hay una losa fresca pegada al zaguán, pero por allí sacan las tinajas y no le dejan sentarse mucho rato.

En otra tiene que subir con ella. La galería da a un patio estrecho donde crece un árbol de hojas duras; una rama alcanza la altura del suelo y hace cosquillas en las plantas de los pies si los deja colgando.

En la tercera lavan detrás, cerca de los hornos del Parián.

A Mateo le gusta porque nadie le manda callar cuando llama a Marina desde el otro extremo.

Las tres casas ensucian de distinta manera.

Unas camisas vuelven con tierra en los puños, otras con una sombra amarilla en el cuello, y las del taller tienen puntitos negros que no salen aunque él ayude a frotar.

Marina revisa la ropa al recibirla. Si hay un roto, llama a quien se la entrega para que lo vea.

A Mateo le toca sostener la prenda; cada vez que afloja, el agujero cambia de sitio y hay que buscarlo de nuevo.

En Dilao acarrea primero recipientes pequeños.

Marina le deja apoyarlos a mitad del camino, junto a un poste torcido.

Él empieza a reconocer las casas por las cosas que llegan al suelo: la sombra ancha de una escalera, una cuerda húmeda que sale de un cercado, las cáscaras reunidas donde una mujer da de comer a los cerdos.

Bajo ciertas viviendas puede pasar agachado sin tocar nada.

Desde allí oye a los mayores caminar encima y ve caer entre las cañas un grano de arroz, polvo, una gota.

Le gustaría quedarse hasta que cayese algo mejor, pero Marina lo llama desde el camino.

Cuando llueve, las distancias cambian. El paso corto queda bajo el agua y hay que dar una vuelta por detrás de la iglesia; el lugar donde se atan las barcas se acerca a las puertas.

Las orillas de los esteros se llenan de hierbas dobladas en una misma dirección, que al bajar la marea van levantando las puntas.

Entre las raíces se atascan flores sin tallo, trozos de cuerda, espumas amarillentas que se juntan y se deshacen al tocar el barro.

Mateo camina detrás de Marina poniendo los pies donde ella acaba de sacar los suyos.

A veces no alcanza y salta. El agua le salpica la ropa, pero los recipientes llegan enteros.

En los días secos vuelven por la calle más larga.

Marina lo deja andar un poco delante mientras no pierda de vista el cesto que lleva sobre la cadera.

A esa hora las hojas de los plátanos dan una sombra casi azul y las paredes de caña, iluminadas de lado, muestran cada hebra, cada cruce, los remiendos hechos con otra trama.

Junto a las puertas han sacado las cosas que adentro estorbaban: un remo sin acabar, una silla de patas desiguales, un haz de fibras del que una mujer va separando los hilos.

Mateo roza el haz al pasar. Tiene un extremo suave y otro que pincha.

Delante de la casa de Inés hay agua derramada; por allí andan despacio para no ensuciarse otra vez.

Marina se detiene a hablar con ella. Él aprovecha para poner los recipientes en el suelo y quitarse una piedrecilla que lleva pegada al talón desde antes de la iglesia.

Habla en tagalo con los niños que lo esperan junto a las barcas.

En casa, Marina le pide las cosas en japonés, y él contesta unas veces en una lengua y otras en la otra, según lo que vaya a darle.

El castellano lo oye más en la iglesia. Hay palabras que solo sabe decir de rodillas.

Cuando Marina las emplea fuera, tarda en darse cuenta de que son las mismas.

Un hombre viene una mañana con un cuaderno envuelto y se sienta en el umbral.

Habla japonés con Marina, aparta el envoltorio y le pregunta quién vive en la casa.

Después cambia al castellano para repetir una cantidad.

Mateo, que ya tiene seis años, ha dejado dos recipientes junto a la escalera y aguarda a que el visitante retire los pies.

El hombre dice que viene por el padrón. Marina pregunta cuánto le toca pagar. Él consulta la hoja, responde y moja la pluma. Al ver a Mateo pregunta por su nombre y su edad; lo anota debajo, como niño de la casa. No le pregunta de quién es hijo.

—¿También yo? —dice Mateo.

—Tú aún no pagas —le contesta el hombre.

Marina le manda entrar con el agua. El cuaderno ocupa la mitad del umbral. Mateo alza un recipiente para no rozarlo y el visitante pone la mano sobre la hoja, aunque no se ha derramado ni una gota.

A los siete años consigue que el fundidor del Parián lo deje junto a la banca de trabajo.

Marina ha hablado con él mientras recoge las camisas secas.

Mateo no oye todo, pero oye comida y hasta que vengan por él.

Se apresura a acercar un taburete antes de que cambien de parecer.

El hombre le entrega una pieza pequeña, todavía áspera en el canto, y le muestra dónde ha de quitar la rebaba.

Marina se queda en el patio remendando una manga.

El primer día quiere acabar enseguida. Aprieta demasiado, la herramienta resbala y se lleva una raya de la tabla. El fundidor le quita la pieza de la mano, la sujeta mejor y repite el movimiento. No habla. Mateo vuelve a intentarlo mirando cómo están puestos los dedos del hombre.

Desde la banca, el patio parece mayor que desde la entrada.

Al fondo está la sombra negra del horno; delante han dejado unos recipientes con el borde roto y una hilera de moldes cubiertos por tablas.

La luz entra entre las techumbres en franjas inclinadas y hace brillar, al caer, las partículas que los golpes levantan.

Un ayudante aparta con el pie las virutas de madera que no deben quedar junto al fuego.

Hay olor de carbón, de barro calentado, de la comida que hierve en otra estancia.

Ese último llega a ratos. Mateo levanta la cabeza para buscarlo y encuentra a Marina, con la manga vuelta sobre la rodilla, observándolo desde el otro lado.

El fundidor lo cambia de asiento para que no trabaje en la sombra.

Desde el nuevo sitio ve la parte de atrás de los puestos: cuencos desportillados que nadie ofrece al comprador, tablas sujetas con cuerdas, el cuartillo donde un muchacho duerme con los pies hacia la puerta.

Una cortina de tiras separa ese hueco del paso.

Cuando alguien cruza, las tiras se levantan y dejan ver una cabeza rapada, un hombro; después vuelven a juntarse.

Cerca, un vendedor golpea dos piezas de metal y escucha.

Mateo levanta la suya, dispuesto a hacer lo mismo, pero Marina lo ha visto.

—Esa no es una campana.