El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 17 · Composición #2
18%

17 · Composición #2

Marina repite las palabras a la vecina que aguarda fuera con Mateo. Más tarde las mujeres se llevan el cuerpo con ayuda de dos hombres. No dicen adónde. Marina permanece junto a la puerta hasta que puede cerrarla; el niño tiene hambre otra vez, y la vecina ha dejado al suyo solo en una estera.

En los días siguientes aprende a salir de la casa con los bultos repartidos de otra manera.

Antes podía llevar la ropa sobre la cabeza y una vasija en cada mano.

Ahora ha de detenerse al pie de las escaleras, llamar, aguardar a que alguien baje por el cesto mientras sostiene al niño.

Desde allí ve partes de Dilao que antes atravesaba mirando el suelo: un corredor donde cuelgan jaulas vacías, las paredes abiertas para que corra el aire, un tejado del que han quitado la mitad de la cubierta y bajo el cual siguen comiendo los de la casa.

Después de llover, el barrio entero parece ocupado en ponerse cosas a secar.

Hay redes extendidas sobre cercas, esteras contra los árboles, ropa en las ramas más bajas; los hombres que reparan una barca la han vuelto y trabajan sentados a cada lado de su costilla central.

Marina se demora junto a ellos una mañana porque Mateo mira las virutas que van cayendo.

Uno forma un aro con la más larga y se lo ofrece.

Ella se lo deja ver, sin ponerlo a su alcance.

Al seguir andando, el niño vuelve la cabeza hacia el sitio donde todavía suena la herramienta.

El ocho de julio Marina está devolviendo ropa en la calle Real cuando oye que ha llegado el gobernador.

—Silva —dice el hombre que trae la noticia.

Brígida levanta la cabeza.

—Fernando de Silva. El gobernador.

El recién llegado bebe antes de contar lo demás.

Marina continúa separando las camisas que tiene a los pies.

Una está marcada en el cuello con una puntada que ella no ha puesto; la vuelve del revés y llama a Brígida para que compruebe si pertenece a la casa.

Arriba llora Diego. Desde la muerte de Mutia ha crecido lo bastante para que, cuando lo bajan, una mano salga siempre por debajo del paño.

Marina lo ha sostenido dos veces mientras la mujer que lo alimenta se acomoda la ropa.

Tiene que devolverlo en cuanto se lo piden.

Al volver a Dilao encuentra a Mateo despierto.

La vecina se lo entrega y le recuerda que mañana necesita ir al mercado.

Marina conviene en lavar también su ropa.

Ya no basta con llevarle algo de arroz cuando puede: acuerdan las horas, la comida, quién recogerá al niño si ella se retrasa.

Para alcanzar la primera colada tendrá que salir antes de que terminen de barrer la iglesia.

Durante las semanas siguientes lleva a la calle Real ropa limpia, vuelve con ropa usada y alguna vez sale de allí hacia las casas reales con un hatillo para el capitán.

Hernán pasa las mañanas esperando. Una vez ha mandado buscar una valona; otra, una relación que se quedó encima de la mesa.

El mayordomo envuelve el papel y se lo entrega atado, diciéndole dos veces a quién tiene que dárselo. Marina no deshace el cordel.

La primera espera la hace en un patio más grande que el de la casa.

Por las galerías entran y salen hombres con calzado limpio de barro en el umbral; los que aguardan han dejado señales oscuras bajo los bancos.

Un soldado camina desde una puerta a otra y vuelve sin haber hablado con nadie.

Contra el muro, un escribiente sostiene sobre la rodilla una tabla llena de papeles, apartando el de arriba cada vez que necesita consultar el siguiente.

Todo se oye: la hebilla que choca con una vaina, una tos repetida en la escalera, el golpe de las suelas cuando llaman a un nombre.

Bajo las arcadas se reúne el olor de cuerpos que han llegado temprano y siguen allí después de comer.

Marina encuentra sitio junto a una mujer con un cesto de pan.

La mujer no vende a voces; levanta el cesto cuando alguien mira hacia ella.

Hernán sale al cabo de mucho rato. Recoge la relación y pregunta por qué ha tardado.

—Me han hecho esperar.

Él señala la puerta por la que acaba de salir.

—A mí también.

Abre el atado de pie. Tiene que sujetar el sombrero bajo un brazo y usar la pared para extender el papel. Marina conserva la cuerda hasta que él termina de leer.

En la casa se habla de lo concedido por la Audiencia y de lo que el nuevo gobernador manda dejar sin efecto.

El capitán interrumpe al mayordomo cada vez que este llama merced a lo que ahora lleva doblado de una oficina a otra.

En julio pide una composición. En agosto todavía están reuniendo papeles.

Marina oye las cantidades porque el escribano llega cuando ella entrega la colada: cuatro reales por el traslado.

El alférez que viene al día siguiente pide doce pesos por el testimonio convenido y cuenta las monedas en la mesa, de dos en dos.

Una limosna sale hacia una iglesia dentro de una bolsa que Brígida tiene que volver a coser.

Nadie confunde ese dinero con el pago de las lavanderas.

Para este, Marina debe regresar el jueves.

El memorial se copia de nuevo. Marina espera junto al corredor mientras el escribano lee a Hernán una frase y él le pide que vuelva al principio. Es la tercera vez que ve llegar una hoja nueva desde el cambio de gobernador. El hombre sostiene la anterior por un extremo y señala la fecha.

—Aquí ha de ir la de ahora.

—Lo demás queda.

—Lo demás queda, capitán.

No raspa el papel usado. Lo aparta y sigue con el nuevo, dejando libre el margen que Hernán le indica. Al acabar, sopla donde aún brilla la tinta.

—¿Y con esto, cuándo cobraré? —pregunta el capitán.

—Primero hay que presentarlo.

Hernán recoge ambas hojas. Marina mira la puerta por la que se ha ido Brígida. Si tarda más, la vecina no podrá ir por agua.

Cuando le pagan, lleva más de un mes viendo cambiar los hatillos de sitio en la mesa.

El hombre que cuida el solar le da la llave del taller y le advierte que la puerta se ha vencido.

Es agosto. Falta poco para que se cumpla un año desde que la cerraron.

A Kyūbei lo sacaron los vecinos al día siguiente de matarlo; Marina ayudó a llevar la estera hasta el camino.

Después se recogió el encargo que esperaba un cliente y se cerró la puerta.

Ella conserva un paño que recogió entonces, sin saber dónde dejarlo.

Lo ha lavado más veces de las que ha venido aquí.

Tiene que levantar la hoja con el hombro para que la llave gire.

El taller recibe una bocanada de aire y varios insectos salen hacia su cara.

Marina aguarda fuera. Entre las tejas del alero ha crecido una planta cuyo tallo busca el suelo; al otro lado, la nipa se ha hundido y deja pasar una claridad ancha sobre el horno.

La boca está llena de hojas. Hay un nido vacío en el poste, por encima del lugar donde colgaban los útiles, y una raíz fina ha entrado bajo el umbral, levantando tierra hasta formar un pequeño lomo.

El cuenco sigue en la banca. Dentro no queda agua, sino una costra cuarteada que se separa del barro por los bordes.

Marina cuelga el paño de un clavo. A un lado están los dos cántaros, con la vara apoyada donde Mutia la dejó.

Mueve uno para abrirse paso y debajo corre algo negro.

El sen permanece en el suelo, con las asas hacia arriba.

Lo recoge por una de ellas, lo vuelve y sopla el polvo que cubre el filo.

Tendrá que envolverlo para llevarlo sin cortarse.