17 · Composición
En el embarcadero, el barquero quiere que entre primero la que lleva al niño. Han tenido que detenerse dos veces desde la calle Real.
Marina obedece y se sienta donde él indica.
Mutia aguarda entre dos hombres, con los pies en un peldaño al que ya llega el agua.
Desde arriba la banca parecía bastante ancha.
Ahora se mueve sin que nadie la toque, apartándose de la escalera y regresando con un golpe breve que le sube por las piernas.
Tiene que bajar otro peldaño. Uno de los hombres le sostiene la cintura; el otro, al cogerla por debajo del brazo, aprieta la cicatriz.
Mutia retira el codo. No consigue levantar el pie.
—Entre los dos —dice Marina.
La alzan. Durante un momento no tiene nada debajo salvo agua, el borde de la embarcación, la rodilla del barquero que se atraviesa para recibirla.
La banca se hunde de ese lado. El hombre que sujeta la proa tira de ella y todos se quedan quietos, hasta Mateo.
Después Marina puede ponerle a Mutia un bulto bajo la cabeza.
Son las camisas que ha venido a buscar.
Lleva tres semanas con fiebre. Desde el parto no había vuelto a cargar un cántaro lleno; después dejó de bajar al patio y, al acabar mayo, Brígida tuvo que acercarle la comida a la estera.
La mujer de leche iba más veces. Por la noche Mutia reconocía el llanto de cada niño sin poder incorporarse para cogerlo.
A Diego lo han dejado arriba, en la casa.
Cuando han bajado a Mateo, el mayordomo ha preguntado si también se llevaban la manta.
Marina la lleva. El niño tiene debajo un pliegue tan grande que oculta los pies.
La pértiga raspa el último peldaño y la banca se desprende de la escalera.
Mutia ve alejarse las rodillas del hombre que aún sujeta la proa, luego su mano, abierta después de soltar.
Por encima queda una galería cargada de tinajas; desde abajo parecen a punto de caer, con sus vientres más allá de la madera que las sostiene.
Una mujer vierte un cubo y el agua salta por los escalones hasta donde estaban hace un instante.
Al volver el recodo, la galería desaparece.
La marea ha levantado el estero. Apenas hay orillas: las cercas entran directamente en el agua y los peldaños de las casas acaban dentro de un cielo que tiembla al pasar la banca.
Mutia busca la línea oscura de siempre, los cangrejos que corren junto a las raíces, pero todo está cubierto.
En su lugar navegan dos hojas grandes, una vaina, un trozo de estera enrollado.
El barquero aparta este último antes de que se le prenda a la pértiga.
Le llegan voces desde patios que no ve; por una abertura entre los edificios aparece una mujer hasta la cintura, aunque debe de estar en pie en una escalera.
Pide que se acerquen. El hombre señala a sus pasajeras y sigue.
El movimiento le sacude la cabeza. Mutia intenta poner la nuca en la costura más blanda de las camisas.
Hay un botón debajo. Lo encuentra con dos dedos, lo lleva hacia fuera y puede descansar sin que se le clave.
El olor del jabón, cercano y tibio, le borra por un rato los demás olores.
Sobre ella, un remo largo atraviesa el cielo: otra embarcación pasa tan cerca que la pala derrama agua dentro de la suya.
Marina protesta. Los hombres contestan a la vez.
Después el estero se ensancha y vuelve a entrar el aire.
Por un intervalo queda abierta la vista hacia la ciudad.
Sus edificios se reúnen a lo lejos, unos más altos que otros, con paredes que la distancia vuelve del mismo color y techos todavía encendidos por el sol.
Mutia distingue una torre sin conseguir decidir a qué iglesia pertenece.
Delante cruzan velas bajas, casi cuadradas, que desaparecen tras los árboles antes de completar su recorrido.
Hay un resplandor inmóvil sobre el agua, más allá de la sombra de las casas; al inclinar la cabeza lo pierde y encuentra, muy cerca, el vientre pálido de un pez que alguien ha tirado.
El barquero hunde la pértiga por el otro costado.
La embarcación gira con lentitud, llevándose de su vista la torre, las velas y el pez.
Durante unos golpes de agua solo puede mirar arriba, donde las nubes se han separado en grandes cuerpos blancos y el espacio azul que queda entre ellos parece más hondo que por la mañana.
Aparecen huertas entre las casas. En una, las hojas de los plátanos están rajadas desde el borde hasta el nervio y cada tira se mueve por separado; debajo, una mujer recoge en su falda lo que ha cortado de una mata baja.
Más lejos hay techumbres rehechas con nipa reciente, claras junto a las viejas, y un gallo subido a una cerca inclina la cabeza para verlos pasar.
Los postes de las viviendas se duplican en el agua.
Alrededor de uno han amarrado una barca boca abajo, que la marea levanta por un extremo sin conseguir llevársela.
Mutia conoce aquel paso y no lo reconoce a esa altura.
Lo que antes debía mirar desde el camino se despliega ahora sobre ella: vigas, travesaños, las cañas del suelo por donde cae polvo cuando alguien anda en una casa.
El barquero les pide que no se muevan. Va a cruzar una embarcación cargada de haces.
La banca se arrima a unas raíces; una punta roza la ropa de Mutia y ella la aparta sin fuerza.
El árbol está en la otra orilla de Dilao.
Visto desde aquí, el hueco que dejan sus raíces queda por encima de su cabeza, una cavidad de aire encerrada entre columnas desiguales.
Una hebra nueva baja desde una rama y termina lejos del agua.
Las que ya han engrosado se juntan sin que ella alcance a encontrar dónde empieza cada una.
En el centro del hueco se mueve una hoja del otro lado.
Pasa la carga. El barquero se impulsa, y el árbol sale despacio de su vista.
Marina le moja los labios con un paño. Mutia cierra la boca antes de que vuelva a acercarlo.
Ha querido mirar a Mateo; desde donde está solo ve la manta y un puño que aparece por el borde.
Los dedos se abren, permanecen abiertos, vuelven a cerrarse sin coger nada.
Ella trata de sacar la mano de debajo de su propio cuerpo, pero Marina le dice que espere hasta llegar.
La llevan desde el agua a la casa entre tres personas.
Mutia distingue la cerca reparada, el sitio donde antes dejaban los recipientes vacíos y la puerta de caña, levantada ahora para que no tropiecen.
Dentro han cambiado el cesto de lugar. El gato escapa por detrás cuando apoyan la estera.
Al oírlo, le vuelve el olor del pescado que Marina guardaba para después del último viaje al taller.
No hay pescado aquí; hay hojas recién machacadas en un cuenco y el olor del suelo barrido con agua.
Alguien se lleva a Mateo a la casa contigua. La mujer que ha venido por él tiene leche; Marina lo dice desde la puerta, despacio, y Mutia consigue asentir.
Se desata los dos nudos de la ropa. Tarda en separar la punta del primero. Conserva el oro envuelto y abre el otro hasta que aparece la cuenta azul, pequeña sobre sus dedos adelgazados. Marina se arrodilla. Mutia le pone el paño del oro en una mano; en la otra deja rodar la cuenta.
Marina cierra los dedos antes de que caiga entre las cañas del suelo.
Conoce aquella cuenta. La ha visto enhebrada, suelta, anudada en ropa que no convenía echar a la colada.
Del oro sabe para qué papel estaba apartado: Mutia se lo explicó mientras guardaba sus cosas, cuando todavía vivían juntas.
Marina no abre el envoltorio. Mete ambas cosas en una bolsa, separadas por el pliegue, y deja la bolsa dentro de su arca.
Al volverse, encuentra a Inés que entra con otro cuenco y una camisa limpia.
Pasan el día mudando paños, acercando agua, levantando un poco la cabeza.
La vecina trae a Mateo después de darle el pecho y se lo lleva cuando vuelve a buscarlo con la boca.
Brígida no ha podido salir; ha mandado una sábana en el cesto de ropa que un muchacho entrega a media tarde.
Marina comprueba los bordes antes de tenderla.
Desde la estera, Mutia ya no sigue los movimientos del niño.
Al caer la tarde, deja de respirar. Marina le sostiene la nuca hasta que Inés pone una mano debajo de la suya. Cuando fray Alonso entra, las dos han extendido el lienzo.
El religioso se detiene junto a la puerta.
Marina se levanta para dejarle sitio y tropieza con el cuenco; lo recoge antes de que se derrame entero.
Le dice cuándo había mandado buscarlo. Él pregunta a qué hora ha muerto.
No hay un reloj en la casa. Inés señala el lugar hasta el que llegaba la claridad cuando dejó de moverse el pecho. El fraile escucha, se inclina y reza.
A la mañana siguiente Marina va a la casa de los padres. Fray Alonso de Valdemoro abre un libro y le pregunta por el nombre. Ella dice María y añade Mutia. Él repite el primero mientras escribe. Marina ve bajar la pluma, detenerse para tomar tinta, volver al mismo renglón.
—María, india, murió sin sacramentos.
Lo dice mirando la hoja. Marina aguarda, con los dedos en el borde de la mesa.
El fraile pregunta si falta algo de la ropa que trajo de la calle Real; ella tarda en comprender que ya están hablando de los bultos.
Después él cierra el libro y pasa la tira de badana alrededor.
En la cubierta queda un pelo blanco que Marina aparta al recoger las manos.
Han venido dos mujeres de Balete, avisadas durante los días de la fiebre.
Una lleva un pequeño cesto con aceite y telas; la otra necesita que Inés la ayude a subir el umbral.
Lavarán el cuerpo. Marina les acerca agua, retira la ropa que le señalan y dobla aparte la sábana prestada cuando ya no la necesitan.
Las oye hablar bajo, con pausas largas para cambiar de posición.
—Se fue al balete —dice una.