El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 16 · Dos campanas #3
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16 · Dos campanas #3

Imita el cuidado con que se ha pronunciado la palabra. Otro ríe y le pide que deje en paz al licenciado Pedro de Soria. El hombre vuelve a decirla, más despacio:

—Difunta.

Mutia pone al pequeño sobre la estera. Necesita tener las manos libres para recibir al que traen. No ha oído ninguna fecha. Brígida aparece en el umbral con Diego dormido, ahora sí llamándolo por el nombre.

—Tiene hambre —dice Mutia.

—No se ha despertado.

—La tendrá.

Lo coge. Brígida le deja un dulce en un plato, lejos de la estera, y recoge el lienzo que se ha deslizado al suelo.

El miércoles, Marina llega antes de la primera colada. Lleva una tela limpia doblada en el brazo. Le dice a Mutia que irá a Dilao con el segundo y que Ana las espera para contar al fraile lo que hizo aquella noche. Han pedido que explique el agua y las palabras.

—Ya está bautizado —dice Mutia.

—Ana irá conmigo.

Mutia sostiene al niño hasta que Marina se ha arreglado la ropa. Después le indica dónde poner la mano. No es distinto de como lo ha cogido otras veces, pero Marina espera a que acabe antes de salir. Brígida las acompaña hasta el corredor.

El viento de la mañana mueve hacia dentro el paño de la puerta.

Trae un olor de barro removido, mezclado con humo, y una campana delgada, muy lejos, que Mutia reconoce de Dilao.

Tiene que quedarse inmóvil para separar los golpes.

Alguien arrastra un cesto en el patio y pierde uno.

Cuando calla el roce, todavía alcanza el final del siguiente.

Diego está en el cuarto. La mujer de leche vendrá después de comer.

Mutia lo deja en el hueco más fresco y sale a lavar dos lienzos; Brígida le ha acercado el barreño para que no cargue.

El sol da en la parte alta de la pared y la cal devuelve una luz que obliga a entrecerrar los ojos.

Bajo el alero, las tejas conservan una hilera de gotas de la lluvia nocturna.

Algunas no caerán: se van haciendo pequeñas, suspendidas sobre la misma piedra seca.

Mutia tuerce el primer lienzo, despacio, hasta que deja de correr agua por la cicatriz.

Marina vuelve a media tarde. El niño trae una mancha húmeda junto al cuello y está demasiado despierto para que Mutia tarde en cogerlo.

—Mateo —dice la viuda.

Mutia acerca la boca a su cabeza. Marina saca un papel pequeño del pliegue de la ropa y lo mantiene entre dos dedos.

—Lo ha escrito fray Alonso. Para traer el nombre.

Lo entrega. Mutia ve renglones cortos, una parte más cargada de tinta, el borde que Marina ha protegido con la mano. No intenta leerlo. La viuda recuerda en voz alta lo que le han dicho:

—Mateo, hijo de María, india, y de padre no conocido.

Tiene que detenerse para colocar bien las últimas palabras. Cuenta que Ana ha explicado todo y que el fraile ha hecho las ceremonias que faltaban. No ha vuelto a bautizarlo.

Mutia mira el papel sobre su rodilla. El primero, para el padre; el segundo, para la madre. Había hecho aquella cuenta sobre el vientre de Inés. Aquí no le han preguntado. Si la madre no tiene casa, el segundo irá a la que pueda recibirlo.

Dobla el papel por donde ya estaba doblado. Marina lo guarda. Durante un rato atienden a los niños sin hablar de otra cosa que no sea leche, paños, el sitio donde se ha quedado el jarro.

Cuando la mujer de leche toma a Diego, Mutia sale al patio con Marina.

Lleva a Mateo contra el pecho. El agua de la tinaja exterior está baja y se ve, en la pared interior, una franja más oscura.

Marina descuelga el cazo, lo inclina para alcanzar el agua y tiene que apoyar una mano en el borde.

Mutia le señala el desconchón. La viuda cambia el apoyo sin volverse.

Mutia habla entonces en tagalo, despacio, dejando espacio entre las palabras:

—Hasta que no se junte la sangre derramada, no se verá la verdad.

Marina sigue con el cazo dentro. Repite la frase en esa misma lengua, tanteando dos sonidos que no suele usar.

Mutia dice otra vez el final, en voz más baja.

La viuda lo une al principio y repite la frase entera por segunda vez.

Frunce la frente; está buscando algo más que la pronunciación.

Antes de que pregunte, el niño se remueve y Mutia tiene que cambiarlo de brazo.

Marina saca el agua. Una parte cae fuera del cazo y le moja el pie. Lo aparta, deja el recipiente en su clavo y recoge del suelo una pinza de caña.

Al anochecer, Mutia tiene frío donde la ropa sigue húmeda.

Brígida le echa sobre los hombros una tela seca.

La puerta queda entornada; por el hueco llega olor de arroz cocido y el ruido de la tapa al levantarse.

Mutia acomoda a los dos niños, se tiende a su lado y espera a que el pequeño deje de buscar.

Primero suena la campana grande. Cuenta sus golpes sin mover los labios. Mucho después, cuando han retirado las ollas y ya no se oye a nadie arriba, llega la otra. Es más difícil separar un golpe del aire que lo trae. Mutia espera, cuenta el siguiente. Entre los dos niños, escucha hasta que acaba.