17 · Composición #3
Bajo la banca hay un espejo antiguo envuelto, el de pino y grulla que le vio sacar una vez.
Lo deja allí. Los cinco discos nuevos están reunidos al otro extremo: cuatro tienen la cara trabajada; en el canto del otro cabe la punta de una uña.
Marina recuerda que Mutia los contaba aparte cuando hablaba del trabajo.
Los pone en un cesto, separados con hojas secas y retales.
Al levantarlo necesita apoyar el pie contra el banco.
Antes de salir descuelga el paño, envuelve el sen y lo acomoda encima del cesto.
En el Parián, los pasos se estrechan entre puertas abiertas y mesas sacadas casi al centro.
Hay un hombre cepillando una tabla larga; cada avance del cuerpo hace salir una viruta que se queda prendida a su manga.
Más allá, dos muchachos llevan una vasija suspendida de una pértiga y avisan antes de doblar la esquina.
Huele a comida caliente, a cola, a fibras recién cortadas.
De un cobertizo salen golpes muy juntos; del siguiente, una canción que Marina pierde al detenerse junto a un puesto de agujas.
Pregunta por el fundidor. La mujer que vende señala al fondo sin interrumpir la cuenta de las piezas que tiene en la palma.
No puede pasar de frente. Tiene que bajar el cesto y empujarlo entre dos montones de tablas antes de cruzar ella.
Delante se abre un patio de mercaderías: platos apilados dentro de serones, vasijas con el cuello protegido por cuerda, haces de abanicos que un muchacho abre uno a uno para que un comprador examine la pintura.
Cuando el hombre rechaza una pieza, el muchacho la cierra con un movimiento rápido y deja en su lugar otra flor, otro pájaro.
Marina los ve desde la puerta. Le duele el punto donde el borde del cesto ha descansado contra la cadera; lo cambia de lado antes de que alguien le pida apartarse.
El paso hacia el fundidor continúa entre dos paredes de caña.
Arriba, las puntas de las cubiertas casi se tocan, pero a la altura de los pies el aire corre cargado de ceniza.
Al fondo se oye respirar un fuelle. Marina entra por el lado de donde viene el aire, lleva el cesto hasta el último lugar sin herramientas en el suelo y lo deposita allí.
El sangley recibe el cesto en un patio donde el fuego ya está encendido.
Marina se queda junto a la entrada. Dentro hay metal dispuesto sobre tablas, vasijas rotas, una campanilla sin asa.
El hombre examina los discos y aparta con el pulgar las hojas que se han pegado a uno.
Le pregunta si trae más. Ella dice que no.
Pone las piezas en la balanza por turnos, añade pesos y espera a que el brazo deje de moverse. El bronce no guarda el molde: lo lleva. Marina sostiene el cesto vacío contra las rodillas mientras él junta las cantidades en una tabla.
El precio es menor del que esperaba. Discuten hasta que el hombre vuelve a pesar la última pieza.
Ella se acerca esta vez, lo suficiente para que deba apartar el cuerpo y dejarla ver.
Acuerdan una cantidad. Él llama a un ayudante y le hace escribirla, con el peso y los cinco discos de bronce viejo.
El muchacho lee lo que ha puesto antes de ofrecer el recibo.
—¿Hoy? —pregunta Marina, señalando el fuego.
El fundidor asiente. Tiene preparado el crisol. Ella se sienta fuera del patio, sobre una viga, y espera el dinero que él ha ido a buscar.
Cuando vuelve con la bolsa, el ayudante ya está acercando los discos al horno. Marina no se marcha todavía. Cuenta el dinero despacio, dos veces, mientras dentro levantan el martillo.
Puede ver cómo parten las piezas mayores para que entren.
Cada golpe lleva el canto a otro sitio y obliga a sujetarlo de nuevo.
Después las acercan al calor. El ayudante mueve el fuelle, se detiene al recibir una seña y vuelve a empezar.
Marina permanece fuera de su paso. Dentro del crisol los trozos dejan de sostenerse unos contra otros; uno se inclina, baja y ya no vuelve a distinguirlo.
Cuando el fundidor levanta el recipiente, de allí sale un chorro que llena una forma alargada. No queda ningún disco sobre las tablas.
Guarda las monedas y dobla el recibo aparte.
Al regresar a Dilao recoge a Mateo. Tiene cerca de cuatro meses y pesa de otro modo: se aparta de su pecho para mirar la puerta, obliga a sostenerle la cabeza, protesta cuando ella se detiene a pagar a la vecina. Marina lleva el cesto en la cadera contraria. Dentro, el sen ocupa casi todo el fondo.
En casa pone al niño sobre la estera y abre el arca.
La bolsa del oro y de la cuenta sigue a un lado.
No tiene que abrirla para pagar esta semana.
Guarda el recibo lejos del dinero y ajusta el paño alrededor del sen.
Lo coloca debajo de la ropa, atravesado para que las asas no fuercen un costado.
No lo ha ofrecido al comprador. Aún le cuesta cogerlo como si fuera suyo.
Mateo golpea la estera con un talón. Marina deja la tapa sin cerrar y se vuelve a levantarlo.